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    El mito del farero siempre estará ahí, ligado a las costas rocosas, por mucho que el oficio haya cambiado y vaya, presumiblemente, a desaparecer como tal en los próximos años. Pero los faros, vigías de luz, portadores de un lenguaje universal que salva vidas en todos los mares, seguirán incólumes ante el oleaje.

    Por ahora, en las costas españolas resisten 187 faros, hay entre ellos numerosos ejemplos de monumentalidad e Historia. Albergan aproximadamente a unos 60 fareros, muchos se jubilarán en los próximos años, a la espera de que desaparezca su oficio. Fue el 1 de enero de 1993 cuando el gobierno decretó a extinguir el cuerpo de técnicos de señales marítimas.

    El último farero de España

    A sus 53 años, Septimio Andrés es el último de su oficio. Cuando se jubile, habrá cumplido una misión que a partir de entonces suplirá la tecnología, seguramente apoyada en un equipo de profesionales privados que irán y vendrán a los faros. Pero la figura del farero, el que vive en el faro, ese vigilante nocturno, esa persona ligada a un espacio y a una función que debe ejercer sin descanso, desaparecerá tal y como la hemos conocido en España a lo largo de la historia.

    Faro de Chipiona
    © Foto : AP Sevilla
    Faro de Chipiona

    "Llevo 33 años en este oficio, he estado en faros de toda España y desde hace un cuarto de siglo soy el farero de Chipiona", el de Septimio es uno de los faros más monumentales de España y el más alto, sus 69 metros y 322 escalones le dan un porte inconfundible. Desde su luminosa atalaya, Septimio es responsable no solo de la costa gaditana y la desembocadura del Guadalquivir, sino de todo el tránsito marino desde el Atlántico hacia el puerto de Sevilla, el único puerto de interior de España.

    Interior del faro de Chipiona, el más alto de España
    © Foto : AP Sevilla
    Interior del faro de Chipiona, el más alto de España

    "A pesar del romanticismo y la mística del farero, hoy por hoy, nuestra rutina es muy técnica y burocrática, tengo que hacer el mantenimiento de las señales existentes, así como proponer la adquisición, elaboración e instalación de nuevo equipamiento y señales que facilite la navegación", relata Septimio a Sputnik, que en sus años de dedicación ha conseguido hacer de la navegación un tránsito más seguro, incrementando en un 50% las señales y sensores existentes hasta el puerto de Sevilla, el único interior de España.

    Septimio en su faro
    © Foto : Septimio Andrés
    Septimio en su faro

    El de Chipiona es un faro aeromarítimo que existe desde el siglo I a.c. Estrabón ya destacaba su grandeza, en comparación al Faro de Alejandría, "para evitar las pérdidas de los navegantes; porque además de los bancos formados por el fango que el río lleva, hay en este paraje rocas ocultas bajo el agua".

    Obviamente, las exigencias del trabajo han evolucionado mucho, pero en lo esencial, el oficio de farero es el del guía y rescatador del marino.

    Septimio nos cuenta que accedió por oposición al cuerpo de fareros del Estado del Ministerio de Obras Públicas y Urbanismo buscando un puesto estable, que además le ofrecería una vivienda en la costa, un verdadero sueño. Pero no olvidará su primera tormenta en el faro. "Un rayo cayó encima nuestra y estropeó la luminaria, la tormenta es de las más fuertes que he vivido, para colmo el oleaje se llevó las boyas más importantes de señalización que teníamos en aquel entonces, tuvimos que embarcar en mitad de la tempestad y salir a la mar para no perderlas… me dije a mi mismo, ¿pero en qué trabajo me he metido?"

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    Публикация от Puerto de Sevilla (@puertosevilla)

    Al último farero de España le encanta hablar de los procedimientos técnicos de su trabajo, investiga señaléticas de todo el mundo, nuevos sensores y confecciona nuevos protocolos de navegación con los prácticos del río, "concibo mi oficio como algo muy creativo, igual que un músico crea partituras o un pintor su trazo, yo confecciono la línea de navegación más segura".

    Distintos faros, distintos mundos

    Viajamos ahora a otro faro para encontrar a otro farero, y por lo tanto, acceder a un universo totalmente diferente. Dejamos el populoso y urbano faro de Chipiona (Cádiz) para acceder al faro de Mesa Roldán, en el Parque Natural de Cabo de Gata–Níjar (Almería). Allí, Mario Sanz y su familia residen desde 1992. Mario era propietario de un popular pub de la noche de la movida madrileña de los ochenta, pero su destino viraría guiado por otra luz: "mi mujer siempre había querido vivir en la costa y un día me topé con una convocatoria de oposiciones a farero, cuando conseguí el puesto no podía imaginar que la vida iba a cambiarme tanto".

    Faro de Mesa Roldán
    © Foto : Mario Sanz
    Faro de Mesa Roldán

    Para Sanz, lo mejor de su trabajo es poder disfrutar de un entorno único, ser durante semanas el único testigo del paisaje de su faro, "el trabajo es relativamente sencillo y rutinario, lo que lo hace extraordinario son los lugares en los que trabajamos".

    Mario controla otros tres faros más, sus funciones son las de siempre, mantener y vigilar una infraestructura que, a pesar de la tecnología, sigue siendo insustituible para los hombres y mujeres de mar, "los capitanes me dicen que hasta que no confirman que tienen el faro delante por las señales de luz, no descansan, a pesar del monitor de navegación y el GPS, necesitan la evidencia física de la luz para confirmar en la noche o en mitad de un la niebla".

    Mario Sanz Cruz en el faro
    © Foto : Mario Sanz
    Mario Sanz Cruz en el faro

    Sobre el futuro, ambos fareros lamentan que el oficio desaparezca tal como existe hasta ahora, Sanz expresa cierta decepción porque a nivel ministerial se quiera prescindir de los cuerpos técnicos, él fue el último farero en incorporarse a este colectivo antes del decreto de extinción de 1993, "por eso me siento casi como un infiltrado en este cuerpo y por eso, desde hace años, me dedico a conservar y recopilar la historia de los faros y los fareros en una casa museo".

    Mario Sanz, quien es también un polifacético artista y escritor, se atreve tímidamente con la poesía incluso, ha encontrado en su faro un espacio para la reflexión y la creación, pero también para reclamar la historia de estas torres de luz y sus inquilinos. "He leído los diarios de faros, es un mundo apasionante, hay fareros de todo tipo, los hay heroicos, que arriesgan su vida por un náufrago, pero también golfos, que aprovechaban el naufragio para robar lo que podían del barco. Hay tantos tipos de faros como las personas que los habitan".

    Luminario del Faro
    © Foto : Mario Sanz
    Luminario del Faro

    Sobre las principales adversidades del faro, Mario señala, al igual que Septimio, las tormentas, "son varias las veces que me he visto apagando el fuego del cuadro de electricidad con el extintor porque siempre nos cae un rayo encima". Por otro lado, como faros emblemáticos y especialmente difíciles, Sanz señala a los insulares, como el de la Isla de Alborán, "en ellos estás expuesto a la climatología o a terceras personas para que te lleguen suministros, son faros peligrosos, solitarios y muy extremos".

    Las vidas de estos fareros son ya, meros destellos de una figura que se extingue y de una tradición obligada a regenerarse. La interconexión satelital ha venido a convertirlos en elementos meramente culturales o incluso turísticos, aunque como reclama Sanz, sean más garantes que cualquier tecnología, "los faros son un lenguaje universal, sirven para cualquier marinero del mundo y así lo han sido desde el Coloso de Rodas, el Faro de Alejandría y desde que los romanos los extendieran por el Mediterráneo, y creo que seguirán siendo importantes, ¿quién te dice que Trump no cortará en un arrebato el GPS para todo el mundo?". Por si acaso, los faros seguirán emitiendo sus destellos, cada uno, el suyo particular. El de Mesa Roldán, como indica el Libro de Faros para marineros, emite 4 destellos cada 22 segundos, y así seguirá haciéndolo por mucho tiempo, para tranquilidad de navegantes.

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