En directo
    España
    URL corto
    Por ,
    0 82
    Síguenos en

    Muchas viviendas de esta población, en el sureste de la capital, llevan en situación precaria desde su origen. En las últimas semanas, además, el corte del tendido les ha añadido problemas para tener agua caliente, mantener la comida o no desarrollar enfermedades.

    Unos huevos duros y unas botellas de tónica reposan en el patio delantero. Dani, un chico de 23 años, dispone sobre la encimera la comida con la que se alimentan él, su novia, su abuela y sus padres desde hace semanas. Parece de camping: la cocinan a oscuras en los hornillos y la toman al instante.

    A pesar de que sus trabajos puntuales como transportistas les dé lo suficiente para dos neveras o una enorme tele de plasma, imposible disfrutar de la tecnología: desde hace ocho semanas, esta familia de la Cañada Real de Madrid vive sin electricidad. Su única luz es una linterna de plástico y la que consiguen a ratos gracias a un generador de gasolina.

    "Solo queremos respeto, igualdad", reclama este joven mientras enseña los departamentos de la casa. En uno, su pareja dormita bajo varias capas de mantas. Rocco, un perro de raza cruzada, ladra a la grisura de un día nublado. "Mira, la ropa lleva dos días lavada y no se seca", añade, palpando en unas toallas la humedad del ambiente. Dani es uno de los 4.000 vecinos que sufren esta falta de corriente desde hace dos meses. Vive en el sector 5 de esta barriada situada en el sureste de la capital española. Y protesta por la falta de soluciones que promueve la empresa implicada, Naturgy: "Dicen que es por plantaciones de marihuana, pero aquí no hay nada. Y no podemos ducharnos ni comer".

    Dividida por tramos, la Cañada Real abarca unos 12 kilómetros y a unas 7.500 personas repartidas en 2.500 viviendas, según un informe municipal de 2017. El nombre proviene de Cañada Real Galiana, la vía pecuaria que atravesaba por este punto de la Comunidad para la trashumancia. En los años 60 se permitió la construcción de espacios como almacén de materiales ganaderos y comenzaron a aflorar las primeras casas. Ahora cuenta con esos seis sectores mencionados y depende de tres ayuntamientos. El 5, donde vive Dani, pertenece a Rivas Vaciamadrid, una localidad de extrarradio. Reúne unos cuantos chalets improvisados y un centro cultural de inauguración reciente. "Esto no es un basurero: ¡Bienvenidos!", pone en uno de los muros.

    ​Aquí se han aglutinado cerca de 20 residentes esa misma mañana en la que Dani enfría su comida. Hay una estufa y los halógenos alumbran el recinto. Con frases entrecortadas, los vecinos sueltan sus peticiones. "Somos gente honrada, trabajadora. Queremos luz legal. Pagarla, tener contadores. Estamos hartos", grita una de ellas. Prefiere no aportar datos y reconoce que, desde hace tiempo, al estar en una situación irregular, gozan de electricidad "enganchados". Sí da su nombre, con apellido, Diego Moreno. Es de Jerez de la Frontera, en Cádiz, y lleva años aquí, con su mujer. Van sobreviviendo con lo que pueden. Él tiene artrosis y ella es diabética. Su hijo va a un colegio cercano.

    "Cada mañana sale con desánimo. El agua está gélida y no podemos bañarle bien. Tenemos una estufa, pero en cuanto sales de donde está, te congelas. Estamos sumando el estrés de los padres al de los hijos", comenta resignado.

    Justo después, una bajada de azúcar marea a su mujer enferma. La insulina, explica Moreno, ha perdido efectividad al estar a temperatura ambiente. "Es como agua", ilustra, achacándolo a la inoperancia del frigorífico y afirmando que esta coyuntura es un peligro para la salud. El alborozo sube de nivel cuando alude a estos inconvenientes cotidianos. "Somos cinco. Mi marido y tres hijos de 19, 12 y 4 años. Y estamos todo el día con velas. Imagínate cómo es para los niños", aporta Carolina Correa, mujer procedente de Colombia. Lleva 15 de sus 50 años en este rincón de viviendas precarias y falta de recursos básicos como el transporte o, en algunos casos, el agua corriente. Nunca imaginó semejantes condiciones en un país como España.

    "Me toca hacer las tareas aquí. Estudio para laboratorios químicos y biomédicos y no me queda otra que venirme con el portátil", explica Loubna El Imlahi, una chica marroquí de 21 años, mientras enchufa el móvil al suministro del local comunitario.

    La pandemia complica las cosas. Igual que ella, muchos alumnos de todas las edades siguen las clases de forma virtual. Los cortes afectan principalmente al sector 6 y el 5, pero también a zonas del 4, metidas en el casco urbano de Rivas Vaciamadrid. Las razones que se han ido señalando desde octubre eran el alto voltaje usado por plantaciones de marihuana.

    Conocida todavía como "el supermercado de la droga", la Cañada Real sigue representando un punto negro del tráfico en el mapa nacional. Quizás no en el área donde viven Moreno, Correa o El Imlahi, donde las infraestructuras son aceptables, con fincas que albergan hasta piscina. Pero al otro lado de la carretera sí que se ven descampados con escombros, hogueras y gente deambulando en busca de estupefacientes.

    Heroína o cocaína campan entre chamizos de venta sin cartel. Entre paredes de contrachapado o uralita se cuece el mercadeo. Al paso, las miradas son de sospecha. No es difícil cruzarse con alguna patrulla de policía. Y según el sitio, una vuelta puede resultar incómoda. En una loma secundaria, detrás de una mezquita doméstica, la sede de Cáritas, Cruz Roja y la asociación El Fanal ayudan a chavales en tareas extraescolares. Tampoco tienen luz, según una de las empleadas, pero al menos se juntan bajo un techo después de las clases en sus respectivos centros.

    Concentración de vecinos de la Cañada Real en un colegio pidiendo electricidad
    © Sputnik / Alberto García Palomo
    Concentración de vecinos de la Cañada Real en un colegio pidiendo electricidad

    En primaria, a algunos les corresponden los colegios El Olivo o Mario Benedetti, de Rivas Vaciamadrid. Allí se manifiestan antes de la jornada escolar. "Queremos luz", "La luz es un derecho, no un privilegio" o "La Cañada unida jamás será vencida" son algunos de los lemas que entonan pequeños y mayores, cortando las calles de acceso. "Estamos fatal y no hay ninguna solución", justifica Sara, una mujer de 37 años con tres menores a su cargo.

    "No tenemos dónde cargar los teléfonos. Mis hijos se van a Ikea por la tarde o a casa de sus amigos. En la biblioteca han tapado los enchufes y lo que queremos es más por los jóvenes y los enfermos", agrega Naziha, de 42 años.

    Como el resto de concentrados en las puertas de este centro, se quejan de la poca ayuda que han recibido. Tanto de la compañía como de las autoridades. El 30 de noviembre llevaron los gritos a la Consejería de Vivienda y Administración local de la Comunidad de Madrid. Repitieron las consignas por el derecho a la luz. Lamentaron que el consistorio acabe de gastarse más de tres millones de euros para la iluminación navideña, pero no les dé una respuesta. Lo único que han hecho al respecto ha sido suprimir los 127.000 euros del presupuesto para un festival de integración que se celebraba en esta barriada.

    José Luis Martínez-Almeida, el alcalde, solo ha reconocido que la oscuridad que se cierne sobre la Cañada Real "es un problema muy complejo con perspectivas muy diversas" y ha afirmado que el Ayuntamiento está a disposición de los vecinos para resolverlo "lo antes posible". Sí que han recibido el apoyo de otros grupos políticos como Podemos o Más Madrid. En Rivas Vaciamadrid han asegurado que pondrían un pabellón para que puedan usar los puntos de electricidad. Pero nada ha calmado los ánimos de sus pobladores.

    Hasta que no se reinicie el suministro y puedan llevar a cabo la vida normal, no pararán. "Si no pillamos coronavirus, pillamos otra cosa, porque entre el frío o ir a sitios con aglomeraciones para enchufar el móvil algo nos cae", dice Ruth, una chica de 19 años que cursa la carrera de psicología. Defiende que ella se mete en casa de alguna compañera para estudiar, pero que en su bloque hay una señora mayor a la que han tenido que enganchar el oxígeno a la farola. "Estoy agobiada y con miedo", resopla a su lado Abiba, de 42 años, con su madre en la misma coyuntura. "Se tiró cuatro meses ingresada y necesita respiración artificial. Y mi padre tiene Alzhéimer. Queremos que vuelva la luz y pagarla antes de que nos muramos", suplica.

    Un residente de la Cañada Real, barrio irregular de Madrid, con generadores de luz
    © Sputnik / Alexandra Bondarenko
    Un residente de la Cañada Real, barrio irregular de Madrid, con generadores de luz
    Etiquetas:
    coronavirus en España, ilegalidad, viviendas, protestas, frío, marihuana, electricidad, luz, España, Madrid, barrio
    Normas comunitariasDiscusión
    Comentar vía SputnikComentar vía Facebook