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    Extraña imagen la de Olavide. Esta céntrica plaza de Madrid suele ser un hervidero, sin embargo, el silencio impera. No se escucha el rechinar de las sillas de las terrazas, ni tampoco las alegres voces de aquellos que están al sol con una caña. Directamente, no hay terrazas y pocos ‘feligreses’ se ven entrando en los bares que rodean la plaza.

    Es más, en la mayoría, los camareros están sentados a la espera de que algún cliente entre a tomarse algo, que les haga abrir los grifos, en muchos casos, sin circulación desde hace días. Mientras, miran la televisión. Los tertulianos de un famoso programa hablan del tema nacional: el coronavirus. Una enfermedad que se expande rápido por la capital española y que ha obligado al ayuntamiento a cerrar bares, restaurantes y locales de ocio a partir del 14 de marzo para evitar el aumento del número de contagios.

    La medida cayó como una bomba en la plaza. Miguel, encargado del bar Méntrida, entiende que ante un problema de salud pública no se puede hacer nada, pero remarca que esto afectará muy negativamente a su negocio. "El efecto está siendo terrible y será peor. Se nota mucho en la caja", asegura.

    Justo al lado del Méntrida está el Kybey II. Es uno de los pocos bares de Olavide en los que todavía se ven clientes. La barra está medianamente animada, para las circunstancias que se viven, y Francisco sigue tirando cañas y sirviendo tortilla de patatas, una de las especialidades del bar. Está sorprendido, no se esperaba que todo fuera a ir tan rápido. "Tan de golpe no nos lo esperábamos, pensábamos que íbamos a trabajar el fin de semana. Tenían que haber avisado con tiempo", comentó.

    "Que hago con la mercancía. Todo se va a ir a la basura. Patatas, calamares y sepia que pedí para este fin de semana… Esto nos lo tenían que haber dicho hace cuatro días. Porque se van a unir las pérdidas de la caja y de tirar la mercancía", explicó Francisco.

    El nerviosismo es palpable en el último día que los bares, restaurantes y locales de ocio de Madrid están abiertos. No tienen información, ni saben cuántos días o semanas se puede alargar la situación. Las dudas aparecen y un alto grado de frustración también. "Por no haber tomado medidas antes, nos comemos el pato. A ver cómo se paga ahora la seguridad social de los empleados, el IVA, los impuestos del bar… ¿Quién acarrea con todo esto?".

    El Gobierno anunció 400 millones de euros en ayudas para las empresas de la industria turística. Desde el sector de la restauración exigen que se les compense. En eso, Francisco y Álex, propietario del restaurante del Pim Pam, están de acuerdo. La pandemia está llevando al límite a muchos negocios, que se van a ver en grandes dificultades para poder mantenerse y tener liquidez suficiente para volver a abrir más adelante. "En el restaurante, han caído en los últimos todas las reservas, eventos…tenemos un 90% de pérdidas. Ahora nos va a tocar pagar un alquiler de 6.000 euros y ha nueve empleados. Unos 20.000 euros y todo esto entrando 0 euros", lamenta Álex, que saborea una de las últimas cervezas de Olavide en una temporada.

    Una medida necesaria

    Lejos de la sombra de los árboles de Olavide, Luis se sienta en la terraza de la Florida Blanca. Es la única que se ve en la calle de Vallehermoso. Allí, lee el periódico y disfruta del sol primaveral que alumbra Madrid. En las próximas semanas, ya no podrá bajar a relajarse. Sin embargo, es comprensivo: "Es necesario cerrar los bares para que el pico no se siga pronunciado. Hay que eliminar los riesgos y por ello hay que acabar con las aglomeraciones".

    "Tenían que haber sido anteriores estas medidas y más viendo lo que ha pasado en Italia. Siempre vamos después", defiende Luis.

    Eso bien lo sabe Ciro. Este italiano dirige el restaurante Noi Due, que, en plena hora de comidas, no tiene ni una mesa ocupada. Reconoce que desde hace una semana el trabajo ha bajado mucho y no le interesa abrir para perder dinero. Hacer cajas de 700 euros al día no le es rentable. Por eso, la clausura de los lugares de restauración, aunque dura, le parece una medida necesaria, tanto para la salud del negocio como para la del país.

    "Espero que actúen mejor que en Italia. Si no lo hacen rápido acabaremos mal. Mejor cerrar 15 días ahora, que los propietarios de bares pequeños tienen pasta ahorrada para abrir en unos días y no seguir perdiendo dinero, que tener el restaurante abierto", espera el joven italiano.

    Eso mismo pensaron los directores de algunas cadenas de restauración. Una de ellas no esperó ni a que cayera la noche para echar el cierre a sus locales. En su restaurante de la calle Fuencarral, los trabajadores bajaban las sombrillas a plena luz del día y estaban preparados para irse a su casa. Y algunos tienen ganas. Yrianni admite que estos últimos días "se han aburrido" y llevaba tiempo esperando que se tomara esta decisión. "Tengo miedo y más cuando estamos de cara al público todo el día, incluida gente mayor que son los que más riesgo tienen. Podemos infectar al público y nos podemos infectar nosotros", asevera la empleada.

    No obstante, muchos restaurantes tampoco estarán cerrados a cal y canto. Tras sus puertas, las cocinas podrán seguir funcionando y hacer entregas a domicilio. Una libertad que ayudará a muchos a aguantar durante los tiempos del coronavirus y a los riders o repartidores a tener la opción de trabajar. Y es que, sin esta excepción legislativa de la Comunidad de Madrid, este sector se quedaría sin trabajo. "Si no se puede llevar la comida, no hay dinero para nada, ni para comida, ni para la renta…", resopla un rider, que prefiere no dar su nombre, mientras descansa apoyado en la cristalera de un local de Quevedo.

    La necesidad de aliviar la crisis sanitaria provocada por el coronavirus ha paralizado los bares de Madrid, pero también de otros puntos de España. Ya no se oirán risas. Ni lamentos. Imperará el silencio en las calles y plazas del país. Porque para operar a una persona, a veces, hay que pararle el corazón. Y, en cierta manera, el coronavirus ha detenido el corazón de España.

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