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    La acusaron de "tráfico de inmigrantes y favorecimiento de inmigración ilegal" cuando llevaba décadas investigando la violación de Derechos Humanos. Helena Maleno Garzón (El Ejido, 1970) sufrió un proceso judicial desde 2017 a 2019 que acabó archivado y ha desatado una crónica sobre sus años de defensa de los desfavorecidos.

    Helena Maleno Garzón confiesa que "no ha sido fácil" escribir Mujer de frontera, el libro recién publicado en España por la editorial Península, pero que "era necesario". "Había que contar muchas cosas, como que hay fondos públicos de países que se dicen democráticos invertidos en persecuciones. Quería que la gente viera que esto pasa en Europa", esgrime desde Madrid. Aquí ha pasado la mitad de la cuarentena, a pesar de que su residencia desde 2002 es Tánger, en Marruecos.

    La fundadora de Caminando Fronteras ha seguido desde allí los movimientos migratorios. Sobre todo, los de los subsaharianos que intentan llegar a España. Ha documentado las vulneraciones de sus derechos y las agresiones que sufren, sobre todo mujeres y niños. Por esta labor, que ha divulgado en varios medios de comunicación, ha recibido más de una decenas de premios. También amenazas y hasta un juicio que acabó en absolución.

    —¿Por qué las fronteras generan tanta controversia y por qué se acusa a quien denuncia lo que allí ocurre?

    —La criminalización de personas que defienden derechos en las fronteras es una pata del sistema, porque sirve para encubrir a quienes incumplen. Es una postura que Europa ha tomado y que la policía de cada estado ejecuta.

    En mi caso, había un dossier extenso, con cajas de conversaciones interceptadas o de mis movimientos de cuenta corriente, que no era algo policial al uso. La policía no escribe así, aunque tenía sus sellos. Y había un juez preguntándome por esas afirmaciones de la policía. Es terrible. Y los que lo hicieron siguen en activo e investigando a otras personas. En el libro necesitaba contar eso, en qué se estaba dedicando parte del dinero español, hacerlo transparente.

    —En esos informes se mencionaban incluso aspectos de tu vida sexual.

    —Había una serie de consideraciones morales. El dossier me describía como una mujer con relaciones con hombres o mujeres que ni había visto. Era para dibujarme como lo que antaño se llamaba "una mujer de mala vida" y ligarme con las mafias. Era construir un personaje. Y no había nada, ninguna prueba, solo paja, de que yo tuviera ninguna relación. Incluso se daban datos falsos. Había mentiras. Y en ese momento no se podía contar, porque estaba el juicio en curso, pero ahora hay que sacar que era otro informe cloaca o basura más.

    —¿Cómo se vive que, después de luchar por los Derechos Humanos, te acusen de tráfico de personas?

    —Me ha enseñado mucho. Porque no es lo mismo que te pasen las violaciones de derechos por delante a que lo sufras. Aunque he tenido una red de apoyo muy grande, una visibilización importante. Me he sentido una privilegiada porque he tenido forma de defenderme.
    Empecé a entender lo que es cuando te echan de casa y te quedas sin nada, impotente. Y el racismo institucional sustenta esto. Se utiliza para castigar a determinadas poblaciones. Se ha asumido, se ha normalizado, que haya poblaciones que van a morir o que hay que explicar.

    La investigadora y periodista Helena Maleno, autora del libro 'Mujer de frontera'
    © Foto : Cortesía de Dikobraz
    La investigadora y periodista Helena Maleno, autora del libro 'Mujer de frontera'.

    —Recurre a menudo a esa red de apoyo. Incluso de quienes están en una situación miserable. Esas personas, dice, tenían al manos "la dignidad para rezar" por usted.

    —Cuando el juez dictó sentencia, la gente ponía música y decía 'hemos ganado', en plural. Esa reacción también tiene que ser contada, porque esas redes de solidaridad y de amor son las que defienden la vida en la frontera, un lugar de muerte.

    —Ocurre lo mismo con los premios. Escribe que suponen algo "bonito" y, además, un "escudo de protección".

    —Sí, porque era muy importante visibilizar quién era yo en realidad. Piensa que había un dossier sobre mí que yo leía y no sabía de quién hablaba. De repente estaba delante de un juez, cuando era una investigadora que formaba a jueces, que luchaba contra la trata y había hecho hasta un informe para el Defensor del Pueblo. Esos premios también definían por otra parte lo que yo era y era un reconocimiento al trabajo.

    Y, frente a la discriminación, eran un escudo. Incluso me vi en algún premio con el apoyo de gente del gobierno, como Ana Pastor (presidenta del congreso del Partido Popular) que me ponía de ejemplo mientras el Ministerio de Interior negaba unos informes que yo tenía delante. Empecé a entender cómo operaban esas llamadas cloacas del estado.

    —Argumenta que enjuiciaban a quien había escuchado "los gritos de socorro de quienes se juegan la vida en el mar" y enfrentándote a quienes trafican con ellos.

    —Claro, es que yo decía que las redes criminales eran las que nos amenazaban. Que estábamos en medio, entre el estado y estas redes. Entonces, ¿quién nos protege? No tienes a quién recurrir. Y lo haces con los demás migrantes o las otras organizaciones porque nadie te está protegiendo.

    Se está en medio y nadie te defiende. No tienen dónde ir a denunciar. A mí me cuenta alguien que le han violado pero que no puede denunciar porque la deportan es la indefensión. La impotencia. Y se repite en muchas partes del mundo. Y solo hay redes de apoyo mutuo o de protección.

    —¿Hay una dejadez gubernamental sobre lo que pasa en la frontera?

    —Es muy fácil: ningún gobierno va a tomar una decisión con respecto a las fronteras por el negocio que generan. Lo generan industrias de armamento con un poder tremendo. Y estamos hablando de un negocio enorme, más allá de las ideologías. Dejar morir a gente en la frontera da dinero. Y cuando llegan a Europa, sus condiciones de esclavitud también dan dinero al sistema. Entonces, nadie va a cambiar esas dinámicas porque hay que ser valientes. No tiene nada que ver con quién esté. Ninguno se atreve a acabar con las irregularidades de las fronteras.

    —También sobrevuela a lo largo del libro la reivindicación de las raíces. "No sé hacia dónde voy, pero sí de dónde vengo", asegura cuando abandona su pueblo de Almería para ir a Marruecos.

    —Sí, porque he visto cómo nadie olvida nunca de dónde viene. La gente sabe que está en tránsito y que está construyendo algo durante el camino, aunque parezca que no tiene vida. Incluso en las situaciones con más violencia, las personas intentan construir rutinas, comunidad. Se mueven sin olvidar de dónde vienen. Muchos hablan de "La Mamá", de los ancestros, de la humanidad.

    Mucha gente se empapa de eso y yo volví a mi comunidad, a las luchas jornaleras de mi madre o de mis abuelos. A las creencias de lucha y resistencia. En ellas reside ese arraigo que estamos viendo en la pandemia. Estos días volvemos a hablar de lucha, de apoyo mutuo, de solidaridad o de resistencia contra la muerte, como hacen los migrantes.

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