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    Con más de 232.000 contagiados y casi 28.000 fallecidos por coronavirus, España se enfrenta a otra epidemia: la del hambre. Miles de personas están recurriendo a donaciones para poder comer cada día. Acuden a iniciativas vecinales o a templos como este de Villa de Vallecas.

    Más que un lugar de culto, parece el almacén de un supermercado. En la estancia trasera se amontonan cartones de leche, paquetes de pan, botes de vinagre, yogures. Y, en un lateral, bolsas con uvas, patatas, cereales. En total, hasta 46 artículos diferentes. "Rápido, que hay que descargar", se oye de fondo.

    Otro camión más frena en la entrada y, por los pasillos donde cuelgan fotos de algunas comuniones celebradas desde 1973, un par de voluntarios dan zancadas con un chaleco reflectante para recoger la nueva remesa.

    Fuera espera el vehículo con alimentos y varias personas del barrio. Pertenecen, en su mayoría, a la UVA de Villa de Vallecas, al sur de Madrid. Unas viviendas sociales levantadas a mediados del siglo pasado que se articulan en torno a esta parroquia con tintes de factoría alimentaria. 

    Hoy es un día especial: es San Isidro. Por eso ponemos helado y cosas que habitualmente no se dan. Algo más exquisito que no está al alcance de todos.

    Lo dice David Gutiérrez, vecino de 26 años y uno de los que han corrido a por la nueva mercancía. A mediodía, mide cantidades y productos de cada paquete. Como cita excepcional, ha venido temprano y se irá al final del día: "Llevo desde las ocho de la mañana y aguanto hasta que esté todo", afirma satisfecho Gutiérrez, que lleva seis años asistiendo al templo.

    Vengo cada miércoles de finales de mes. Y estoy disponible para cualquier cosa que necesite el párroco. Con solo llamarme, me paso.

    Gutiérrez tiene claro que su papel es clave. Más en estos tiempos. "Con el virus, las entregas se han multiplicado", advierte con pena. La crisis del COVID-19 y el estado de alarma han agravado la situación. Cuenta este joven una anécdota para ilustrarlo: "Una noche nos llegaron pizzas y avisamos para que viniera quien quisiera. Una mujer lloró cuando la cogió. ¡Y era una pizza de las normalitas!".

    El Padre Gonzalo Ruipérez atiende un reparto de comida en la parroquia San Juan de Dios, en Madrid
    © Sputnik / Alberto García Palomo
    El Padre Gonzalo Ruipérez atiende un reparto de comida en la parroquia San Juan de Dios, en Madrid

    Desde que vio eso, algo le pellizcó por dentro: "Lo que está ocurriendo y lo que viene no es normal", teoriza. Su historia plasma el drama de miles de personas que abarrotan colas para conseguir comida. La crisis sanitaria ha derivado en una crisis económica, con 285.600 empleos menos a finales de abril (lo que suma 3,5 millones de parados en España, según el Instituto Nacional de Estadística) y una caída del PIB (Producto Interior Bruto) de entre el 9,5% y el 12,4%, tal y como prevé el Banco de España.

    "Aquí, sin embargo, no solo damos productos", ataja Gonzalo Ruipérez, el párroco, de 53 años. Responsable de este espacio desde hace seis años, hoy batalla sin tregua entre pilas de cajas. El 20% procede del Banco de Alimentos; el otro 80%, de donaciones de grandes superficies o particulares. "El alimento no es un fin. Es un medio para compartir. No consiste en repartir bolsas o vales para comprar en una tienda. Aquí vemos y conocemos las caras de la miseria", puntualiza quien reparte mensualmente 100 kilos de comida a unas 200 familias.

    Él lleva seis años en este punto de Madrid y, aduce, jamás se ha encontrado tanta incertidumbre, tanto desquicie:

    "La gente tiene miedo del futuro. En España no hay una necesidad extrema, no hay un hambre como en Ghana o Sudán: hay una soledad y una falta de sentido en la vida. Por eso cuidamos el alma y el cuerpo".

    Ruipérez explica cómo la iglesia siempre ha sido un centro de asistencia, tanto para trámites diferentes (convalidar un título académico o imprimir los deberes de un niño) como para completar la nevera del menesteroso. "Hay un proceso largo, porque hay mucha picaresca. Estudiamos los casos. Yo tengo papeles que no tiene ni Asuntos Sociales", señala.

    Entrada a la parroquia San Juan de Dios de Villa de Vallecas, en Madrid
    © Sputnik / Alberto García Palomo
    Entrada a la parroquia San Juan de Dios de Villa de Vallecas, en Madrid

    Joaquín Garmendia asiente al lado. Prejubilado de 62 años, recibe a los que se acercan a por su lote. Con un taco de tiques y una lista, va despachando en el intervalo marcado para cumplir con la distancia de seguridad: dos personas cada media hora. Antes de que cerrara por la pandemia, iba a Cáritas. "Ahora veo mucha gente que no está cobrando nada y se queda directamente sin comer", analiza. "Vamos a pasarlas muy crudas", sintetiza Francisco García, voluntario de 46 años.

    "Hay gente que no tiene ni un litro de leche. Eso te hace pensar. Te comes mucho el coco", confiesa este empleado de una lavandería de hospitales. Ha vivido en la trastienda todo el colapso sanitario. "Teníamos que doblar horas de la cantidad de ropa y sábanas que llegaban", comenta, enseñando una foto en el móvil, "pero luego te ibas a casa con la sensación de que tenías que arrimar el hombro, porque es una rueda y todos tenemos que hacer algo".

    Parte de ese engranaje, el que activa al resto de las piezas, es Silvia de Francisco, de 42 años. Madre soltera con seis hijos de entre 3 y 18 años, aguarda en la calle a su entrega. Trabaja de camarera de piso en un hotel. Cerrado, claro. "Al principio aguanté, pero han pasado 60 días y no puedo más", relata.

    Los hermanos Rebeca y Rafael, de 28 y 26 años, la saludan: también se han visto obligados a buscar auxilio en la parroquia. "Vivimos en casa con una pensión de 430 euros. Desde el 11 de marzo estoy esperando a que me llamen para hacer algo", indica él, feriante, "y ya me dirás cómo vamos a pasar el verano".

    "Se necesita mucho sentido común. Vamos a salir con cabeza, con disciplina, con corazón", cavila Ruipérez. "Nuestra responsabilidad es no mirar pasados infecundos ni esperar futuros utópicos o trágicos. Hay que ser realista y aprender nuevas formas de relacionarnos o de vivir, ayudando al más solo y al más necesitado. Esto no es una tierra llana ni una selva frondosa: es un paisaje donde tender puentes", aduce el párroco en su santuario, ahora transformado en un colmado que orquesta y alimenta al barrio.

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