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    15 días sin clases presenciales en la Universidad de Granada ha decretado la Junta de Andalucía. La medida cuenta con la oposición de la propia rectora y decanos, que denuncian la unilateralidad y falta de coordinación. Los estudiantes se sienten indignados y criminalizados.

    Según dicen, las aulas no son foco de rebrote y señalan a bares y pubs, que sí siguen abiertos.

    Granada no sale de la pesadilla. Este miércoles 14 de octubre la provincia volvía superar los 500 contagios diarios, siendo los 533 positivos del 13 y 14 de octubre la segunda peor cifra desde que la pandemia llegó a la región. Todas las miradas están en la capital. El distrito sanitario de Granada ciudad acumula una tasa de 636,8 en los últimos 14 días por cada 100.000 habitantes y 647 confirmados en la última semana.

    Pero la singularidad de Granada está en el perfil de los contagiados. Uno de cada tres positivos en las últimas dos semanas tiene entre 15 y 29 años —suponen 1.236 de los 3.844 casos— Los jóvenes son los más afectados, seguidos por la franja de edad que va de los 45 a 65 años.  Y, por lo tanto, en una ciudad como Granada, de esencia universitaria y juvenil, todas las miradas van dirigidas a los estudiantes. Desde el jueves 15, previa publicación en el BOJA, las aulas de la Universidad de Granada están clausuradas.

    Polémicos intereses

    La medida ha despertado una reacción unánime en la comunidad universitaria. ¿Por qué cerrar las aulas?, ¿acaso tienen algo que ver con los rebrotes? La experiencia nos dice que no. "El cierre de las aulas es un sinsentido, los que sí pisamos las aulas sabemos perfectamente que en las universidades no se dan los contagios", denuncia a Sputnik Jesús Maldonado, representante de estudiantes en la Universidad de Granada (UGR). Las aulas son ocupadas al 30%, las clases más numerosas se han dividido en cuatro grupos y geles hidroalcohólicos, mascarillas y distancia de seguridad están presentes, " son espacios seguros donde lo difícil sería contagiarse".

    ​Granada capital cuenta con una población de alrededor de 239.000 habitantes. En esta población tienen un peso especialmente relevante los estudiantes. La UGR es una de las Universidades más ilustres del país, con una comunidad de hasta 60.000 estudiantes en sus diferentes grados y modalidades. "De toda esta población flotante, un 55%, entorno a 30.000 universitarios, son de fuera de Granada, vienen a vivir a alquilar y a gastar a la ciudad", explica Maldonado que, al igual que la comunidad universitaria, rezuma indignación.

    "Con el turismo bajo mínimos decidieron que los estudiantes teníamos que volver para gastar y alquilar los pisos, pero ahora nos cierran las aulas. Primero nos usaron para salvar la economía y ahora como chivo expiatorio", denuncia.

    La Delegación General de Estudiantes de la UGR y las organizaciones mayoritarias 'Frente de Estudiantes' y 'Estudiantes en Movimiento' han convocado una manifestación el viernes 15 a mediodía contra el cierre de la Universidad cuya primera premisa es "garantizar la seguridad".

    ​Más confrontación política

    La decisión de la Junta de Andalucía, gobernada por una coalición de PP y Ciudadanos —con el beneplácito para su investidura de VOX— de cerrar las facultades se fundamenta en los recientes 150 contagios detectados en siete residencias universitarias, según el Delegado de la Junta de Andalucía, Pablo García.

    Por su parte, el alcalde nazarí Luis Salvador (de Ciudadanos) decía tras la Junta Local de Seguridad, en la que se decidió el cierre de las aulas tras la indicación de la Consejería de Salud, que no se trataba de "criminalizar", pero destacaba la necesidad de trabajar con "coordinación y colaboración institucional".

    Un sinsentido, pues tras la misma reunión, la propia rectora de la Universidad de Granada, Pilar Aranda lamentaba que no hubiera habido colaboración y coordinación, ya que "no hay ningún motivo para cerrar la Universidad". Recuerda que los protocolos establecen que una comisión a tres bandas, con la Junta, la autoridad municipal y la propia UGR debería decretar el cierre, como ha sucedido en Valencia.

    Pero la decisión, llegó unilateralmente desde la Junta y con desconocimiento de la rectora. "Me entristece profundamente que se valoren más los bares que la formación universitaria. Dejan los bares abiertos y cierran las aulas, los seminarios, los laboratorios y las bibliotecas", declaraba la rectora a El País. Por su parte, el portavoz de la oposición andaluza, el socialista José Fiscal ahondaba, "nadie entiende que los estudiantes no puedan ir a las aulas, pero puedan quedar en un bar".

    El vídeo de la discordia

    Cerrar las aulas sin motivos para ello viene precedido de un vídeo que se viralizó en redes sociales. La cuenta uGRenfurida, que actúa "como altavoz del sentir de miles de estudiantes" denunciaba la actitud de los juerguistas, desprovistos de mascarilla, ebrios y sin distancia de seguridad, pero pide que no se generalice, "pareciera que todos los jóvenes de la ciudad fueran universitarios y no es así. Estamos en desacuerdo con todas las medidas que han tomado desde la Junta de Andalucía, porque si cierra la Universidad, hay que cerrar otros locales".

    Además, el vídeo es un extracto que no muestra todo lo que ocurrió. Jesús Maldonado lamenta que la aglomeración del vídeo no era un botellón, sino una reunión que se había formado justo "cuando desalojaron dos pubs de esa calle, precisamente por no cumplir las normas de seguridad, por eso ya estaba allí la policía". De nuevo, se traslada la inseguridad que generan los empresarios de ocio nocturno a la criminalización de los jóvenes.

    Efecto contrario

    El cierre unilateral de las aulas está teniendo un efecto inesperado, la inusual unión de estudiantes, rectora y decanos. Estos últimos se dirigían a la Junta en una carta colectiva en la que enfatizan que "desde el 1 de septiembre, los casos positivos acumulados son: 236 estudiantes y 22 entre profesorado y PAS, números que en una población de 70.000 personas no son significativos epidemiológicamente".

    Los contagios universitarios parecen poco arsenal para atacar al virus con una medida tan severa como el cierre de las facultades por dos semanas.

    Además, los decanos alertan de que, dada la experiencia previa, la medida podría derivar en el efecto adverso. Los estudiantes serán otra bomba epidemiológica. 

    "A todas luces regresarán a sus casas en cuanto no haya la obligación de la asistencia. Adicionalmente como profesores, somos conocedores de los usos y hábitos de nuestros estudiantes y nuestra experiencia indica que la docencia telemática acarrea un estilo de vida más activo y social, con todo lo que esto conlleva en la propagación de la enfermedad", alertan los decanos.

    Futuro incierto

    Que los bares queden abiertos y las aulas cerradas 15 días, siendo los primeros focos de contagio y las segundas de seguridad, dice mucho de las prioridades de la administración. Pero más allá de esta dudosa decisión, ¿qué pasará ahora con la educación de los universitarios?

    Los estudiantes denuncian que se ha perdido mucho tiempo. De vuelta a la no-presencialidad, sigue sin haber un protocolo que comprometa y unifique al profesorado, "que no está obligado a la docencia online, estamos en manos de su voluntariedad", lamenta Maldonado, "algunos docentes simplemente están repartiendo sus presentaciones y se toman esto como dos semanas de vacaciones".

    También lamentan el grado de improvisación y delegación de funciones en el que se han visto envueltos. La vuelta al curso —presencial o no— no se aclaró hasta unas semanas antes del inicio de las clases.

    La sensación en Granada es que, más que estudiantes y portadores del futuro de la sociedad, los universitarios están siendo tratados simplemente como clientes y juerguistas que deben mantener las barras abiertas, pero no las bibliotecas.

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