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    El coronavirus ha alterado las actividades cotidianas y ha dejado los viajes en un limbo. Esta pausa puede alterar el paradigma del ocio y dirigirlo a algo más respetuoso.

    La Real Academia de la Lengua pinta el turismo como "actividad o hecho de viajar por placer". Detrás de esta escueta definición, sin embargo, hay unos cuantos factores que influyen en la política, el medio ambiente o la simple fisionomía de un territorio. Con el coronavirus, este acto de moverse alegremente de un lado a otro ha quedado en suspenso.

    Una de las actividades que desaparecieron, por fuerza mayor, fue la de volar o atravesar una frontera: ante el avance del COVID-19, que suma más de nueve millones de contagios y casi 500.000 muertes en todo el mundo, cada país puso unas restricciones al movimiento interno y de fuera. Y toda una parcela dedicada a él se quedó abandonada.

    Tal es su peso que, según avanzaba el año y se aproximaba el verano austral, recién inaugurado, los gobernantes debieron elegir entre endurecer las medidas para controlar el virus o aflojar la soga y permitir el asueto. Hace unos días, Pedro Sánchez, el presidente de España, presentaba un plan "para relanzar al turismo".

    "Es el momento de dar un paso más, de volver a impulsar el sector", añadía el presidente, otorgando 4.250 millones de euros del presupuesto estatal. La partida económica se distribuía en cinco ramas: medidas higiénico-sanitarias que ofrezcan confianza al viajero, campañas de promoción de España como destino seguro (márquetin y promoción), medidas de apoyo empresarial, iniciativas de mejora de la competitividad del sector y la creación de un observatorio de inteligencia turística.

    Hay que mirar el envés para entender el anuncio: el turismo en España deja 150.000 millones de euros. Según los datos de 2019 de la Cuenta Satélite del INE, representó el 12,3% del PIB del país y dio empleo en España al 13% de la población. En 2019, la geografía española recibió 83,7 millones de turistas. Es, por tanto, capital para la economía nacional, que cada vez va limando más el escalón industrial y alimentando la copa del sector terciario.

    Pero no solo es un asunto de España. El turismo se ha erigido en los últimos años como una pieza clave de la rueda económica mundial. El Consejo Mundial de Viajes y Turismo habla de "situación devastadora" por los 200 millones de puestos de trabajo en riesgo. Y el secretario general de Naciones Unidas, Antonio Guterres, ha recalcado recientemente el papel excepcional del turismo, incluso en la consecución de la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible.

    "El turismo puede servir de puntal para superar la pandemia. Al reunir a las personas, el turismo puede promover la solidaridad y la confianza, ingredientes cruciales para impulsar la cooperación global que tan urgentemente se necesita ahora", espetó.

    Caprichoso e imprevisible, el turismo no deja de estar en el centro del tablero. A pesar de que solo una pequeña parte de la población pueda disfrutarlo, 1.400 millones de personas se desplazaron en 2018 por el mundo, según la Organización Mundial del Turismo de las Naciones Unidas. El crecimiento sostenido año tras año, que se ha acelerado en las últimas décadas, se ha asomado de repente a un precipicio.

    Y en España, acostumbrado más a ser receptor que emisor de turistas, se vuelve a un escenario pretérito. La forma de viajar da un giro y nos aboca al pasado. Como cuenta Josep Capellà, sociólogo del turismo, los españoles empezaron a viajar hace 50 años a la playa o al pueblo familiar para descansar o respirar aire fuera de las ciudades. Ese turismo chocaba con la incipiente moda europea de salir del país de origen. Mientras los vecinos del norte comenzaban el peregrinaje por las costas españolas, italianas o griegas, los residentes de estos países las descubrían también.

    Con el progreso económico, ese traslado se convirtió en algo fijo. Proliferaron los apartamentos y las segundas residencias en familias medianamente acomodadas. Hasta que, a principios del siglo, coincidiendo con la burbuja inmobiliaria y la liberalización consumada del espacio aéreo, se tantearon destinos internacionales. De repente, no era tan raro volar a la Riviera Maya mexicana, a las playas de República Dominicana o a aventuras por la jungla del sudeste asiático.

    Esto se frenó con el pinchazo de la burbuja y la crisis de 2008. Ahora, por cuestiones más allá del bolsillo, regresamos a esa estampa de sombrilla y helado. "Va a ser un verano complicado", adelanta Capellà, "porque se pensaba que esto era un bache de Semana Santa, pero se ha estirado hasta ahora y más tarde, contando con las fiestas populares de septiembre u octubre. Y lo único bueno es que se volverá a un turismo de proximidad".

    "Hay dos factores para esto: el COVID-19 y la preocupación ambiental. Desde antes de la pandemia ya se notaba un nuevo modelo de consumo", analiza. Según el consultor turístico, se apuntará a formas "más saludables y responsables". Sigue Capellà, consultor de 65 años: "Esta pandemia nos hará replantearnos qué queremos y cómo gastamos nuestro ocio. El reto no va a ser estar en el mayor número de sitios posible, sino sumergirnos en uno. Vamos a conocer territorios en vez de coleccionar países".

    ​La planificación turística tenderá al valor añadido. ¿Qué quiere decir esto? Pues que querremos visitar lugares que tengan un significado, no colmenas vacías que solo pliegan sus toldos dos meses al año. "Crearemos mejores lugares para vivir, porque serán los mejores lugares para ser visitados", sintetiza Capellà. La fatiga de moverse entre postales de cartón piedra y aguantar colas rodeados de foráneos muestra síntomas de agotamiento.

    "No nos atraerán tanto las ciudades para visitar en dos días o las playas masificadas", apunta Capellà, natural de Cataluña, con Barcelona como meca de la turismofobia y la Costa Brava como escenario de juergas sin fin de jóvenes europeos. "Incluso en las urbes se nota esta tendencia. El coche ha dejado de ser una prioridad y se fomenta el caminar o el transporte público", esgrime, datando en un 29% la población danesa que tiene coche o el 33% de los habitantes en París.

    Un respiro para el aire y para el medio ambiente. Según AENA, el gestor de los aeropuertos españoles, España recibió el día 22 de junio unos 100 vuelos procedentes de la Unión Europea y el espacio Schengen. Hace un año, la cifra era de unos 3.500. Por eso, la asociación Ecologistas en Acción ha aprovechado para recordar que miremos al avión como "el medio de transporte más perjudicial".

    ​​Hay que apostar por otras formas de movilidad y turismo "sostenibles desde los puntos de vista ambiental, social y sanitario", según la campaña Quédate en casa, iniciada por la asociación. "Un modelo turístico de masas es un elemento de riesgo para el coronavirus", alegan. Entre 2009 y 2013, informaron desde Ecologistas en Acción, la huella de carbono del sector turístico creció de 3,9 a 4,5 gigatoneladas de dióxido de carbono. Esto supone el 8% de las emisiones de gases de efecto invernadero a nivel mundial.

    Pablo Muñoz, director de la campaña, indicaba en un comunicado que "para construir una 'nueva normalidad' más justa y que cuide más de las personas y del planeta, hay que cambiar nuestra manera de hacer las cosas".

    Reclamos que muchos colectivos han sostenido desde hace tiempo. En Mallorca, la plataforma Tierraferida ha alertado del riesgo de colapso si seguían llenándose las islas. En los últimos 60 años, sobre todo gracias al turismo, se ha urbanizado una hectárea al día. Es una cifra extraordinaria", expone Jaume Adrover, el portavoz. Siguiendo este ritmo, harían falta 14 mallorcas para proveer de recursos naturales —agua o espacio, por ejemplo— a tanto huésped pasajero.

    ​Y un estudio del Instituto de Ciencia y Tecnología Ambientales de la Universidad Autónoma de Barcelona de 2018 contabilizó hasta 400.000 residuos diarios en sus playas por kilómetro cuadrado, con mayoría de plásticos o colillas de cigarrillos. Estampa que, comparada con esos canales cristalinos de Venecia o esa brisa melódica del Panteón romano, pocos quieren repetir. "Será todo mucho más slow", zanja Capellà, "incluso si se abren las fronteras o se produce una recuperación a partir de julio".

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