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    Un libro reúne 10 historias de esas abuelas que vivieron la Guerra Civil y las décadas posteriores de escasez y temor.

    Juana, Benita, Vicenta o Juliana. Nombres comunes en la España del siglo pasado que representan a miles de mujeres anónimas. De esas que, como contaba la corresponsal norteamericana Martha Gellhorn, se internaban "apretujadas en las tiendas" sobre un mostrador vacío durante la Guerra Civil. Las que perdían "los estribos" por "el dolor y el miedo de no tener nada que llevar a casa" en ciudades asediadas por los bombardeos y la escasez.

    Una generación que vivió un conflicto fratricida y décadas de hambre sin un hueco en las páginas de la historia. Ahora lo tienen en el libro Nietas de la memoria, editado por Bala Perdida y que dedica 10 capítulos a esas abuelas "perdedoras de la contienda y aplastadas por los vencedores", tal y como las describe Carmen Sarmiento en el prólogo.

    Madres, hermanas, esposas de todo el territorio nacional que huyeron de persecuciones, abandono y miseria. Excluidas de la vida pública que dieron todo por la familia y que sostuvieron el tejido social del país.

    Lo narran 10 comunicadoras en un proyecto que empezó después de un 8 de marzo, Día de la Mujer, con el movimiento de #lasperiodistasparamos. Reivindican el derecho a la memoria histórica de las mujeres que se han quedado al margen. De esa María, esa Lola, esa Isabel de distintas ciudades españolas a las que les unía un hilo invisible: el de la resistencia.

    ​"Su valor es incuestionable", alega Carolina Pecharromán, que inicia el volumen, a Sputnik. "Más en una sociedad que no les permitía ninguna reacción, solo estar atendiendo a sus familias y ser sumisas", añade esta madrileña de 51 años, que ha desarrollado la mayor parte de su trayectoria en la televisión. Fueron, incide, "madres coraje". "No solo no se ha hecho justicia sino que se las ha excluido del relato. Sus vidas parecían no interesar. Nunca las preguntaron", responde por su parte Concha San Francisco.  

    Noemí San Juan (Zaragoza, 1977) apuesta por un intercambio epistolar y tiene claro que "fueron las grandes perdedoras, por partida doble". "No solo porque eran del bando perdedor, sino también por ser mujeres. Sus maridos o hijos murieron en el frente. Y sufrieron eso, lo de ser mujer y roja". San Juan expone la intención de "potenciar un diálogo generacional" para no olvidar: "Les viene muy bien a los que aún siguen de esa generación y a las nuevas les conviene saber qué pasó, porque la única manera de no cometer errores como los del pasado es conocerlos".

    ​Cada una de las narradoras ha elegido un estilo. Abunda la primera persona, pero se juega con el diálogo o las misivas. Los testimonios llegan limpios, sin más aderezo que fotos en blanco y negro de álbumes familiares. Casi como relatos cronológicos del éxodo, la viudez o el empeño en oficios como la costura para salir adelante. "No se ha hecho justicia con ellas", sostiene San Juan.

    "Nos hemos olvidado demasiado rápido y de forma total de lo que pasó. Hubo mucha gente que tuvo que salir del país con lo puesto. Y ahora no solo lo negamos, sino que criticamos a los que huyen de otros sitios", aduce Pecharromán.

    La memoria individual, para quien ha tenido el privilegio de atesorarla, es lo único que queda, sostiene Concha San Francisco, nacida en Zamora en 1957. "Ni siquiera se conoce la historia de nuestros propios familiares", protesta ante la amnesia general y el afán por no sacudir la alfombra. Quizás provocado por la prisa para dar carpetazo: con la muerte de Francisco Franco, en 1975, y la consecuente Transición, España instauró una democracia cimentada sobre el olvido y la amnistía.

    Hasta décadas después, cuando se iba dejando atrás a ese periodo y a sus protagonistas, apenas se habló de juzgar a los verdugos u honrar a las víctimas. La Ley de Memoria Histórica, iniciada en 2007 y con un vaivén que llega a la actualidad, desempolvó algunos supuestos. Se promulgaron ciertos cambios, algunos más cosméticos que otros, y se inició una especie de reparación.

    El levantamiento de fosas para recuperar los cuerpos de desaparecidos era una de las cláusulas principales. La lentitud y los diferentes entorpecimientos jurídicos dejaron a muchas de las demandantes sin obtener el alivio deseado. "No hubo reconocimiento ni consuelo para muchas. Se fueron con la rabia de sentir que les habían robado parte de su vida. Aunque también con la esperanza de que en el futuro algo cambiara, después de ver que había muerto el dictador", apostilla San Francisco.

    "Tenemos que recuperar la historia de todos, no es un asunto patrimonial de cada familia. Nosotras heredamos un sistema político mejor, pero aún hay muchos rotos, a nivel global. Lleno de injusticias y de destrucción del planeta", justifica la periodista.

    Para Noemí San Juan no existe el consuelo cuando "tu padre o tus hermanos han sido asesinados por unas ideas o por denuncias falsas". "El mejor homenaje es no olvidarlas. Recordar sus historias e impedir que no caigan en el olvido y no por reabrir heridas o venganza. Al revés: por cerrarlas y por conocer la historia", insiste la zaragozana, que comenta cómo mucha gente ha descubierto similitudes con sus parientes y se ha animado a rememorar esas vidas. "Vamos a abrir un blog para quien quiera", anuncia.

    Todas las historias están atravesadas por el temor, por ese miedo cerval que impuso la dictadura. Una de las máximas, coinciden las autoras, es esa importancia de no significarse políticamente. De guardar en casa las opiniones. "Yo nací antes de las primeras elecciones y recuerdo cómo nos hacían callar si se hablaba de política. Mis abuelos decían que las paredes hablaban. Mi generación no ha tenido miedo y casi nos reíamos con eso. Tampoco ha tenido demasiado miedo la anterior, la de los que nacieron en la dictadura y creían que otro mundo era posible. Pero la de los abuelos sí. Les costó muchas décadas superarlo", explica San Juan.

    ​Los relatos evocan esa imagen dura, de moderación, de quienes están acostumbrados a recibir golpes. O la figura de una madre y abuela apocada, sumisa, rendida a los demás. Sin embargo, la percepción cambia en la intimidad. "En público se exigía esa contención. Era algo casi obligado", anota Pecharromán. "Proyectaban una imagen de dureza. En el caso de mi abuela, siempre vistió de luto por su hermano, pero tenía sus sentimientos. Ella no era así, la cambiaron", agrega San Francisco.

    “Fueron mujeres muy duras por todo lo que les tocó vivir, pero para nosotras su recuerdo es de calidez y cariño, porque nos cuidaron en una época en que sus hijas se incorporaban al mercado laboral”, anota San Juan, “aunque es verdad que eran duras, porque habían sufrido mucho; y siempre diremos que estaban hechas de otra pasta”.

    Quedarán, no obstante, como símbolo de una lucha cotidiana. "Son mujeres que consiguieron que sus hijos progresaran", comenta Pecharromán, "y eso les alegró". Se volcaron en la herencia. Muchas traspasaron su enorme sabiduría, a pesar de andar replegadas en la sombra. Y han sido estas "nietas de la memoria" quienes las han alumbrado. Porque detrás de cada Benita o de cada Angelines se atesora un pedazo de historia tan reciente y necesario como omitido.

    Etiquetas:
    hambre, miedo, Ley de Memoria Histórica, democracia, Guerra Civil española, guerra civil, historia, memoria, Abuelas
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