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    Rafael Cabaliere, venezolano de 34 años, gana el galardón de la editorial española Espasa y genera la controversia sobre si se ha valorado la obra del autor o su capacidad de atraer lectores.

    ¿Calidad literaria o estrategia comercial? La controversia está, de nuevo, servida: las editoriales suelen enfrentarse a menudo a esa disyuntiva. Más aún en la era de las redes sociales, donde un nombre arropado por una legión de seguidores puede ostentar el cetro del bestseller. El escándalo se agranda cuando la decisión responde a la entrega de un galardón, en la que no solo es una decisión empresarial sino que media un jurado y se acompaña de una dotación económica.

    En España hay varios ejemplos recientes, pero esta vez se ha dado un paso más: la tercera edición del premio de poesía convocado por Espasa —sello perteneciente a Planeta, que otorga 20.000 euros a su ganador— se sembró de dudas. No solo se ha deslizado que el reconocimiento era inmerecido por las aptitudes literarias sino que llegó a pensarse que era un montaje y el vencedor era un robot, un perfil creado artificialmente. Algo que han tenido que desmentir después de varios mensajes airados en redes y de artículos que mantenían la sospecha.

    Todo empezó el 4 de septiembre. La nota de prensa remitida por la editorial sobre el premio ESPASAesPOESÍA decía: "El jurado, compuesto por Luis Alberto de Cuenca, Ana Porto, Marwan, Alejandro Palomas y Ana Rosa Semprún, en representación de la editorial, ha fallado, por mayoría, en un almuerzo celebrado en Madrid el 3 de septiembre, que la obra ganadora de este año sea Alzando vuelo y su autor Rafael Cabaliere. Del poemario ganador el jurado ha destacado su conexión y empatía con las nuevas generaciones".

    ​Seguía con una breve descripción del escritor: "Rafael Cabaliere nació hace 34 años en Venezuela y es ingeniero informático y publicista. Su poesía tiene un tinte juvenil y motivador, fresco y urbano, con cientos de miles de seguidores. Este es su primer poemario", indicaban, señalando que "el autor, al conocer el fallo, ha declarado sentirse emocionado y con mucha ilusión al recibir el premio" y que, en total, se habían presentado 554 obras de diferentes países de habla hispana.

    Pasaron los días y aumentó la extrañeza. Ni siquiera valía que los otros dos galardonados anteriormente respondieran al mismo patrón. La bloguera Irene X ganó la primera edición con La chica no olvida. Y David Galán, conocido como Redry, la segunda, por Huir de mí. Ambos destacaban por su audiencia juvenil o millenial, por su volumen de seguidores (más de 60.000 y 412.000 en Instagram, respectivamente) y por sus composiciones esquemáticas, libres de métrica o rima.

    "A veces las cosas no salen bien porque no les estamos abriendo del todo la puerta", reza un aforismo de Irene X. "Que te abracen fuerte sin necesidad de preguntar cuál es tu problema, sin necesidad de responder por qué. Eso también es magia", apunta uno de Redry.

    Cabaliere era un caso similar: 900.000 seguidores en Twitter, 715.000 en Instagram. Pero ni siquiera se conocían libros suyos y los versos que compartía suscitaban recelos en cuanto a la calidad. Así es el último colgado: "Que al terminar el día te quedes con lo que hizo brillar tus ojos, lo que sumó magia a tu vida, con todo aquello que agrandó tu sonrisa. Y que mañana sea mejor". Quien afirma que sus publicaciones en redes sociales "no son poesía" podría ser un invento desde el 31 de marzo de 2019. Su primer post ya es aclamado por más de 56.000 personas y genera centenares de comentarios. Aunque una cuenta anterior, con otro apodo, apenas tuviera interacciones. 

    Sin embargo, el misterio se ha resuelto. La editorial ha expresado púbicamente que "Rafael Cabaliere no es un robot" y que "existe", a pesar de desconocer si es un nombre verdadero. "En nuestra editorial muchos firman con seudónimo", han argumentado. El propio autor ha tenido que dar la cara y emitir un vídeo. "Estoy muy agradecido de recibir este reconocimiento y aún más de la historia que hay detrás. Meses antes de presentarme soñé que lo ganaba. Los sueños se cumplen", sostiene quien se ha referido a la representante de prensa para hacer cualquier declaración a Sputnik. La responsable de prensa tampoco ha respondido a las solicitudes.

    Quizás porque sabe que la tormenta no se ha calmado. Que el ganador exista no suprime el fondo de la cuestión inicial: ¿se está abusando de una fórmula fugaz en detrimento de la literatura? Luna Miguel, editora de Caballo de Troya y poetisa nacida en 1990 cree que sí. "Está claro: si es un premio literario y se concede por sus seguidores, no es literario", responde por teléfono.

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    "Hacer eso supone hasta un insulto a los autores de esa casa, donde hay grandes voces", continúa, "y juega en contra de quien tiene una motivación creadora, porque significa darle más dinero, más espacio, a quien tiene redes sociales". Alude a otros señalamientos controvertidos, como el de Elvira Sastre, que ganó el Biblioteca Breve en 2019, y al de la citada Irene X, distinguiendo que "son autoras más allá de su obra: tienen un compromiso y llevan a gente a la literatura".

    Luna Miguel cree que, en cualquier caso, es difícil vislumbrar la deriva de estas decisiones editoriales. "El problema es que se ha premiado algo ajeno al contenido del libro. Pero el camino es largo y es pronto para saber si es un fenómeno duradero o no". Carlos Salem, veterano en el circuito de las jam poéticas y autor de varios volúmenes, considera que "cada empresa es muy dueña de elegir lo que quiera".

    "Me parece muy hipócrita criminalizar la banalización de la poesía cuando vivimos en el reino de la frase. La poesía siempre ha sido algo que el sistema no ha podido comprar, siempre ha sido rock and roll, aunque ahora sea la época de la pop-esía. Y ya no hay lectores sino live-tores", indica el argentino a Sputnik. "Evacuar poemitas: el premio Espasa no lo ha ganado Rafael Cabaliere, sino Twitter e Instagram", titulaba Antonio Lucas su última columna del diario El Mundo.

    ​Ni siquiera los miembros del jurado han roto la lanza a favor del premiado. Marwan o Alejandro Palomas, por ejemplo, confesaban a El País que se sentían "incómodos" por la decisión y destacaban que no había sido unánime sino "mayoritaria". Una polémica que ha recordado a cuando Juan Marsé abandonó el jurado del premio Planeta en 2005 por la baja calidad de los aspirantes. "Tendremos que votar a la menos mala", afirmó antes de dejar su puesto y de que el galardón recayera en María de la Pau Janer.

    "Debo, en fin, ser claro, pero no quiero ser muy duro: la novela es, sí, muy mala, un ochomil de la cursilería, y viene sobre todo lastrada por el exceso asfixiante de sabiduría postiza, de vacío sentencioso, en aforismos que se acumulan y casi se superponen hasta llegar a veces a anularse”, reseñaba Juan Marqués a colación del premio a Elvira Sastre, sentenciando: "El jurado que premió esta novela afirmó, con un eufemismo divertido, que está escrita ‘con un inocente encanto’. Y no: inocente encanto es el de El Principito; esto es otra cosa, y es importante distinguir, porque si no corremos el riesgo de confundir a la gente. O tal vez es que ésa es precisamente la tendencia, casi la consigna: tratar de convertir a los lectores en gente, o a la gente inquieta en público".

    ​Ocurre lo mismo, en menor medida, con otra variante: la de los seudónimos. El enigma Elena Ferrante ha alentado esta corriente. La superventas italiana, cuyo nombre auténtico no ha salido a la luz, se ha trasladado a nuestro país. Valen como ejemplos Carmen Mola –con una trilogía de suspense de gran éxito en Alfaguara- o Greta Alonso, autora de El Cielo de tus días en cuya biografía solo se indica que "nació en los ochenta cerca del Cantábrico".

    Para ella, según defiende por chat a Spuntik, "el anonimato perjudica a las ventas, porque dificulta y en muchos casos impide la promoción. No hay firma de ejemplares, ni asistencia a ferias, ni entrevistas cara a cara. De hecho, por causa de la línea roja que impuse en su día, de publicar con seudónimo, varias editoriales rechazaron el manuscrito".

    "Si se valorara el número de seguidores a la hora de publicar a autores, mi manuscrito seguiría en un cajón: ni siquiera tenía redes sociales cuando firmé el contrato de cesión de derechos con Planeta. Las editoriales son empresas, buscan rentabilidad, pero en ellas trabajan personas, y creo que aún existen editores que apuestan por la calidad de una obra; sin importar la fama del autor, su visibilidad en redes o el hecho de que vaya o no a participar en la promoción. En mi contrato hay una cláusula por la que rechazo participar en cualquier clase de promoción, y aun así, apostaron por la novela... Quedan personas enamoradas de la literatura, profesionales del mundo editorial que se la juegan. Esa es mi experiencia", incide. 

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    España, redes sociales, jurado, calidad, autores, poesía, literatura, premio literario, premio
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