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    Una organización de Oliete, en la provincia de Teruel, propone salvar este árbol milenario para conservar la cultura y evitar el éxodo en los pueblos.

    Oliete, un pueblo de la provincia de Teruel, llegó a tener 3.500 habitantes. Fenicios, íberos y romanos deambularon por este rincón del noreste español cuando la zona proporcionaba un sustento esencial en la dieta. Sus árboles generaban esa ambrosía en forma de aceite que aún se considera el oro líquido del Mediterráneo. A principios de siglo, las unidades de millar en la población descendían imparables, hasta que en 2020 su censo apenas sobrepasa los 340 vecinos en total. Contra esa despoblación del mundo rural ha surgido Apadrina Un Olivo, una iniciativa que pretende no solo salvar ese éxodo hacia lo urbano sino preservar una cultura milenaria.

    "Recuperamos la vida del pueblo y creamos una gran familia", esgrime Alberto Alfonso, uno de los fundadores de esta asociación. Formado en Administración y Dirección de Empresas, este vecino de 44 años responde a Sputnik después de la nevada que ha sepultado medio país. Él la ha aprovechado para dar un paseo y visitar parte de los 100.000 olivos que quiere recuperar con el proyecto. Ya llevan 10.000. "Empezamos en 2014 porque veíamos cómo se deterioraba este patrimonio que incluso da la raíz al nombre de la localidad", comenta, incluyendo a Sira Plana, los hermanos Adrián y José Alfredo Martín o a Pablo Garcia-Nieto, los demás artífices.

    Lo iniciaron como un toque de idealismo. Alfonso, por ejemplo, trabaja en Telefónica y empeña parte de su tiempo fuera de Oliete. Sin embargo, notaba la necesidad de un "producto tractor" que animase la región y evitase ese goteo de despedidas. "La mitad de los pueblos de España están en riesgo de desaparecer. Y no solo no hay una política de repoblación sino que falta una que ancle a la gente", esgrime. En mapas elaborados por las instituciones, por ejemplo, se demuestra su impresión: la densidad de las metrópolis contrasta contra grandes espacios yermos.

    Una pareja apadrinando un olivo de Oliete, en Teruel
    © Foto : Cortesía de Apadrina Un Olivo
    Una pareja apadrinando un olivo de Oliete, en Teruel

    Se ha registrado cómo, a pesar del crecimiento exponencial de habitantes en el territorio nacional (desde 1975 hasta 2020 se ha pasado de casi 36 millones a más de 47), ha habido un movimiento en forma de embudo. Las principales ciudades se han desarrollado en detrimento de las localidades con menos gente. Una merma gradual de población en lo que se suele definir como la España vaciada. Este proceso es extrapolable al resto del globo: la Organización Mundial de la Salud ya ha advertido que la mitad del planeta ya vive en zonas urbanas y que en 2050 puede alcanzarse el 70%.

    Por eso, Apadrina Un Olivo no es solo una ocurrencia: también se alza como un remedio a este problema. "El proceso es sencillo. Por 50 euros al año puedes apadrinar un olivo, bautizarlo como quieras y se puede visitar o seguir por una aplicación. Estamos abiertos 365 días. Encima, desde 2016 mandamos una garrafa de dos litros de aceite de oliva virgen extra premiado como Mejor Aceite de Oliva del Bajo Aragón en 2020", explica Alfonso. Con ese precepto no solo invocan hacia este rincón de Teruel sino que evitan la muerte de esta especie. "Tenemos unos 86 kilómetros cuadrados con unos 100.000 olivos que están en peligro", advierte, "ya que sus dueños ya no los trabajan y además encuentran otros obstáculos para mantenerse".

    Muchos de los propietarios a los que se refiere son labradores que han dejado el oficio y cuyas familias no se hacen cargo. Y en cuanto a los impedimentos que afloran están las plagas, las sequías o la aparición de los denominados "ramos". En la región se les conoce como "chitos" y son unas ramas que nacen en la base del tronco. Como un parásito, roba sus recursos hasta secarlo y convertirlo en un "arbusto insano". "Pero el mayor enemigo es el desinterés", ataja Alfonso. El fundador culpa al poco cuidado y atención que genera el medio rural en la opinión pública o en los planes políticos de esta pérdida.

    "El olivo de montaña de esta región y de otras desaparece. En 2013 vimos que el 70% del terreno con este árbol estaba abandonado. Y si no hacíamos nada, no basta con poner infraestructuras", apunta Alfonso.

    Ni la petición de servicios voltea la situación. El clamor del mundo rural pasa por solicitar mejores carreteras o elementos básicos como un colegio, un ambulatorio o un banco. "Pero si no hay nada que tire, se puede vender como muy bucólico, pero la gente no viene", asegura Alfonso. Tampoco en tiempos de pandemia, cuando se ha girado la mirada a estos espacios más seguros, abiertos, libres. "Se oye mucho la salida a los pueblos, y se puede favorecer con el teletrabajo, pero si no hay un modelo, no funciona", insiste el fundador.

    Alfonso, aun así, es optimista. Tiene datos que le acompañan: gracias a Apadrina Un Olivo, unos 100 agricultores de la zona han podido emplearse en la almazara. Tienen una plantilla de 10 personas fijas y cinco temporales, sin contar con los fundadores (de los que tres son voluntarios). Y la escuela de Oliete, al borde de la clausura, se ha salvado. "No son solo los árboles. El proyecto abarca lo medioambiental, lo educativo o la inclusión social", sostiene el creador, remarcando que cumplen con "las 4 eses": sostenibilidad, social, solidaridad y saludable.

    Trabajan, de hecho, con Atadi (Agrupación Turolense de Asociaciones de personas con Discapacidad Intelectual) y promueven la dinamización de un área de gran atractivo turístico: cerca de Oliete están los poblados íberos del Palomar y del Cabezo de San Pedro o las pinturas rupestres del Frontón de la Tía Chula, declaradas en 1998 Patrimonio Mundial por la Unesco. Además, la conocida como Sima de San Pedro es un pozo que supera los 100 metros de profundidad y cuyo lago subterráneo alberga uno de los ecosistemas más singulares de la comarca, con más de 25 especies animales.

    ​"Queremos recuperar la totalidad de los olivos abandonados de Oliete y extender nuestro modelo de emprendimiento a otros pueblos para que pongan en valor sus recursos endógenos", indica Alfonso, que subraya más efectos colaterales: se han montado casas rurales y hasta Boa Mistura, el grupo de artistas urbanos, decoró sus calles. Ya cuentan con 6.000 padrinos y madrinas de 26 países diferentes. Entre ellas, la actriz Anna Castillo, la escritora Elvira Sastre o la cineasta Iciar Bollain, que —con guion de su marido, el inglés Paul Laverty— tomó la idea para la película El Olivo, de 2016.

    Fueron el germen de ese documento audiovisual, señala con orgullo e ilusión Alfonso, y de otorgarle brío al lugar. "Es un ejemplo real de que las cosas son posibles", afirma el responsable, catalogando a los olivos de "símbolo" que se pierde y aludiendo a las tinajas encontradas de la antigüedad. "El aceite lleva milenios, es parte de la cultura", sentencia, recogiendo las aseveraciones del Tío Miguel, el paisano vivo más longevo de Oliete. En mayo cumple 101 años y cree que la iniciativa es "maravillosa": "Es lo que estamos obligados a hacer. Tenemos la responsabilidad de darles el cuidado y la ayuda que necesitan. Porque es una cosa fundamental que necesitamos los seres humanos".

    Etiquetas:
    solidaridad, sostenibilidad, infraestructuras, aceite de oliva, olivo, agricultura, cultura, España, despoblación
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