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Las colonias franquistas que buscaron irrigar la España rural




Por Alberto García Palomo




© Ana Amado
En los años 40, un instituto de la dictadura se propuso regar zonas del país y construir pueblos habitados por campesinos que trabajaran las tierras. Hoy, los arquitectos Ana Amado y Andrés Patiño han visto ese experimento como una opción vanguardista poco conocida.
Los pantanos que hizo Franco
Se quejan Ana Amado y Andrés Patiño de que siempre se mencionen, a la ligera, los pantanos que hizo Francisco Franco. No es que estos arquitectos defiendan o vanaglorien su gestión: simplemente quieren darle una dimensión más completa. A estas obras que caracterizan la dictadura se le suma un programa de agricultura e irrigación que llegó a las zonas rurales de España.

Y que se ha olvidado: a través del Instituto Nacional de Colonización (INC), el régimen trató de levantar poblados para trabajar la tierra y establecer unos núcleos donde desarrollar la figura del hombre nuevo preconizado en el credo falangista. Pero apenas se conocen. Estos espacios traen ecos de una época e incluso ilustran en ocasiones un modelo racional de planificar términos de convivencia. Sus historias van perdiéndose y solo queda esa letanía de los pantanos a la que aluden Amado y Patiño.

Por eso, estos dos arquitectos han querido sacarlos a la luz. Rendirles un homenaje, según sus palabras. Desde hace cuatro años, Amado y Patiño recorrieron 33 de los cerca de 300 pueblos planificados a lo largo del territorio nacional, la mayoría en las provincias de Extremadura y Andalucía, al sur. Y sacaron unas 9.000 fotos de sus habitantes, sus fuentes, entorno y personas. Con ese material, recogido desde 2016 hasta 2019 aproximadamente, han publicado el libro Habitar el agua. La colonización en la España del siglo XX, promovido por el Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación y editado por Turner.

San Isidro (Alicante)
Villalba de Calatrava (Ciudad Real)
Vegaviana (Cáceres)
"Nos quedamos prendados por la gente", adelanta Ana Amado a Sputnik. Antes de entrar en la obra (seleccionada como finalista a mejor libro del año en PhotoEspaña 2020) los artífices del recorrido por un mundo olvidado se centran en lo que fueron y lo que significan estos espacios: "El INC se fundó en el año 1939, y su actividad llegó hasta 1971, pero en realidad, la idea de repoblar venía de antes", explican. Las instantáneas se centran en nombres como Algallarín, en Córdoba, San Isidro, en Alicante, Vegaviana, en Cáceres, Setefilla en Sevilla o Miraelrío en Jaén.
Vecinos de Gimenells (Lleida)
Venía de finales del siglo XIX
Entonces, la doctrina regeneracionista pretendía recuperar el país después de la pérdida de las colonias en ultramar. Y se planteará como imprescindible ampliar la superficie de regadío en la península Ibérica. Se traslada esa idea a la II República y su Ley de Obras de Puesta de Riego de 1932 o el Plan de Obras Hidráulicas de 1933. "Ya se contemplaba una política global que integrara infraestructuras, viviendas y servicios", apunta Amado, que ve el proyecto como "uno de los más ambiciosos" para "redistribuir de forma más equitativa la tierra y racionalizar la economía agraria".
La Guerra Civil detuvo el proceso, que ya había sufrido la oposición de latifundistas y sectores de derechas. En 1939, con el Régimen instaurado y una contienda a las espaldas que había dejado a la nación en la miseria, se retomó la idea. Esta vez, bajo esa lógica autoritaria del Nuevo Estado. Colonizar, en aquellos momentos, respondía a "habitar", y los "colonos" recibían la acepción de "labrador" o "habitante".
"Detener un río como quien detiene el tiempo"
El titulo encierra de forma poética el interés por domesticar un elemento como el agua. "Detener un río como quien detiene el tiempo", dice un personaje de Julio Llamazares citado en el libro. Una propuesta con referencias totalitarias como la de Benito Mussolini en Italia y que abarcaba desde el sistema laboral hasta la construcción de viviendas o una planificación urbanística moderna. "No podemos establecer conclusiones categóricas, porque hemos visitado una mínima parte, pero vimos tendencias muy interesantes", arguyen los arquitectos.

Amado y Patiño iniciaron el estudio gracias al recuerdo de algunas clases en la facultad de arquitectura. Allí vieron retazos de la obra de Joaquín del Palacio, conocido como Kindel. Sus fotografías en blanco y negro mostraban estos lugares, que en ocasiones rozaban lo conceptual: no solo atesoraban la función de usar el agua para la labranza, también creaban en la zona una suerte de comunidad. A la política hidráulica se le sumaba la urbanística. Muchas de estas demarcaciones contaban con la firma de figuras en el sector, como José Luis Fernández del Amo y los incipientes Alejandro de la Sota o José Antonio Corrales, que se consagrarían posteriormente.

Influyó José Tamés, director del INC, que era falangista "pero dio cierta libertad en los proyectos, permitió la experimentación", según comenta Amado. En estos lugares, que procedían de expropiaciones "pagadas a terratenientes por un buen precio", se construía una villa que aprovechaba la orografía y los materiales autóctonos.

"Se incentivó la variedad en la construcción de los pueblos, que no fueran réplicas. Normalmente, había una plaza con la iglesia, la escuela, el local del sindicato del régimen, zonas peatonales, todo muy ordenado, incluso se buscaba integrar la naturaleza de cada lugar. Había separación de tráfico rodado y peatonal y siempre se elegía un santo nuevo, propio. Se ofrecía trabajo, con prioridad a familias numerosísimas.

Se les cedía la casa y la parcela a cambio del contrato laboral y de residir allí durante los 40 años de duro trabajo en el campo que les llevaba amortizar el préstamo", comenta la arquitecta.
Una foto antigua en la Barca de la Florida (Cádiz)
La escasez de posguerra les empujaba a buscarse la vida y empezar de cero. Encontraban a personas en una situación parecida, que debían probar su ausencia de antecedentes políticos para acceder a la vivienda y la tierra. "Alojaba a unas 60.000 familias en todas las provincias", señalan Amado y Patiño, que no solo han conseguido hablar con algunos protagonistas, sino que han incluido textos de Ana María Matute, Nativel Preciado o el citado Julio Llamazares, entre otros.
Cada uno analiza la propaganda a través del NO-DO (el noticiero de la época) de estos poblados de colonización, el registro fotográfico que se hizo, el contexto o la melancolía por un paisaje extinto: "No es nuestro río, no es aquel que nosotros sabíamos. No es el que corría y se llevaba nuestras voces, aquel que nos hurtó, más de una vez, corriente abajo, el pañuelo o la sandalia (…) Dicen que está ahí, donde el agua se ha ensanchado, tomando un tinte espeso del color del miedo, e inundándolo todo. Pero no entiendo estas cosas. En el fondo del pantano vivirá aún aquel río. Y cerrando los ojos, lo veo aún intacto como un milagro. Un río de otro que corre hacia algún lugar de donde no se vuelve, como la vida", anotaba Matute evocando su infancia en el municipio riojano de Mansilla de la Sierra.
La importancia de lo rural
"Utilizaron estos planes nacionales como un método de exaltación del régimen, con la promesa del hombre nuevo, completo, y la importancia de lo rural", incide Amado. Las ciudades eran consideradas, además, un foco de "intoxicación ideológica". Fuera de ellas existía esa posibilidad de realizarse sin el conjuro de revoluciones. "La doctrina del hombre nuevo, tanto falangista como comunista, hablaba de la pureza del campo. Los ciudadanos allí son más 'pastoreables'. Es parte de la génesis de la colonización", añade Patiño.
Un vecino de Esquivel (Sevilla)
'Habitar el agua' también es una mirada a dos cuestiones capitales que gravitan últimamente sobre nosotros. Una es la despoblación rural y otra la necesidad de un espacio sano, de la luz que ha escaseado durante el encierro pandémico. "El hombre siempre ha estado moviéndose de forma pendular. Y la falta de recursos ha hecho que muchos se vayan a la ciudad, pero también que se plantee el regreso cuando esta es hostil", reflexiona Amado.


Una imagen de Setefilla (Sevilla)
Valora la arquitecta la generosidad que reina en estos espacios y sus ventajas humanas, a pesar de que algunos hayan caído en el abandono. "Nos hemos encontrado de todo. Desde los que mantienen a familias descendientes hasta los que se han vaciado o se han convertido en segundas residencias", explica, "pero son muy rescatables porque ofrecen una alternativa sana y sostenible, incluso de respeto con la naturaleza".

Medita Amado sobre una infraestructura que invita a la comunión entre habitantes o a la reducción de la soledad y de impedimentos para personas mayores. Dos factores que ya sonaban desde hace tiempo, pero con la epidemia de COVID-19 se han erigido como una piedra angular del futuro. "La transformación urbana pasa por ampliar zonas y modificar nuestros hábitos", apunta la experta. Aunque la teoría corría por esos derroteros en las últimas décadas, la crisis sanitaria ha impulsado una resignificación del espacio.
Ponen como ejemplo la importancia de las terrazas en las viviendas. En Madrid y otras ciudades se fueron cerrando en detrimento de un mayor espacio interior. Y se ha visto su papel fundamental. La gente parece haberse lanzado a mirar pisos con ventanas o balcones. Más con el teletrabajo y las restricciones de movilidad. Se ha llegado a sugerir un regreso al campo por el clic mental que ha demonizado las urbes: de ser el culmen del progreso o el torbellino cultural a ganarse la imagen de incómodas, más peligrosas para contagiarse, más agobiantes para trasladarse.
Cascón de la Nava (Cáceres)
Vegaviana (Cáceres)
Vegaviana (Cáceres)
Las zonas rurales de repente se ven como amigables. Más respetuosas y disfrutables. "La arquitectura moderna manifiesta sus cualidades a través de los materiales y de su razón de ser. Entran la sostenibilidad y el contacto con el entorno. Creemos que hay que aprender muchas enseñanzas de este periodo, de cómo fuimos perdiendo los sitios comunes, los paseos al aire libre sin coches. Habría que cambiar los modos de vida porque no estamos siendo lógicos: hasta con tecnologías de vanguardia somos cada vez más infelices", opina Patiño.
"Cuando íbamos a los pueblos entrábamos en una especie de slow city y veíamos que dotándolos de servicios medianos se podía vivir mucho mejor, sin prisas y de forma más amigable para el medio ambiente", culmina el arquitecto, anotando que la colonización de esos años pretéritos puede ser un modelo útil. No solo se trataba de pantanos: también iba emparejada una filosofía para restructurar el porvenir. Orbitaba en torno al agua, pero englobaba un patrimonio singular y poco estudiado.
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Fotos: Ana Amado
Texto: Alberto García Palomo
Diseño: Mónica Rodríguez Carballo