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    ROMA (Sputnik) — El descubrimiento de decenas de infectados con COVID-19, que llegaron a Roma desde Bangladés, crea el problema de cómo evitar la importación de contagios desde el extranjero, ahora que Italia se está recuperando de la pandemia.

    El Instituto Nacional de Estadística (Istat) estima que la comunidad bangladesí de Roma, cuenta con unas 35.000 personas. Torpignattara, un barrio que está situado en el este de la Ciudad Eterna y aloja a más de 13 mil oriundos del país asiático, se conoce como Banglatown. A los que tienen el permiso de residencia se añaden entre 15 y 20 mil irregulares que son invisibles para el Estado italiano.

    En Roma se les puede ver como vendedores ambulantes, camareros, niñeras y dependientes en innumerables fruterías y minimarkets, pequeñas tiendas, donde uno puede comprar agua, cerveza o patatas fritas, si no tiene ganas de hacer la cola en el supermercado.

    Cada dos o tres años muchos de los hombres, que constituyen la mayoría de los bangladesíes en Roma, van a su país natal para quedarse un par de semanas con sus mujeres e hijos que siguen viviendo allí. Eso, junto con los nuevos inmigrados que quieren probar a construirse una nueva vida en Italia, crea un flujo constante entre Daca y Roma, con vuelos directos o indirectos, que hacen escala en Catar o Emiratos Árabes.

    La cuarentena, impuesta por el Gobierno italiano el pasado marzo para frenar la propagación del COVID-19, interrumpió estos viajes, pero a principios de junio las restricciones sobre los vuelos internacionales fueron levantadas, con lo cual el flujo se reanudó.

    Aviones que traen el coronavirus

    Sin embargo, no todo volvió a ser como antes. Entre los 270 pasajeros del vuelo que llegó el 6 de julio de Daca a Roma se detectaron 36 casos de contagio con el COVID-19. En respuesta, el ministro de Sanidad Roberto Speranza suspendió por una semana los vuelos provenientes de Bangladés.

    El día siguiente, las autoridades de la región de Lacio no permitieron desembarcar a 135 bangladesíes que llegaron a Roma en un vuelo de Qatar Airways. Todos eran trabajadores regulares con permisos de residencia temporales, pero los funcionarios fueron inflexibles: después de pasar unas horas en el avión, los desafortunados viajeros volvieron a Doha. La única excepción se hizo para una mujer embarazada que fue llevada a un hospital romano.

    Muy rápido surgieron preguntas obvias:

    • si en el vuelo del 7 de julio uno de cada ocho pasajeros era positivo al COVID-19
    • ¿cuántos bangladesíes enfermos desembarcaron en Roma desde la reapertura de las fronteras?
    • ¿Y cómo es posible que en Daca las autoridades locales les permitieron embarcar?

    Huida del coronavirus

    Mohammed Taifur Rahman Shah, presidente de la asociación Ital-Bangla, explicó al periódico Il Messaggero que, para salir de Bangladés, en el aeropuerto, hay que presentar un certificado médico que confirme el buen estado de salud del pasajero. Para obtenerlo es necesario hacer los análisis a no más de 72 horas de la salida. Como alternativa, basta desembolsar entre 3.500 y 5.000 takas (equivalentes a 36-52 euros) para comprarse el certificado sin someterse a la prueba.

    Muchos optan por la segunda opción. Sobre todo, si están enfermos. Según los datos oficiales, Bangladés suma más de 175.000 contagios, pero en realidad pueden ser muchos más, si se tienen en cuenta las deficiencias del sistema sanitario del país. Además, tiene fronteras con India, el tercer país más afectado por el coronavirus en el mundo.

    Los bangladesíes que se lo pueden permitir prefieren curarse en el extranjero, porque no se fían de la calidad de los servicios médicos locales. "En nuestro país la situación relativa a los contagios es un desastre, no hay tratamiento médico, la gente trata de escaparse con cualquier medio", acota Mohammed Taifur Rahman Shah.

    Antes de Italia, casos de importación de contagios desde Bangladés fueron detectados en China, Japón y Corea del Sur. Lo curioso de los bangladesíes residentes en Italia es que en marzo, cuando la pandemia hacía estragos en el país mediterráneo, varios entre ellos huyeron a su patria, mientras ahora tratan de salvarse del contagio, volviendo a Roma y Milán.

    Un rastreo dificil

    Las autoridades de Lacio estiman que en las últimas cinco semanas en la región entraron unos 600 oriundos de Bangladés infectados con el COVID-19, entre los cuales un cuarto se fue de la capital a otras ciudades y regiones.

    Para rastrear a los contagiados, en Roma fue lanzada una investigación epidemiológica que prevé someter a la prueba del coronavirus al máximo número posible de los bangladesíes. La asociación Ital-Bangla se está poniendo en contacto con los connacionales a través de las redes sociales. Centenares de personas ya se presentaron a las estructuras sanitarias.

    Lo más complicado será convencer a los ilegales que se sometan a los tests, porque tienen miedo de ser denunciados. El consejero de Sanidad de Lacio Alessio D’Amato anunció que "a los que hagan las pruebas les pediremos sólo los contactos para comunicar los resultados"; las autoridades, preocupadas por eventuales rebrotes de COVID-19, no piensan en aprovechar la situación para deportar a los irregulares.

    El caso de los bangladesíes contagiados revela los puntos débiles del actual sistema diagnóstico. Después de dos meses de cuarentena, Italia no puede permitirse un nuevo cierre de fronteras y de actividades económicas. Por lo tanto, le queda un solo camino: reforzar al máximo los controles en las fronteras para evitar que el virus vuelva a importarse desde el extranjero.

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