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    Durante la pandemia de coronavirus han salido a la luz los problemas de vivienda y urbanismo. La falta de espacio, la ausencia de un tejido barrial o la estratificación urbana han marcado el confinamiento, impulsando un nuevo paradigma.

    Los expertos ya llevaban años debatiéndolo. Pero muchos ciudadanos de a pie, enfrascados en sus distintas cotidianidades, no se han percatado hasta estos últimos meses: el concepto de ciudad tiene que dar un vuelco. La pandemia de coronavirus —que ha provocado 28.000 muertes solo en España, con la mayoría de casos en ciudades como Madrid o Barcelona— ha sido un mazazo en  distintas áreas, pero se ha hecho notar en un algo clave: la vivienda y la forma en que planificamos nuestra existencia en torno a ella.

    Con un confinamiento total de más de un mes, los servicios no esenciales cerrados y un enemigo invisible acechando en cada objeto o bocanada de aire, la realidad ha devuelto un rostro oculto. Hemos pasado, por ejemplo, al teletrabajo. O a unificar las compras en una acción rápida. O a dar paseos con un diámetro marcado. Eso significa que aquello que obviábamos, quizás distraídos por el ritmo diario, se ha tornado crucial. Tener luz, poder abastecernos en lo cercano, relacionarnos con seguridad.

    Sin olvidar la eficiencia energética, la posibilidad de crear comunidad o el imperativo climático de transportarnos sin liberar dióxido de carbono. La ciudad y sus servicios son un organismo complejo y multifacético que depende de especialistas y de viandantes anónimos para alcanzar un fin. De poco sirve una teoría en el papel si luego las fichas no funcionan, pero tampoco es efectiva la queja sin no hay planillo. Para entendernos: los ciudadanos ejecutan su papel, pero necesitan los ingredientes para efectuarlo. Es como el eterno dilema de la telebasura: ¿está ahí porque la gente la ve o la gente la ve porque está ahí?

    ​Eugeni Bach, arquitecto y responsable (junto a su pareja, Anna) de un estudio con su apellido, advierte de que "muchos del gremio ya veían cosas que están saliendo ahora". Autor del libro Más vivienda por menos, Bach retrocede a hace 150 años para relatar la evolución: "Entonces ya se vio que cada número de bloques debería conformar un barrio, con los servicios primarios dispuestos para sus vecinos. Eso reduce la contaminación, ayuda en los cuidados ajenos y facilita el día a día. Pero la avaricia del mercado lo impidió. Y este virus ha hecho visibles algunas deficiencias. A lo mejor es que hay que dejar en manos de profesionales y no de empresarios el asunto", zanja.

    Hay un obstáculo enorme en el cumplimiento de esta idea: que el espacio es un valor. Y todo lo que vale y tiene un precio es carne de comercio. Por eso, el mapa se ha dividido entre terrenos residenciales o urbanizables sin reflexionar sobre su uso verdadero. Bach, que busca una vivienda más asequible, con materiales poco contaminantes y con un diseño pensado para dialogar con el entorno, apunta que ha primado el basarse en dos parámetros y olvidar factores clave: "Se ha tendido a comprar por metros cuadrados y número de habitaciones, pero sin fijarse en la comodidad real: cantidad de luz, ruido, energía…".

    Mirando el ejemplo español, la panorámica podría resumirse en dos tendencias: un casco histórico dedicado al turismo y una periferia residencial, en algunos casos con urbanizaciones selladas. Lo que Ángela Peralta, miembro de la empresa Paisaje Transversal, cataloga de "atomización" de la ciudad. "La pandemia ha desvelado la vulnerabilidad y las desigualdades de la ciudad", señala. La arquitecta explica que esta epidemia ha mostrado (y extremado) la brecha que existe entre quien puede ir a comprar andando o necesita un transporte. Y quien vive cerca de centros de salud o de comercios básicos contra el que debe marcharse a suburbios peor comunicados.

    Proyecto Parque Llano Amarillo en Algeciras
    © Foto : Cortesía del Estudio ON-A
    Proyecto Parque Llano Amarillo en Algeciras

    "Nos hemos replanteado los vínculos sociales. Y se ha visto que para que haya redes sociales físicas tiene que haber un espacio que las permita", anota. "Lejos de la socialización, la ciudad se ha atomizado", insiste. Eso convierte cada parcela en unifuncional: una parte solo de fiesta, otra solo de museos, otra solo de pisos, etc. "Habría que mutar hacia los usos mixtos y el autoabastecimiento energético, industrial y de servicios", cree Peralta, que pone el foco en la solidaridad ciudadana: "Hemos visto que la ayuda a comprar, a acompañar a alguien o a donar comida se ha hecho de forma barrial, que ha habido solidaridad entre personas y que este puede ser un punto de inflexión para tomar medidas de impacto".

    ¿Cuáles? Según cálculos de la ONU, en 2050, siete de cada 10 personas vivirán en ciudades. Ya es el 55%. Y producirán el 80% del PIB mundial, según el Banco Mundial. Esto implica unos retos, marcados por la Nueva Agenda Urbana (Hábitat III de las Naciones Unidas) que se resumen en: limitar el crecimiento exponencial de la superficie urbanizada, cuidar la calidad del espacio público y universalizar el acceso a la vivienda. El cambio, por tanto, ha de ser abismal. Aunque ya hay quien está blandiendo el pañuelo de la vanguardia. Hablan de resiliencia, de adaptación, de investigación paciente. Allá donde hoy vemos un descampado sin uso o un inmueble olvidado se creará, con el tiempo, un núcleo activo, que genere empleo y cohesión social.

    Por ejemplo, el estudio Bardají de Madrid, uno de los participantes en el concurso Reinventing Cities. Sus proyectos están encaminados a "plantear un urbanismo desde la sostenibilidad, pensando en la reducción de la huella de carbono, que es la lucha actual de todo el planeta contra el cambio climático", tal y como advierte Carlos Santi, socio de la compañía. Para eso, una de las claves es densificar las ciudades, simultaneando varias labores sobre un mismo punto.

    Campus for Living Cities, proyecto del concurso Reinventing Cities
    © Foto : Cortesía de Bardají Arquitectos
    Campus for Living Cities, proyecto del concurso Reinventing Cities

    "Aparte de incluir los conceptos de la sostenibilidad, destaca la hibridación del ecosistema", analiza Santi. Esto es: en contra de la zonificación o unifuncionalidad de la urbe, se tiende a la "permeabilidad". "Queremos que la ciudad no se use por horas, y que sean más seguras e inclusivas", reflexiona el arquitecto, aludiendo a esos extrarradios vacíos al caer la tarde o esos centros urbanos sin servicios. "Incluso tiene que haber espacios de encuentro con lo rural", concluye, señalando la proliferación de huertos urbanos o las redes de crianza.

    Van encaminados en este sendero dos proyectos de Madrid y Barcelona. Aunque ya pendían sobre ellas varios planes urbanísticos, el coronavirus les ha devuelto el protagonismo. En ciudades así se ha notado la masificación de los transportes públicos y el colapso de edificios sanitarios. La poca apuesta por la bici o el tránsito reticular para ir a trabajar y volver a casa complican la movilidad y son, a su vez, buenos agentes para la transmisión de virus.

    El proyecto Madrid Centro, elaborado en 2010 para el Ayuntamiento de Madrid, se quedó en un cajón por la crisis económica de entonces. Proponía elaborar supermanzanas, es decir, una agrupación de manzanas de 400 o 500 metros con el tráfico restringido en el interior. Según datos de El País, que tuvo acceso al borrador, "entre el 70% y el 80% del espacio de las calles se dedica a los vehículos, que están aparcados el 95% del tiempo". Por eso, esto desviaría las vías rodadas al exterior y el tráfico interior sería residencial y de carga y descarga. Además, se reduciría a 10km/h.

    ​Liberando, en consecuencia, miles de metros cuadrados. "El asfalto pasaría a ser tan solo el 27% del espacio, lo que permite crear más zonas verdes y plazas", cuenta José María Ezquiaga, Premio Nacional de Urbanismo y uno de los artífices del proyecto. Jordi Fernández, socio fundador del estudio barcelonés ON-A Arquitectura, considera que "renaturalizar las ciudades y ganar espacio de calidad para los ciudadanos ya no es solo una idea interesante, es una necesidad".

    ​Fernández está detrás de Nou Parc, una idea que aborda la alteración de la zona aledaña al Nou Camp, el estadio del equipo de fútbol Barcelona. "Actualmente esta zona es un espacio cerrado y de hormigón (edificación 32%, espacios deportivos 10%, zonas verdes 8%, zonas pavimento duro 50%) que genera un efecto isla", indica. "El espacio es enorme y prácticamente siempre se encuentra en desuso, exceptuando los eventos deportivos o visitas a las instalaciones privadas", añade, proponiendo un nuevo espacio verde y de ocio capaz de "conectar los barrios, producir 15.000 kilogramos de oxígeno al día y absorber 25.000 kilogramos de dióxido de carbono al día".

    "El paso a la nueva normalidad en España y en el mundo vendrá acompañado de propuestas que ayuden a evitar la acumulación de personas, recuperando espacio urbano que se había destinado a coches o instalaciones privadas", sostiene Fernández, que incide en que hay que "ganar espacio público y ayudar a limpiar el aire y mejorar la vida de los ciudadanos".

    Con un incremento del 30% de espacios verdes, se podrían evitar 400 muertes prematuras al año, según un estudio del Instituto de Salud Global de Barcelona. Giuseppe Grezzi, concejal de Movilidad Sostenible y Espacios Públicos de Valencia, esgrime que "esta grave pandemia ha puesto de manifiesto que las ciudades necesitan ser más saludables".

    "Si algo ha habido positivo ha sido la toma de consciencia de la ciudadana sobre la relación directa entre tránsito motorizado y contaminación. Todo eso está desembocando en la reclamación de más espacios de calidad y en los cambios en profundidad del paradigma de la movilidad vigente hasta ahora. Para apostar la reducción decidida del uso del vehículo motorizado y el impulso a la bici, al transporte público y a todo los sistemas más sostenibles".

    Coincide Esther Anaya. La consultora está realizando un doctorado en Imperial College London sobre las políticas públicas para el cambio de comportamiento hacia la movilidad en bicicleta. Atiende desde la capital inglesa, subrayando que "la ciudad del futuro es la ciudad del presente".

    "Pasa lo mismo con la nueva normalidad, que es igual que la antigua", ríe. "Estamos en lo que se llama ventana de posibilidad", comenta, "que significa que un shock puede ser la oportunidad de cambiar el ritmo": "Las modificaciones que antes parecerían radicales serán recibidas con una mente más abierta por parte de ciudadanos, técnicos y políticos, por lo que el momento de hacer estos cambios es ahora".

    Anaya cree que eso debería desembocar en una predominancia de la movilidad, en hacer la ciudad más accesible. "Lo que facilita el cambio es la experiencia. Y aquellos que han tenido experiencias positivas o negativas lideraran este proceso, porque sabrán lo que quieren y lo que no", cavila, desempolvando ese debate que ya tenían los expertos y que se acompasa a lo que Deyan Sudjic, director del Museo de Diseño de Londres, en el libro El lenguaje de las ciudades: "Las ciudades no son creaciones estáticas, sino que cambian y se desarrollan. Para conocer una ciudad hay que saber algo de la gente que vive en ella y de los que la construyeron. Tienes que preguntarte cómo la hicieron y por qué".

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