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    Rafa Mas, emprendedor de la localidad valenciana de Ontinyent, cambió lo que fabricaba por aparatos que ayuden en la pandemia de coronavirus. Ahora vende 14 modelos nuevos en 25 países.

    "Lo vi evidente: si un país como China, donde la producción es lo primero, paró del todo, aquí venía lo mismo", cuenta Rafa Mas decidido. Este emprendedor español de 31 años se adelantó a la pandemia y recondujo la actividad industrial de Inaltech, su compañía. De construir cintas transportadoras, bastidores y otras piezas de ingeniería pasó a elaborar máquinas de desinfección. Ya ha creado 14 modelos distintos que actúan en diferentes espacios, como aeropuertos, edificios institucionales o supermercados, y los han vendido en 25 países, incluidos Rusia, Colombia o Estados Unidos.    

    Con sede en Ontinyent, localidad valenciana de unos 35.000 habitantes, Mas tomó la decisión en cuanto el coronavirus empezó a causar estragos en España. Vio que las necesidades de la población cambiaban y enfocó su producción hacia este nuevo paradigma. "Nos confiamos mucho, pero todo ha cambiado. Y no va a volver a ser igual. Tenemos que cumplir a partir de ahora ciertas normas de higiene", explica desde su oficia a Sputnik, considerando que en el país, donde hay 29.152 muertos y 471.000 contagios, "no nos lo tomamos en serio, pero esto no ha terminado".

    "Ideamos dispensadores de gel, controles de puesta de mascarillas o de aforo, arcos desinfectantes con ozono y otros aparatos para enfrentarnos a lo que venía y poner soluciones", arguye Mas, que lleva trabajando desde los 16 años y es el máximo responsable de Inaltech, a la que ahora le ha puesto el sello de Disinvirus para esta nueva línea de fabricación.

    ​​"Empecé en una empresa del pueblo y, por cosas de la vida, se acabó. Tenía ya la relación con clientes y terminé haciéndome cargo. Tiré yo solo y luego fue creciendo: contraté a una persona de administración, luego a otra más de otro apartado…", dice el empresario, que ahora lidera una plantilla de 50 empleados y comparte sociedad con su hermano Iván, de 39 años.

    Rafa Mas dejó los estudios en la Educación Secundaria Obligatoria (ESO) porque no encontraba "ninguna motivación" y se metió de lleno en el mundo de los asalariados. "No era mal estudiante, simplemente no me atraía. Porque para estudiar cosas o llevar temas de contabilidad, incluso para aprender idiomas, no tengo ningún problema", confiesa. Poco a poco fue escalando puestos, "sin ser hijo del dueño", y consiguió juntar a un equipo "muy bueno".

    "Al principio era algo mío, pero ahora es compartido. Me siento muy respaldado porque en cada parte hay una dificultad. En contabilidad hay que hacer encaje de bolillos para cuadrar todo y en la creación de máquinas se requiere imaginación y mucho ensayo y error", argumenta, detallando que, generalmente, su hermano se encarga más de la nave que tienen en Ontinyent y él de supervisar el montaje final.

    Justo acaba de volver de Galicia. En A Coruña, una cadena de supermercados ha comprado una de sus máquinas para limpiar la compra y los carros. "Es como una lavado de coches, pero capaz de desinfectar cada carrito en unos 30 segundos y dejarlo seco y listo para su uso. Además, se puede controlar de forma remota y detecta automáticamente qué carro o carros necesitan ser desinfectados", comenta Mas.

    "Esperamos que se animen más", suspira, recriminando las complicaciones burocráticas que tiene en España. "Nosotros nos sometemos a la ley europea, y está todo en regla. Pero aquí el papeleo es horrible", lamenta, esgrimiendo que tienen más pedidos de fuera que de este país. "En Rusia tenemos todo nuestro catálogo fabricado junto a una contraparte", confiesa, mientras aclara que toda la producción se lleva a cabo en el territorio nacional, menos en ese país: "Allí exigen que haya participación rusa, así que les vendemos el know how y el hardware y ellos lo ensamblan".

    Esa especie de túnel de lavado ha sido uno de los elementos más demandados. "Se puede instalar tanto en el interior de los supermercados como en los aparcamientos exteriores, y tiene un precio, en función del tamaño y los materiales, de entre 12.000 y 15.000 euros", relata. Sanitas, Mutua Madrileña o Balearia también han incorporado diseños de Mas a sus instalaciones.

    "Hay muchos tipos, desde pequeñas cajas para desinfectar gafas hasta cámaras termográficas, que miden la temperatura de la gente. Dependiendo de cada uno, puede costar entre 300 o 30.000 euros", cuenta quien ha trabajado "muy duro" y ve cómo la facturación está creciendo exponencialmente, aunque no pueda dar cifras: "En tres meses llevamos casi lo mismo que en todo el año pasado".

    Su éxito, aparte, se está produciendo con el boca a boca. No ha podido exponerlo en ferias ni hacer grandes ejercicios de marketing. Le ha ayudado la tarea de sus compañeros de siempre y algún fichaje nuevo. Ingenieros industriales, químicos o programadores han impulsado el proyecto. "Una persona sola no puede planificar todo lo que hacemos. Son los expertos quienes trasladan a la realidad lo que aparece en los planos, y no es algo fácil", reconoce.

    "Tratamos con muchas personas y empresarios, pero quizá los extranjeros que acuden a nosotros están más concienciados o piensan más en adaptarse a las circunstancias que impone el virus y con las que quizá tengamos que convivir algún tiempo", incide Mas, que lamenta tener que volcarse en el mercado de fuera en vez del interno. "Aquí no le prestan especial atención. Y ahora va a ser peor, con la vuelta de los colegios. A lo mejor no nos confinan, pero sí habrá restricciones. Incluso con la vacuna, habrá que estar alerta, porque la sacarán corriendo y va a matar más que salvar", sostiene.

    El joven emprendedor está convencido de que el mejor escudo es la prevención. Como la suya, que se ha anticipado a la coyuntura y le ha servido para ampliar horizontes y empleados. "Aquí está todo muy parado. Y creo que muchas empresas van a tener que cerrar, porque al final esto son números y, con las nuevas normas, el negocio no sale rentable. No lo van a soportar", arguye quien está convencido de que, además, no es algo transitorio: "Creemos que será temporal, pero tendremos que aprender a convivir con el virus".

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