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    Marta Castanys, madrileña de 42 años, entró en la UCI en febrero de 2020. Después de varias semanas en coma, aún está en recuperación y se asombra de cómo se aborda la pandemia por parte de las administraciones y los ciudadanos.

    Fue consciente de lo que había pasado mientras esperaba a la ambulancia encargada de llevarla a casa. En la puerta del hospital 12 de Octubre, en Madrid, se vio rodeada de pacientes como ella, "o peor". "Allí supe de verdad lo que estaba ocurriendo", incide. La española Marta Castanys, de 42 años, fue de las primeras personas en el país en ingresar por COVID-19, en febrero. La primera en salir de la UCI (Unidad de Cuidados Intensivos) a finales de abril. Cuando entró, el virus todavía sonaba a "cosas de China". Semanas después ya era una pandemia mundial que tenía al país paralizado.

    "El momento, mirándolo ahora, parece incluso divertido", cuenta a Sputnik. Lo hace con el año nuevo recién inaugurado y con un chorro de voz que aún pide aire al acabar las frases. Castanys sigue sufriendo algunas secuelas. "Me canso, tengo dolor de articulaciones, de cabeza, aún me falta oxígeno…", enumera con alegría, como si fuera una letanía cotidiana, "y hay días en que me levanto como si me hubieran pegado una paliza sin ni siquiera haber hecho nada".

    Su historia, por desgracia, podría compararse con la de tantas que superaron un coronavirus severo. A ella, sin embargo, le pilló desprevenida. Ni siquiera existía el vocabulario para describir su estado, ese que hoy usamos habitualmente. Confinamiento o desescalada eran palabras improbables en una charla. Y Fernando Simón, un funcionario anónimo. Porque Castanys se adelantó al estado de alarma y a las ruedas de prensa plagadas de cifras. "El 25 de febrero fui al centro de salud para una revisión del embarazo y me mandaron a urgencias porque vomitaba y se me hinchaba todo", rememora.

    ​Justo había cambiado su hospital, el Gregorio Marañón, por el 12 de Octubre, al otro lado de donde vive. "Era en el que dejaban entrar a mi pareja en el parto o si había complicaciones", arguye. La operación era sencilla: del ambulatorio se acercó a maternidad y allí, por cesárea, nació Yaiza, su hija. "Lo tenía claro porque no iba bien", subraya. Estuvo un día y medio en la sala de reanimación y el bebé, de 2,5 kilos, en la de neonatos. La subieron a planta un viernes, con la idea de que reposara el fin de semana y el lunes la mirara un médico. Pero el horizonte se nubló: una tos seca y unas décimas de fiebre levantaron las alarmas.

    "No eran una gripe o una neumonía normal", indica. Hubo alguien que abrió el abanico de posibilidades y le hizo una PCR. Dio positivo en SARS-CoV-2, nombre que se escuchaba en las noticias como un código lejano. "También fue positiva mi hija, que no tuvo síntomas, y mi pareja, que estuvo dos meses fatal y perdió 15 kilos", agrega.

    Se complicó la enfermedad. "No podía ni respirar, apenas saturaba en sangre y me tuvieron que sedar", señala Castanys, que es auxiliar de enfermería, técnica de farmacia y administrativa.

    De repente estaba en coma inducido, intubada y debatiéndose entre la vida y la muerte. "Avisaron a mis padres de que no salía, de que tenía un pronóstico muy malo", comenta. Ambos progenitores, médicos, recibían las noticias a distancia. "Me aislaron dentro del aislamiento: estaba sola en la UCI, separada del resto. Y cada día me daban un tratamiento, porque entonces no se sabía nada y todo eran pruebas. Era un conejillo de indias", explica.

    ​Lo cuenta, claro, por oídas. Marta Castanys no se enteró de nada. Solo de que la intentaron despertar varias veces y se "agitaba un montón". Más o menos 20 días después, según sus cálculos, la subieron a una habitación. Con máquinas de UCI. "Estaba en un cuarto de estudio. Como en un box, pero en planta", detalla. Cuando recuperó la consciencia, no podía hablar ni casi moverse.

    "Gracias a que he trabajado en eso no fue tan traumático. Veía las cosas y las entendía. La ventaja es que, como sanitaria, no fue tanto shock", recuerda.

    Pidió un folio y un boli. Escribió el abecedario y acciones básicas para comunicarse. Y preguntó qué sucedía: "Vinieron una enfermera y una auxiliar a cada lado de la cama y me contaron que había un estado de alarma, que los colegios y las universidades estaban cerradas, que la gente no podía salir de casa, que los parques estaban vallados… Yo me imaginaba una película de zombis. Y me puse la tele justo con los informativos, cuando daban las cifras de muertos, y vi claramente que la realidad había superado a la ficción".

    España, como emitía la pantalla de su habitación cerrada, luchaba por aplanar esa curva con la que los ciudadanos desayunaban y cenaban a diario. Esa estadística que marcaba jornadas con centenares de muertos y reflejaba en números el colapso que ella intuía a su alrededor. "Me dieron el alta unas semanas después, pero para meter a otra persona porque no había hueco, pero tendría que haber seguido. Empecé a hablar según me quitaron la cánula", aduce. Ya corrían mediados de abril.

    "Me encontré muy sola. Y pensaba que había perdido casi dos meses de mi vida. El mismo tiempo que llevaba sin ver a mi hija", cavila.

    Tuvo la suerte, afirma, de que se pudo ir a casa de su madre y no al Ifema, donde trasladaban a esos otros pacientes que le mostraron la dimensión de la tragedia. "En la puerta del hospital, cuando esperaba la ambulancia que me llevaba a casa, vi a toda la gente que estaba pasando por lo mismo. Y estaban como yo. Muchos iban fatal. Yo tenía la traqueotomía reciente y cosas que todavía noto", dice aumentando esa lista de efectos secundarios: articulaciones rígidas, falta de gusto y olfato, fatiga crónica.

    Castanys, que asegura no haber pisado un médico más que por la varicela de la infancia, aún arrastra la enfermedad. Lo que no incuba es miedo. "Tengo amigos que, por mi historia o haberlo pasado, están traumatizados y temen pillarlo. A mí, lo que me da más miedo no es contagiarme sino lo mal preparados que estamos", analiza, "estábamos bajo mínimos desde hace años y lo seguimos estando".

    Esta auxiliar de enfermería conoce las condiciones de sanitarios y se queja del "abandono". "A lo mejor con una huelga total se mejoraría, pero no parece que haya intención", protesta. Ella, de hecho, está en una lista de la que ha sido retirada y sancionada sin darse cuenta. "Estaba de baja por el embarazo y luego no me renovaron. Se supone que después me llamaron mientras estaba en coma y, al no aceptar el puesto, me echaron. Ahora estoy con el papeleo para demostrar todo, pero va muy lento", suspira.

    ​A Marta Castanys le enfada que no se cuide el sistema de salud, pero también la economía. "No hay que dividirlo, va unido", concreta. Además, no comprende por qué hay unas restricciones tajantes en algunos aspectos y flexibilidad en otros. "¿Qué pasa ahora, que el virus es inteligente? ¿A partir de las 12 de la noche contagia, pero no a las siete de la mañana, cuando va la gente a trabajar? Señores, no entiendo nada", reflexiona, sintiéndose "triste".

    "No hemos aprendido nada", resuelve. La culpa viene, en parte, porque se da la cara buena y hay mucha gente que relata cómo supera las dolencias sin casi inconvenientes.

    "Habría que ver casos como los míos y los que se han quedado por el camino. Es crudo, pero sería efectivo", concluye. Cree que sería útil haber mostrado las salas de UCI como en la que estuvo ella. O incluso algún muerto de los más de 51.000 que acumula España. Esos que, cuando ella entró al 12 de Octubre de Madrid, aún no nutrían las estadísticas. Los que, hasta que salió de un coma, parecían de otro continente.

    Etiquetas:
    COVID-19, ingreso, hospitalización, hospital, España, Madrid, pandemia de coronavirus
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