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    Miles de menores extranjeros no acompañados (MENAS) de distintas nacionalidades son acogidos en España cada año. Algunos discursos recientes les criminalizan, acusándolos de aumentar la delincuencia o la inseguridad en las calles.

    Llegó a los 12 años. Vino en un coche con otras cuatro personas desde Tetuán, su ciudad natal. Entre ellas, una hermana mayor, su madre y su tía. Atravesaron la frontera en ferry, con un pasaporte de otra persona ("parece que los moros somos todos iguales, como los chinos") y llegaron a Madrid.

    Aquí empieza la verdadera aventura de Adnan Al Llabili como MENA. Una terminación que resuena estos días por la acusación de algunos grupos políticos hacia ellos. Les culpan de generar delincuencia e inseguridad en las calles y de apoderarse de los recursos de España. En algunos centros, como el de Hortaleza (situado en este barrio del norte de la capital), han llegado a lanzar explosivos o a sufrir agresiones en las proximidades.

    Adnan fue uno de ellos. Al pasar a España, Adnan y su hermana fueron tutelados por la Comunidad de Madrid. Cada uno se fue a un punto de la ciudad. A Adnan le derivaron primero a la residencia infantil Isabel de Castilla, en Vallecas, al sur. Allí estaba con unas ocho personas, dependiendo del momento. Él era "una persona normal", pero había "muchas piezas". También había golpes: "El director pegaba. Siempre oías gritos, y a mí me dieron una paliza. Eso es lo que hizo que me cambiaran".

    Adnan Al Llabili, ex mena, en 2008
    © Foto : Cortesía de Adnan Al Llabili
    Adnan Al Llabili, ex mena, en 2008

    Pasó de los 12 a los 16 con gente que cambiaba según iba yéndose a otro centro o cumpliendo la mayoría de edad. "Estabas desubicado, porque tenía cultura marroquí, pero era un niño y estaba en otro sitio", cuenta ahora cerca de la Puerta del Sol, con 30 años a punto de estrenar y un español perfecto. "Alguien que viene con 15 o 16 ya tiene la cabeza formada y es difícil que se integre", dice. Entre sus compañeros de residencia —que englobaba a españoles y cualquier otra nacionalidad, pues no dependen del origen sino de las circunstancias— distingue a quienes habían llegado en patera y a quienes cruzaron la frontera de forma "legal".

    "Hay de todo. Hay quienes son de buena familia en Marruecos, que ahorran para venir, y quienes lo intentan en camiones o pateras. Hay muchos jóvenes que tontean con las drogas, con el pegamento o el hachís, porque están solos", afirma. Él, repite, era de los "normales". Un chico sin vicios que "ni la liaba ni estudiaba". Simplemente intentaba acoplarse a esta sociedad. Con una madre ausente, varios hermanos que habían ido viniendo paulatinamente y repartidos por varios centros y un desarraigo latente, Adnan pasó a un piso más recogido.

    Le cambiaron a un piso de la asociación Mensajeros por la Paz en la calle Antracita, a poca distancia del primero (y cuyo nombre se apropiaron para denominar al piso). Vivía con cinco chicos y chicas. Fue centrándose. Empezó un curso de Formación Profesional de Mantenimiento. Se marchó de Interraíl con otras tres personas, todas españolas bajo la tutela pública, por Francia, Italia o Grecia.

    "El sistema funcionaba bastante bien. El problema es que se mezclaba a la gente", recuerda. Se refiere a cómo había menores que querían estudiar y otros que no, que solo pensaban en hacer dinero, no siempre de forma lícita.

    "A los pisos de acogida, lo que les falta es saber distinguir y tener a educadores de diferentes nacionalidades. Porque un chaval marroquí no hace tanto caso a los de aquí y está acostumbrado a otros métodos", resuelve. Y llegó el batacazo: "Cuando cumples 18 te abandonan. Ese es el problema: te pasas unos años con todo dado y luego estás sin nada. Como dice la Biblia, tienes que enseñar a pescar, no darles el pez", recita.

    De ahí, subraya, que muchos no se tomen la estancia en serio: a los 16 ya empiezan a ver cómo sobrevivir. Y eso les lleva a dejar los estudios o incluso delinquir. La mayoría, no obstante, puede acoplarse a algún otro programa de ayuda y acaba "bien". "¿Qué mentalidad tienes a los 18 años? No sabes nada", protesta.

    Estiró Adnan su tutela por parte del Estado. Alargó seis meses más de estancia en otro piso de Usera, al sur de Madrid. Y de ahí a lo que llama "la vida real". "Te lo dan todo y de repente pasas a asumir responsabilidades", arguye. Entonces tuvo altibajos. Trabajó por temporadas, muchas veces sin poder tener un contrato de trabajo; montó un negocio en Algeciras; estuvo en Alemania ganándose la vida… "Lo normal es acabar mal. Porque sales sin nada y te juntas con otros que tampoco tienen nada. Y sin permiso de trabajo, lo más fácil es robar o hacer cosas al margen del trabajo reglado", explica.

    Sus casi 12 años desde que dejó de ser un MENA han sido un tiovivo. Hubo instantes "en el pozo" por los que prefiere andar de carrerilla. Otros que le sirvieron de bálsamo, como cuando fue voluntario en otro centro y ayudó a chavales como él.

    "Estuve en Colmenar Viejo [una localidad del noroeste de Madrid] y veía por lo que yo había pasado, pero lo trataba de forma diferente. Yo, por ejemplo, no les prohibía fumar porros. Sólo les hacía ver por qué lo hacían, para que se lo cuestionasen, porque lo iban a hacer de todas formas, a escondidas", sostiene, "también les daba alguna colleja o les agarraba. Eso, por ejemplo, aquí se ve como algo violento, pero en Marruecos es signo de familiaridad, de cercanía". "Gracias a Dios, todos han acabado bien", añade.

    Con este bagaje y aún sin nacionalidad española (tiene una tarjeta de residencia que le permite trabajar y viajar, pero con una fecha errónea de nacimiento), Adnan ha conseguido desde hace tres años estabilizarse. Ha vivido compartiendo piso en varias zonas de la capital y se ha empleado como comercial, cocinero o repartidor, puesto que desarrolla ahora mismo. Goza de un salario que le permite alquilar un cuarto y pensar en ser su propio jefe. Estos últimos meses, cuando saltó a la palestra mediática la existencia de estos menores no acompañados, Adnan veía las noticias indignado.

    "No tiene sentido culpabilizarnos, es un error enorme", esgrime, "y no indica más que ignorancia". "Esos centros son para gente que no tiene nada. Y no van por nacionalidades, sino por unos criterios objetivos. A pesar de que creo que tienen que mejorar, de no ser un hueco donde encajar piezas, son muy beneficiosos. Y hay quien está mal, pero luego sale adelante. De todo se aprende", sentencia.

    Muchas han sido, no obstante, las voces que se les han echado encima. Desde Vox no han dejado de arremeter contra ellos. Utilizaron un caso de violación grupal en Bilbao realizada por menores marroquíes para alegar que los Menas "están descontrolados", son "manadas" y "provocan inseguridad" o criticaron el dinero empleado en centros. En realidad, según datos del Departamento de Seguridad Nacional de 2016, España lleva una década disminuyendo la tasa de criminalidad a un ritmo constante. Afirmaciones que han sido llevadas a la fiscalía por "delito de odio" hacia los 12.300 Menas que, según el Registro MENA de la Policía, había en España a 30 de abril de 2019.

    Organizaciones como Save The Children o Accem han denunciado estas acusaciones. "Durante los últimos meses ha sido constante la criminalización que se ha hecho de estos niños y niñas por parte de determinados actores políticos, cuyos discursos han sido ampliamente difundidos por los medios de comunicación", explicó un portavoz de Save the Children en noviembre, cuando presentaron la denuncia en la Fiscalía. "Este tipo de actos, declaraciones y discursos ponen en grave peligro su integridad física, psíquica y moral, en la medida en que pueden contribuir a que se desencadenen actos xenófobos o de odio contra estos niños y niñas", apuntó.

    ​"El racismo y la xenofobia; la utilización recurrente de generalizaciones, tópicos y estereotipos; la criminalización de colectivos como pueden ser, según el caso, las personas refugiadas, las personas migrantes o los llamados Menas; y, finalmente, el proceso de deshumanización que sufren las personas de estos colectivos, acaban por crear un clima que se convierte en el peligroso contexto para que ocurran ataques", escribía Accem en su web, condenando actos como el lanzamiento de un explosivo o las concentraciones neonazis frente al centro de acogida de Hortaleza, uno de los más grandes y mencionados al hablar de Menas.

    "Todos los menores de edad extranjeros en una posible situación de desamparo ingresan en centros de primera acogida", explican desde la Consejería de Políticas Sociales, Familias, Igualdad y Natalidad de Madrid.

    "En Hortaleza están de manera temporal, hasta que se estudia la situación de cada uno y se toma una decisión más estable, derivándolos hacia otros recursos", agregan sobre el procedimiento en esta Comunidad, donde fueron tutelados 690 menores extranjeros no acompañados en 2019 y atendido, con o sin tutela, 1.219.

    Juan González, residente en el barrio y uno de los fundadores de la plataforma Hortaleza por la Convivencia, que se presenta el próximo día 23 de febrero, asegura que "se está haciendo un uso partidista de los menores". Él, junto con varias asociaciones, cree que partidos como Vox y algunos medios de comunicación están maniobrando para que la imagen de los acogidos sea errónea. "Nuestro distrito es uno de los más seguros de Madrid y el problema de estos chicos es la saturación de centros o el cuidado que tienen", aclara, aludiendo a una denuncia por malos tratos a guardias de seguridad o a que algunos niños han tenido que pasar noches en la calle. "Queremos que se sepa que Hortaleza integra y convive, y que lo que se diga en redes sociales o medios de comunicación no es fiable", concluye.

    Etiquetas:
    delincuencia, Marruecos, España, Madrid, acogida, menores
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