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    Margaryta Yakovenko, periodista nacida en Ucrania en 1992, retrata en 'Desencajada' los sentimientos que acechan al migrante criado entre dos culturas.

    Un puñado de palabras define el universo de Margaryta Yakovenko: poezdka, liubov, semya, ustalost, radost, zlost, pechal, dvizheniye. Son la traducción en ruso para viaje, amor, familia, cansancio, alegría, rabia, tristeza o movimiento. Términos que la acompañan desde la infancia. Desde esos primeros años en Tokmak, la ciudad del este de Ucrania donde nació en 1992, hasta su infancia en Los Alcázares, localidad murciana donde se estableció a los siete años, o su juventud en Barcelona y Madrid.

    A España llegó en 1999. Hija de una enfermera y un ingeniero mecánico que vieron cómo se desvanecía su salario tras la caída de la Unión Soviética y la perestroika, Yakovenko aterrizó en el país mediterráneo sin billete de vuelta. La promesa de la prosperidad occidental llamó de repente a su piso de Ucrania, decorado con tomos de Mijaíl Shólojov, León Tolstói o Yuri Trífonov. Un tren a la capital, Kiev, y un avión a una nueva vida la transportaron hasta su imprevista morada. Tendría aquí una identidad difusa. Híbrida.

    Mientras sus padres trabajaban en la construcción, la agricultura o la limpieza de casas, ella acudía a clase, se calentaba la comida a mediodía y estudiaba con tesón para sacar el curso en un entorno desconocido. Con el sedimento de la cultura eslava y el incipiente influjo del carácter ibérico, Yakovenko fue forjando su personalidad. Una personalidad borrosa, tal y como narra en Desencajada, su primer libro.

    ​Editado por Caballo de Troya, este testimonio navega entre las memorias y la fabulación literaria. La periodista y escritora aporta la experiencia propia para urdir un relato de desarraigo, incertidumbre y ese puñado de palabras en ruso que envuelve su vida. Aunque sobresalen dos: nostalgia y soledad. "Son la base de toda migración, cuando te cuesta saber dónde está tu hogar", cuenta Yakovenko a Sputnik, que nunca ha tenido un nivel de desapego tan grande como la protagonista del relato porque cada año visita su ciudad natal.

    La autora expone un "viaje interno" que va desde la salida del país hasta el hallazgo de esa laguna inexplicable que acompaña a todo migrante. La del pasado que impregna el día a día y la del temor a un fracaso que se fragua entre el "poco a poco" y el "mañana" emitidos como fórmulas para realzar el ánimo. "Si no has tenido que migrar, a lo mejor tu identidad es más inocente, aunque también hay quien acepta lo que hay y no se lo plantea", explica quien no encontraba un testimonio similar. "Hay libros de hijos de migrantes o de adultos que se van, pero no de esa generación 1.5", arguye, citando a autoras como la británica Zadie Smith o la nigeriana Chimamanda Ngozi. 

    "No sé si hay una explicación sociológica. A lo mejor no hay. Pero no he encontrado muchos ejemplos. Puede ser porque es difícil que quien llega acceda a ciertos espacios. ¿Cuántos migrantes hay en una clase de Bachillerato? ¿O en la universidad?", pregunta Yakovenko, que inicia el libro diciendo que en su historia no había ninguna "épica". "No éramos exiliados políticos. No huíamos de una guerra. No éramos una minoría religiosa perseguida. Nuestro heroísmo era querer llegar a fin de mes y mi único mérito era haber nacido en un país que tenía siete meses de vida", apunta.

    Margaryta Yakovenko en una imagen familiar de 2001 o 2002
    © Foto : Cortesía de Margaryta Yakovenko
    Margaryta Yakovenko en una imagen familiar de 2001 o 2002

    Quizás no goza de esa épica, pero responde a otra situación límite: la de marcharse antes de un conflicto o de perecer económicamente. Con la caída de la URSS, Ucrania era una nación en proceso. El Imperio se desmoronaba y lo que antes era un acervo común ahora era una barrera. El idioma, por ejemplo, pasó a distanciar. "El ruso era un país que unía países", comenta en Desencajada. Yakovenko, que no habla fluidamente ucraniano, empezó a notar una especie de rechazo en sus regresos posteriores. Sin embargo, persiste esa contención del ánimo, esa resignación, esa lucha por el trabajo y esas costumbres que tanto le gustan.

    "Tomar el té a todas horas o que te inviten a comer algo y pasen horas, encadenándolo con la cena, es algo que todavía ocurre. Y a mí me encanta", afirma.

    Carga de todas formas con cierto sentimiento de culpa. La "culpa de los supervivientes", indica en el libro, "la de los que dejan detrás a los desgraciados y a la miseria". Se añade en ese pesar el concepto de nacionalidad. Una cuestión que va más allá del pasaporte. Yakovenko tiene sangre eslava, pero acumula dos décadas en España. No sabe cuál es su rodina o patria. Ella, por ejemplo, tardó esos 20 años en ser ciudadana española con todo derecho. Y ve cómo persiste el "racismo institucional": su hermano nació en la península, pero era ucraniano.

    "Y hay métodos que aceleran la nacionalización, como pagar para agilizar un trámite", protesta tras conseguir en 40 días sus papeles tras soltar 1.500 euros. Yakovenko cavila a lo largo de 120 páginas sobre esos asuntos, que no se desvanecen con el paso del tiempo. Casi al revés: es el transcurrir vital lo que devuelve al inicio. Y solo es compresible por alguien con una experiencia similar. "Si el lugar en el que naces y te crías te forja, nosotros pertenecemos al hormigón socialista", anota antes de declarar la migración como una enfermedad.

    Los migrantes y los peregrinos, aduce, son "adictos al horizonte" porque son "los únicos que controlamos nuestro destino". Partir, dice, es partirse, "morir un poco". "Para los exiliados, emigrados y peregrinos, la patria siempre será el camino", concluye. El suyo está jalonado por los recuerdos de un lugar que desde 2014 afronta una guerra soterrada y por los que ha ido sumando en  distintos puntos de Europa. En todos afloran ese hastío, esa alegría, esa rabia o esa tristeza que puede verbalizar en dos lenguas. O esa soledad y nostalgia que acompañan a las personas desencajadas, presas de una identidad dividida.

    Etiquetas:
    nacionalidad, identidad, soledad, URSS, trabajo, migración, Ucrania, España
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