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    Han sido uno de los lugares más afectados y controvertidos de la pandemia. Las residencias de ancianos cerraron sus puertas desde el inicio de la crisis sanitaria provocada por el coronavirus y este lunes las abrieron en aquellas provincias que avanzaban en la desescalada. Las visitas han vuelto con una mezcla de ilusión y cautela.

    Sopla el viento a rachas y Juan Conejero hace malabares para agarrar el bastón y sujetarse la camisa, que ondea como un molinillo a la altura del ombligo. A pocos días de que llegue el verano, el tiempo juega caprichoso. Ahora sale el sol y la sombra es el único consuelo. En un minuto se nubla y la tibieza da pie al frío. Nada de eso inmuta a este señor de 90 años que mira al horizonte como un marinero en puerto, a pesar de estar varado en Aravaca, distrito al noroeste de Madrid.

    "Estuve en el hospital dos semanas por coronavirus. Y aquí, totalmente encerrado. Necesito salir", cuenta Conejero, justificando su empeño en permanecer en el exterior a pesar de los azares del clima. Tiene motivos: el 9 de marzo, antes de decretar el estado de alarma en España, se les pidió el confinamiento. Al ser integrante de una residencia de ancianos, la Orpea Madrid Aravaca, fue uno de los primeros en detener algunas de sus actividades. Y ha durado casi tres meses: hasta hace un par de semanas no podía ni pasear por las zonas verdes. Desde este día 6, además, puede recibir a sus familiares.

    Y lo agradece: "El reencuentro fue bien. Muy bien", espeta "algo cansado" después de sufrir una neumonía bilateral y algunos síntomas del COVID-19 de forma leve. Conejero —que vive en uno de los apartamentos de esta empresa nacional con su mujer, de 88 años— había estado "todo el rato" hablando por teléfono con sus hijos. 

    Pero echaba de menos la cercanía.  "Lo he llevado mal, porque estábamos acostumbrados a pasar el fin de semana fuera. Cada sábado comíamos en los restauranes del pueblo; ya estamos tranquilos", resuelve, acomodado por fin en el muro, sin aire.

    Como él, todos los internos han notado el cambio de semana. La fase 2 vigente en Madrid ha rociado de desinfectante y alegría al equipo de trabajadores, unos 180, y a los 238 internos. Les modificó la comunicación con sus seres queridos, pasando de las charlas virtuales a las reales, sin abrazos. "Se les permite venir 30 minutos con cita previa y solo un familiar", explican Cristina Carrera y Ricardo Buchó, responsables de comunicación de la cadena Orpea. "Es por normativa y, aunque sea un tiempo limitado, pueden venir más a verles".

    Juan Conejero, interno de 90 años en una residencia de Madrid
    © Sputnik / Alberto García Palomo
    Juan Conejero, interno de 90 años en una residencia de Madrid.

    Antes, hace falta registrarse en una lista, desinfectarse manos y pies y tomarse la temperatura. En la recepción, coronada por una mesa y varios sillones vacíos, el ritmo es otro. Se respira relajo. "Han sido meses muy duros. La carga de trabajo ha cambiado. En estas semanas hemos tenido que añadir 1.500 empleados en el conjunto de residencias (49 en toda España) para sustituir o reforzar. Y la presión social ha jugado en nuestra contra", apunta Buchó.

    Sabe que las residencias han estado en primer plano desde el comienzo de la pandemia. La gestión de estos centros aún está en entredicho. En Madrid, por ejemplo, la Comunidad, responsable de las competencias en el sector, dio la orden de no derivarlos a hospitales, según confesó el consejero de Políticas Sociales. Y se calcula que perecieron 5.975 personas de un total de 8.691 fallecidos en la provincia (en España, el número de víctimas mortales es de 27.136, y 19.433 corresponden a la tercera edad). Una decisión que ha sido tildada de "delito" por el Gobierno, al que se le acusa a su vez de "gerontocida".

    Buchó argumenta, eximiéndose de responsabilidades, que en los centros de Orpea se ha continuado con el mismo protocolo de "antes, durante y después" de la pandemia. No lo ven así algunas plataformas ciudadanas. Constituidas en las últimas semanas –y con una manifestación convocada para el próximo fin de semana- han preparado denuncias contra algunos de estos centros, incluidos los de Orpea. Critican la falta de información o incluso la ocultación de datos.

    Las residencias, alega Buchó, están "para cuidar, no para curar". "Ese es el papel de un médico, no de un gerontólogo. Nosotros tenemos que avisar al servicio de urgencias. En el pico de la crisis, había problemas hasta con las ambulancias", despeja el responsable, ignorando si, como ha salido a la luz, en el caso de los asegurados en centros privados sí que se atendía. Tampoco da una cifra de contagios y decesos: "Ha habido, pero todo se lo hemos pasado a la Comunidad, para no liar más los números".

    Tienen claro, no obstante, que han empezado a respirar. Álvaro Beorlegui, el director del centro, confiesa que la experiencia les ha unido. Alega este joven de 26 años que se ha notado la "resiliencia" de los residentes, la capacidad de adaptarse.

    "Aquí hay personas de entre 65 y 104 años. Y esta es su casa, aunque hayan estado 92 días sin ver físicamente a nadie", comenta. Las restricciones se ampliaban a comer solos o alterar el ocio. "Hemos hecho el bingo o alguna actuación habitación por habitación, pero nada en grupo", lamenta.

    El personal afirma que otro de los rasgos a destacar ha sido el aplomo de los mayores. "El desasosiego se producía en los de fuera, que están más nerviosos", cavila Beorlegui. También entre la plantilla, que "luchaba en primera línea" contra el COVID-19 y ha requerido un equipo de apoyo psicológico. "No existían puestos concretos: todos éramos uno. En cocina, por ejemplo, ha habido mucho apoyo. Y teníamos que cambiar el comedor por dar los menús de forma individual. Pero lo hemos logrado con mucho compañerismo", aduce David Egea, el cocinero, que camina en busca de un café después de haber trajinado con kilos de arroz para "la fiesta de la paella".

    Un miembro de la residencia Orpea Madrid Aravaca en la entrada
    © Sputnik / Alberto García Palomo
    Un miembro de la residencia Orpea Madrid Aravaca en la entrada.

    Se celebra hoy. Antes, varios de los rincones preparados para el encuentro de familiares muestran a parejas con brillo en las pupilas y bocas tapadas con mascarilla. Entre ellos, como si de una canción de Kiko Veneno se tratara, un muro de metacrilato. "Hay que prescindir de besos y abrazos, pero, ¿qué le vamos a hacer?", exclama Dolores Colomo. Esta mujer de 61 años acude por primera vez a ver a su madre:Visitación Infante, de 95. "Fue mi profesora de latín, pero en realidad soy como una hija", puntualiza. Ella es vecina de la localidad. De ahí el motivo por el que eligió la residencia.  

    "Venía con unas ganas inmensas y con muchos nervios. Quería comprobar lo bien que se encontraba", afirma Colomo. "Al principio estábamos muy angustiadas. Ha sido horroroso, pero el trato ha sido magnífico y lo hemos superado".

    Infante escucha con los ojos maquillados al otro lado de la mampara. "Es raro verse así, pero las normas son las que tienen que ser", apostilla quien vivió sola hasta los 93 años. "Y, ahora, como lo que me dan y duermo del tirón. No me duele nada. Me da hasta vergüenza decirlo", sonríe. En estos días ha recibido las visitas de su círculo más íntimo. "Ha venido quien tenía que venir", expresa, dada a las afirmaciones categóricas. En un momento dado, se cruza otro usuario.

    "¿Qué tal tu madre?, le preguntan. "Con lo suyo, pero bien. La tuya, estupenda, ¿no?", suelta mientras las deja hablando sobre declinaciones verbales. El asunto es lo de menos: por fin se han juntado y no les importa ni la charla ni el viento, que azuza a ratos el paquete de clínex situado en la mesa. Está puesto en previsión de las lágrimas que se avecinan. Esta vez, compartidas.

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