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    Las medidas sanitarias o el temor a cualquier imprevisto debido al coronavirus disminuyen la afluencia en la ruta jacobea.

    Es fácil distinguir a un peregrino: bastones, mochila, ropa impregnada en sudor y el móvil en la mano para determinar dónde está su cama. Salvo por los avances textiles y este detalle tecnológico, su aspecto apenas ha cambiado desde la Edad Media. Entonces, hace 11 siglos, se estableció el Camino de Santiago y decenas de personas se lanzaron a completar los diferentes senderos que llevaban hasta la catedral de la capital de Compostela, donde supuestamente se descubrieron los restos de Santiago El Mayor, uno de los discípulos de Jesucristo. Hasta la ciudad gallega, en la esquina noroeste de España, llegan visitantes nacionales e internacionales que han decidido completar algún tramo de la ruta, esparcida por toda Europa, por motivos religiosos o paganos.

    Lo más común es emprender el llamado Camino Francés, que empieza en la localidad fronteriza de San Juan Pie de Puerto. A unos 773 kilómetros de Santiago se arremolinan muchos de quienes se proponen atravesar las distintas etapas hasta el destino final. Sus calles no dan lugar a dudas: en las paredes cuelgan enseñas con la concha de vieira, el icono universal de la ruta jacobea, sus principales vías ofrecen habitaciones y las tiendas exponen artículos para deporte de montaña. Sin embargo, la estampa a mediados de agosto de 2020 es otra: apenas se oye el ruido de los bastones contra el asfalto, las tiendas especializadas aguardan la improbable entrada de un cliente y los hospedajes dan una sensación de abandono.

    Hay, a simple vista, más turistas que peregrinos. Y tampoco son demasiados. Lo justo para que la Rue de la Citadelle, arteria principal, mantenga cierta actividad en terrazas o bares y que sus murallas sirvan de fondo a selfis acelerados. "Vienen algunos, pero acaban aquí. Este año son pocos los que continúan hasta Santiago", explica desde una oficina de esa avenida Monique Aspirot, coordinadora de la asociación Los Amigos del Camino de los Pirineos Atlánticos, fundada en 1999. A sus 72 años, esta mujer y su marido Jean Louis, de 75, asesoran a los peregrinos y emiten la credencial para sellar las etapas logradas.

    "Desde julio, cuando abrimos después de la pandemia, recibimos a franceses que caminan hasta aquí y se vuelven. Apenas vienen extranjeros o españoles", agrega esta veterana, procedente de San Juan de Luz y residente en Biarritz.

    La "logística" y el "miedo" causados por el coronavirus, que en España ha provocado 28.500 muertos y en Francia unos 30.500, ahuyentan a los interesados. "Más que contagiarse, muchos temen que les cierren las fronteras, que no haya alojamiento donde lleguen… Las consultas que más atendemos son esas", resume Aspirot. Lógico: países como Estados Unidos, Japón, Nueva Zelanda o Canadá, que nutrían de viajeros la zona, han recomendado no volar a España. Y otros más cercanos y también habituales como Italia o Reino Unido imponen cuarentenas a quienes pisen la península ibérica. 

    Una tienda para peregrinos en la localidad francesa de San Juan Pie de Puerto
    © Sputnik / Alberto García Palomo
    Una tienda para peregrinos en la localidad francesa de San Juan Pie de Puerto

    Según el registro de su oficina, en julio han pasado 1.071 peregrinos, cuando "lo normal" es que estos meses de verano la cifra diaria oscilara entre 400 y 450. Ni en este local, donde en lugar de cinco voluntarias solo hay dos, ni en el albergue municipal, que ofrece camas por 10 euros entre botes de gel desinfectante, hay rastro de paseantes. "Además, alcanzamos las 114 nacionalidades en 2019. Ahora casi todos son de Europa", agrega, "aunque acabamos de tener a dos coreanos".

    Dos peregrinos frente al albergue de Pamplona
    © Sputnik / Alberto García Palomo
    Dos peregrinos frente al albergue de Pamplona

    Quizás son Kay y Yonaf, de 23 y 29 años respectivamente. Cargados con refrescos y bollería, reposan tres días después en la entrada del albergue Jesús y María de Pamplona. "Hay muy poca gente", comentan en un parco inglés. Otros años, sus compatriotas se contaban en miles. "Es muy popular allí", dicen a media tarde, después de recorrer los 20 kilómetros que separan a la capital navarra del municipio de Zubiri. Justo en ese momento les acompañan Javier Zúñiga e Íñigo Zapirain, dos amigos donostiarras de 27 y 20 años. Llegan en bicicleta desde San Juan Pie de Puerto. Acaban de completar los 70 kilómetros de distancia en unas diez horas.

    "Pensábamos que el COVID nos iba a beneficiar, porque habría menos gente", apuntan soltando las alforjas en el vestíbulo, "pero también nos ha perjudicado: éramos cuatro personas y de las otros dos, una se ha echado atrás precisamente por eso".

    A falta de un plan, estos vecinos de San Sebastián, en el País Vasco, prefirieron la aventura sobre ruedas. "No nos hemos cruzado con nadie. Sabemos que es más arriesgado, pero antes de quedarnos en casa, mejor divertirnos", comentan manoseándose la mascarilla. "Es más complicado y hay que acostumbrarse", apoya desde la recepción Alberto, un trabajador de la empresa Aspace, que gestiona el espacio. A las normas generales de distancia interpersonal o de higiene, se le suma la reducción de aforo y el cierre de la cocina. "Hemos pasado de 112  a 55 camas y aun así no se llena. Hoy, por ejemplo, tenemos 23 reservas", lamenta.

    Cree el empleado que la gente está "muy concienciada", pero ni siquiera es un impulso para atraer peregrinos. "Un verano normal se llena de sobra y tenemos que derivar a otros albergues", indica entre filas de literas vacías, mostrando un calendario antiguo y detallando que el inmueble solo cierra unos días de Navidad y durante la semana de San Fermín. A Pamplona se le ha juntado, además, ese traspié: las multitudinarias fiestas de julio fueron anuladas y el turismo se ha desplomado. Según el último informe del Instituto de Estadística navarro, en junio de 2020 hubo 31.480 pernoctaciones en la comunidad autónoma, un 83,6% menos con respecto al mismo mes del año 2019.

    "Fatal. Muy mal", repite Natalia Esparza. La propietaria del Albergue de Pamplona dice que su negocio está en la cuerda floja: ha tenido que pasar de 24 a 12 camas y sigue la lona de "plazas libres". "Yo hago el agosto en San Fermín. Y durante el año lo completo con los peregrinos, pero este año nada de nada. Todo ha desaparecido", acusa. Abierto en 2015, su dueña marcó un récord de pernoctaciones en 2019. Ahora no sabe cómo va a "subsistir". "Estoy desesperada", confiesa a sus 55 años. Richard Etxeberría, regente de una céntrica tienda de souvenirs, coincide con ella: "No se está trabajando igual ni por asomo".

    Richard Etxeberría, dueño de una tienda de recuerdos en Pamplona
    © Sputnik / Alberto García Palomo
    Richard Etxeberría, dueño de una tienda de recuerdos en Pamplona

    "En junio parece que hubo un pico, porque como habíamos estado cerrados, daba esa sensación, pero ahora está muy flojo", responde con una sonrisa. Nacido en una ciudad de Australia debido a la migración de los 70, Etxeberría incluso compró mascarillas con motivos jacobeos. Las vende a cinco euros. "Espero que remonte", alega quien "sobrevive" con este local a pocos metros de la calle Estafeta, conocida por las imágenes de los encierros de San Fermín: "El lastre principal es el alquiler. A ver cómo salimos de esta", zanja Etxebarría, al que le envuelve "mucha incertidumbre".

    Una expresión que se escucha a menudo. Ignacio García, que se hizo cargo de La Tienda del Peregrino en la calle Mayor, suspira sobre el mostrador ante decenas de zapatillas expuestas: "Económicamente es muy duro". "Mucho negocio ha quedado clausurado porque dependen del paso del Camino", analiza, "y este año calculo que habrá un 10% de lo que solía haber". En la Oficina de Turismo de Santiago de Compostela le dan la razón: el pasado mes de julio, el primero completo tras el parón impuesto por el COVID-19, registraron algo menos de 10.000 peregrinos. En 2019 fueron 53.319. Por teléfono, cuentan que la gran caída ha sido la del turista internacional: los peregrinos extranjeros de julio ascendieron a 1.893, mientras que los españoles eran 7.859. Menos de un 20%, cuando rondaban el 50%.

    Y no parece que vaya a mejorar. En la web Editorial Buen Camino contabilizaron de forma aproximada 347.511 a lo largo de 2019. Y, aunque anuncian las novedades legislativas y la situación actual, este año aún no tienen estadísticas. "La primavera y el otoño son un aliciente, porque no hace tanto calor. Pero este año se canceló la primera y no sabemos cómo irá la próxima estación", señala Jon Martínez, uno de los responsables la oficina de Información Turística de Navarra. "Hay muy pocos y nos preguntan por si hay problemas en medios de transporte o alojamientos. Y es que algunas líneas de autobuses que reforzaban el servicio ahora no tienen trayectos", aduce. "Notamos que se ha troceado, que a lo mejor la gente lo hace por tramos o elige algunos menos transitados, porque no saben qué va a pasar al día siguiente", concluye.

    Una calle de Pamplona, en Navarra, con señales del Camino de Santiago
    © Sputnik / Alberto García Palomo
    Una calle de Pamplona, en Navarra, con señales del Camino de Santiago

    Justo la jornada anterior, 17 de agosto, entró en vigor la emergencia sanitaria decretada por el Gobierno Vasco y endureció las reglas contra la expansión del coronavirus, limitando las reuniones o prohibiendo el botellón. Y en el resto de provincias se aventura cada pocas horas con medidas excepcionales debido al progresivo aumento de contagios. Al golpe sufrido en el pasado se le añade la inquietud del presente. "Es todo muy impredecible. Yo cerré el plan hace una semana y cada mañana pienso que a lo mejor me toca volver a Madrid", arguye Juan Simoes, de 25 años. "No me he cruzado con nadie en dos días, desde que salí de San Juan Pie de Puerto, y dudo que mejore en lo que me queda hasta Santiago", cavila sudoroso, hincando sus bastones en la acera y mezclándose entre peatones que le reconocen fácilmente como un excepcional peregrino.

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