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    Con restricciones en hostelería, las fiestas esquilmadas y el miedo a una nueva ola, este producto del mar aguanta el desplome económico gracias al consumo doméstico.

    Hay quejas en el sector. Se habla del mal tiempo, de poca producción o de los problemas ligados a la época. Pero la conclusión general, a pesar del año, es de alivio. "Nos hemos salvado", dice Emilio Queiruga, dueño de una compañía de marisco con su nombre y patrón mayor de la cofradía del Puerto del Son, en A Coruña. El pescador de esta zona gallega (al noroeste de España) detalla las diferencias entre especies y enumera la situación de cada una. Unas han sufrido una bajada de precios y otras se han mantenido. Pero la faena ha continuado.

    En contra, todo un huracán. Los acostumbrados a luchar contra las fuerzas más mitológicas de la naturaleza se han topado ahora con otro monstruo. Invisible. Las olas de las que se habla en estos momentos no aluden a las que sortean ellos cada mañana desde hace décadas. Son las que implican contagios y muertes por un virus. La crisis sanitaria del país, que empezó en marzo, ha provocado que 2020 sea definido como "raro" para Queiruga. En marzo tuvieron que dejar de salir. En verano remontaron. Luego siguieron tirando de la soga. Y en Navidad caminan en el alambre, haciendo equilibrios.

    Con los bares cerrados, las cenas de empresa canceladas, las fiestas esquilmadas y los ánimos a poca intensidad, el marisco ha podido flotar gracias al volumen de mercado nacional e internacional y a la elección doméstica de este producto. En Galicia, donde más buques y actividad se desarrolla, suspiran por el fin de año, aunque tiemblan con el siguiente. Las opiniones están difusas. "Depende de a qué te refieras, ha ido mejor o peor", sopesa el empresario.

    ​Dentro del gremio, en Galicia hay quien sale con embarcaciones y quien trabaja en "seco". Lo que se obtiene es diferente y hay tantos precios como tipos. También depende de la zona. El mar tiene sus áreas y en cada una se cuenta un problema. Aunque no dé la sensación, esta Comunidad Autónoma es la que más kilómetros de costa tiene en España, con casi 1.700 (superando a los archipiélagos canarios y balear). Su intrincada orografía convierte cada pliegue en un universo. Aun así, el resultado suele ser positivo.

    Queiruga comenta que los jornales no han variado demasiado y que la actividad no es muy distinta del año pasado por estas fechas, a pesar del desplome generalizado de la economía. "Estamos trabajando con total normalidad", dice quien tiene un empleado fijo. No ha prescindido de él y sigue facturando unos 100 euros al día. "Se notan mucho las restricciones, pero el marisco es un producto que resiste, porque aunque no haya reuniones de gente, se toma igual. Yo, por ejemplo, siempre celebro la Nochebuena con mis suegros. Este año no podemos, pero ellos y nosotros tomaremos marisco en casa", ilustra.

    La empleada de una pescadería que no quiere que aparezca ni el nombre del local ni el suyo, difiere de esta opinión. "Los precios son los mismos o más caros, por las fechas. Muchos de los que salen a faenar ni lo están notando. Los que lo notamos somos los comercios. Es un año horrible", contesta enfadada. Entre las diferentes medidas de venta y los parones de la hostelería, el trabajo se paraliza. "Cada día hay un cierre perimetral o una norma nueva. Esto está vacío. Los bares ahora abren unas horas y está la policía atosigándoles. La gente no se atreve a salir a la calle", confiesa.

    ​Pidiendo no desvelar el municipio desde donde atiende a Sputnik, la veterana de 60 años acusa de "soberbia" a quien se queja de sus circunstancias. "Aquí se vive mucho del turismo en verano y de las Navidades", explica, "si se cierran las ciudades y se cancelan las cenas, nos hundimos". "Comprendo que quieran dar lástima, pero a mí quien me la dan son los negocios", insiste, enumerando cómo las centollas rondan los 30 euros, el bogavante los 40 y los percebes van de los 60 a los 120, según la calidad.

    Líderes europeos

    El panorama es extraño. No hay unos datos claros sobre producción o sueldos de personal porque se conjugan múltiples variables. El último informe de la Confederación Española de Pesca (Cepesca) resalta, no obstante, que el sector pesquero español capturó 922.564 toneladas de pescados y mariscos durante 2018, un volumen similar al de 2017 (940.633). En el ejercicio de 2017, la producción total de la flota española facturó 2.147 millones de euros, según ese mismo documento, con 8.972 buques y generando 31.473 empleos directos.

    Su cuota de mercado europeo constituye el 20%, revalidaba el liderazgo en la Unión. Y dentro de esta posición, el puerto de Vigo se erigía como el mayor en pesca y venta de productos para consumo humano. La ciudad gallega alcanzó 5.297 toneladas en su lonja, lo que supone un 6,3% más que en 2017 y la mayor subida de toda España. Tras Vigo quedó A Coruña (1.820 toneladas), Pasajes (1.755) y Cádiz (1.131). En la de Cambados, perteneciente a la misma provincia, afirman que el ritmo es parecido al habitual.

    "Va bastante bien. Las nécoras, zamburiñas u otros productos más de restaurantes, puede que un poco peor", dice una responsable que prefiere no aparecer, "pero de los productos que tenemos está todo normal".

    No hay una de las piezas clave cuando se habla de Galicia y marisco: el percebe. A este crustáceo se le conoce como el oro negro gallego. Puede llegar a los 250 euros el kilo y su captura es digna de película: el peligro acecha en las espaldas. Las personas bajan a las rocas con una cabadoira (el gancho para despegarlos) a pocos pasos de la marea y sus caprichos. El 14 de diciembre, sin ir más lejos, falleció un mariscador de 59 años en Laxe (A Coruña).

    ​Y es común escuchar la dureza de un oficio copado por mujeres. Según un censo de la Xunta mencionado en varios documentos, el 85% de trabajadores de marisco gallego "en seco" son mujeres, principalmente mayores de los 40 años. Se dividen entre las que batean la arena y las que arrancan de roca, como las percebeiras. En este caso, el lamento es de horas y de cantidad. Mari Carmen Lema, una de ellas, cuenta que han reducido el cupo de cinco a cuatro kilos (por la producción que había) y el número de horas de jornal: "cada cofradía lo regula por lo que ve en la costa y se lo traslada a delegación. Si es reducir lo ve bien; si no, pone más pegas".

    "Este año es un poquitín raro”, indica, “porque se fue aguantando con el parón de marzo y ahora no sabemos qué pasará". Lema lleva 21 de sus 48 años en la profesión. Fue "una pionera" en su zona, Puerto del Son. Deja entrever la dificultad de lo que hace con la lista de afecciones: "Me han operado de los dos túneles carpianos, tengo la cadera y la espalda hechas polvo y no cuento las heridas en las rodillas, las caídas…".

    Lo normal, señala, es salir dos horas y media antes y después del bajamar. Luego se limpian y se colocan para las lonjas. "Llevamos los más floreados, como decimos", ríe. Un día puede suponer unos 80 o 90 euros de sueldo, calculándolo a grosso modo. El problema es que ven que en las rocas no hay crías. "No agarran", lamenta. Y lo que sacan es de baja calidad. Los buenos son "los culones", que el año pasado "se lo quitaban de las manos".

    Juan Martínez, su marido y presidente de "recursos específicos" (el subgrupo del marisco que incluye los percebes), ratifica el testimonio: "Este año es muy malo. ¡Es que no han pegado los bichos!", exclama. "Se junta todo: el clima, la contaminación… y no hay tanto. El ser humano se está cargando su sustento", arguye. En el gremio se para unos días en enero y en septiembre. En 2020, los paréntesis se han agrandado con la pandemia, aunque no se han perpetuado. "Nos hemos librado del desastre, pero nos preocupa más el año que viene", sentencia el experto.

    Etiquetas:
    pandemia de coronavirus, economía, pesca, buques, España, Xunta de Galicia, Galicia, mariscos
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