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    La policía tiene registradas 5.529 búsquedas activas de gente a la que se ha perdido la pista. En total, suma más de 200.000 denuncias que pueden ser resueltas con rapidez o extenderse en el tiempo.

    "Esto es como una depresión blanca. Puedes tener trabajo y pareja, pero a nada le ves sentido. Es como si te hubieran congelado". José Antonio Meneses es de Hornachos, en la provincia española de Badajoz (al sureste), y el 9 de mayo de 2017 dejó de ver a su madre, Francisca Cadenas. Con 22 años, se enfrentó al vacío. "Si te pasa algo repentino que te mate, o incluso si te diagnostican una enfermedad grave, hay un final. Pero esto es como estar en standby", resume.

    Francisca, la madre de José Antonio, es una de las 5.529 denuncias que permanecían activas a 31 de diciembre de 2019, según el informe Personas desaparecidas en España de 2020. En total, desde que se creara el Centro Nacional de Desaparecidos (CNDES), en 2011, se ha contabilizado un total de 202.529 denuncias (1.228 de estas son anteriores a ese año).  Es decir, que solo el 9,3% está vigente. Y son casos especiales. De los más complicados: sin cuerpo, como se suele decir, no hay delito. Y las investigaciones nunca dejan de estar vivas. Son orgánicas: hasta que no se resuelven, la carpeta sigue acumulando papeles. Pero en el ambiente, mientras, reina el silencio.

    Como en la existencia de José Antonio Meneses, su padre y sus dos hermanos. "Se supone que nunca se abandona la búsqueda, pero es un poco engañoso, porque es imposible seguir investigando algo cuando no hay nada",  comenta, "indignado" por la falta de medios y la "desigualdad" con otros casos. "Han pasado 38 meses y es triste no saber nada. A medida que va pasando el tiempo, todo es mucho más grave", suspira, aludiendo al "parón" con la pandemia de coronavirus. Se atraviesan distintas etapas: momentos en que puedes llegar a solapar la angustia y otros en los que no apetece ni levantarse de la cama. 

    ​"A veces, preferiría haber tenido un accidente de coche o cualquier cosa a esto", explica. El paréntesis que se inició aquella noche aún no se ha cerrado. Y es imposible cicatrizar la herida si no deja de sangrar. La familia de Francisca tiene sus propias hipótesis de lo que pudo ocurrir. Pero no se atreven a decir nada. "Desapareció a 50 metros de casa, hacia las 11 de la noche. Pero está todo bajo secreto de sumario", indica José Antonio, añadiendo que es su hermano mayor, de 41 años, quien se reúne ocasionalmente con la unidad especializada.

    Para Jaime Covarsí, que fue su profesor en el instituto y ha publicado su historia en el libro Lucharé por encontrarte, el limbo en el que se quedan las familias de desaparecidos es un precipicio interminable. "Cuando sucede una desgracia, hay un duelo, pero aquí no se da ni esa oportunidad. Se queda abierto. Y es muy destructivo", describe este extremeño nacido en 1975. Según su experiencia, es una situación de "desubicación total, de vacío". "No hay ningún consuelo, porque el tiempo no juega a favor sino que es el enemigo", concreta.

    De hecho, se calcula que a partir de las 48 o 72 horas, las probabilidades de encontrar un cuerpo descienden drásticamente. Se explica por varios factores: primero, la proximidad de tener una respuesta. Después, la celeridad de la actuación. Y, por último, la atención mediática. "En cuanto se van los periodistas (y es comprensible, porque se encargan de dar las noticias del día), se desvanecen", apunta Covarsí sobre un gremio que José Antonio Meneses ve como "águilas perdiceras": "Te sacan información y luego te dejan tirado".

    ​"Una desaparición sin causa aparente es un misil contra el núcleo de cualquier familia", alegaba Paco Lobatón, famoso presentador del programa Quién Sabe Dónde entre 1992 y 1998, en un artículo de El País. Ahora es responsable de la Fundación QSDGlobal, dedicada a la atención y reivindicaciones de los familiares de desaparecidos. Lobatón afirmaba a otro medio, El Confidencial, que, aunque se había avanzado mucho, aún quedaba por hacer, especialmente en "prevención y seguimiento".

    También recordaba que obtuvo el compromiso de Ana Botella Gómez, Secretaria de Estado de Seguridad, para la creación de coordinadores provinciales: una de las dificultades es unificar la información de los distintos cuerpos y fuerzas de seguridad. Además, se añade otra complicación: a los desaparecidos "forzados" hay que sumar los "voluntarios", aquellos en que la persona decide huir, ocultarse. Son muy pocos (desde la Fundación QSDGlobal lo cifran en un 5% o un 10%), pero hay que tenerlos en cuenta. Así como los que responden a muertes producidas en naufragios —algo que ocurre, con las barcas que cruzan el Mediterráneo, en las costas del sur de España y suele implicar a menores de edad— o a personas con algún tipo de enfermedad mental y que se desorientan.

    "Los familiares de personas desaparecidas pueden enfrentarse hasta a una triple victimización: primero la desaparición, luego el abandono del Estado y muchas veces, cuando casi milagrosamente logramos hacer encajar la pieza del puzle, llegamos tarde, y los restos han sido incinerados o arrojados a un osario común", analizaba el inspector José Carlos Beltrán, Jefe de Grupo de Necroidentificación y Retrato Robot de la Policía Nacional, en El País.

    ​Grandes deficiencias, indica, de la gestión de datos. Entre otras cosas, porque hasta 2011 no hubo un departamento especial o porque el Reglamento de Policía Sanitaria Mortuoria está transferido a las comunidades, y cada una gestiona los cuerpos sin identificar a su modo. "Unas los incineran a los 10 años, otras a los 20… Es necesario homologar criterios y proteger el derecho de las familias a encontrar a sus seres queridos, aunque sea muertos", defendía Beltrán. El inspector hablaba al periódico citado del "alivio" de quien deja de vivir buscando.

    "Humilladas, perplejas, solas, desprotegidas, decepcionadas, maltratadas y, en ocasiones, víctimas, al enfrentarse al trance de denunciar la desaparición de un ser querido ante las instancias oficiales", enumeran desde la Fundación QSDGlobal cuando exponen los sentimientos por los que atraviesan los familiares de personas desparecidas.

    Más ahora, que los dispositivos móviles nos tienen continuamente localizados. "Es muy triste, porque se ve cómo hay cada vez más tecnología, pero da igual", declara abatido José Antonio. "Y nosotros desde el primer momento movilizamos a los vecinos (hay unos 3.400), porque en nuestro caso no había nada discordante: éramos una familia normal, sin discusiones", continúa diciendo con incredulidad. Soportando un drama que lo ha dejado hueco, "paralizado", y que nunca deja atrás, por mucho que intente "llevar una vida normal".

    Etiquetas:
    casos, familiares, España, búsqueda, niños desaparecidos, desaparecidos
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