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    A casi veinte días de los incendios de Moria, miles de solicitantes de asilo aún claman ayuda. El Papa pidió una "acogida digna" para estas personas. Algunos países europeos extendieron su mano. Otros, como España, aún guardan silencio.

    Unos 13.000 seres humanos que vivían, o malvivían, en el campo de refugiados de Moria, en la isla griega de Lesbos, perdieron lo poco que les quedaba el 9 de septiembre cuando unos incendios calcinaron sus improvisadas tiendas de campaña. Muchos quedaron en las calles y otros fueron forzados a ingresar a un nuevo campo de refugiados porque, de lo contrario, no tendrán derecho a pedir asilo político.

    Refugiados y solicitantes de asilo del campamento de Moria se trasladan al nuevo campo en la isla de Lesbos, Grecia.
    © REUTERS / Elias Marcou
    Refugiados y solicitantes de asilo del campamento de Moria se trasladan al nuevo campo en la isla de Lesbos, Grecia.

    El campo de Moria, que se abrió en 2015 como alojamiento temporal para unas 3.000 personas, acogía hasta el día del incendio a unos 13.000 inmigrantes de más de 70 países, en su mayoría de Siria y Afganistán.

    ​En 2016 se estableció que todos los que llegaban a ese campo debían permanecer allí para tramitar su solicitud de asilo. Desde entonces han quedados atrapados en un espacio, que según ha denunciado Médicos Sin Fronteras, dispone de un retrete por cada 72 personas y una ducha por cada 84.

    A esta ya trágica realidad llegó el COVID-19 y poco después los devastadores incendios. Desde entonces, las imágenes que circulan son desoladoras: familias durmiendo en las calles, niños aquejados por el hambre, mujeres desesperadas pidiendo ayuda. Estampas de lo que algunos han calificado como "la vergüenza de Europa".

    Un niño del campamento de Moria juega en un centro comunitario administrado por una ONG tras el incendio
    © REUTERS / Yara Nardi
    Un niño del campamento de Moria juega en un centro comunitario administrado por una ONG tras el incendio

    Sputnik conversa sobre este drama humanitario con Ane Irazabal, periodista española que ha viajado en varias ocasiones al campo de refugiados de Moria y que recientemente estrenó el documental Awlad, una pieza audiovisual que muestra la vida de cuatro niños que viven como refugiados en distintas partes del mundo.

    —Apenas se conoció el incendio en el campo de refugiados de Moria tomaste un avión y te fuiste para allá ¿Con qué te encontraste?, ¿qué fue lo que más te impactó?

    —Para mí era la quinta vez en Lesbos porque desde la gran llegada de solicitantes de asilo y refugiados en 2015, cuando se abrieron las puertas del Mar Egeo y empezaron a llegar miles y miles de personas al día a las islas griegas, empecé a seguir muy de cerca la situación en Grecia. Lo que más me llamó la atención esta vez fue ver ese campo, que tantas veces he visitado y que tantas veces he denunciado por la situación en la que estaban los migrantes y solicitantes de asilo, completamente calcinado, hecho escombros, parecía casi casi una situación de guerra.

    ​A partir de ahí lo que más dolía, o lo que más impresionaba, era ver a todas esas personas que vivían en Moria durmiendo en la esquina de la carretera, en los andenes de la carretera, sobre el asfalto sin que nadie, ni las autoridades griegas ni las autoridades europeas, les ofrecieran una alternativa, un techo digno.

    —Médicos Sin Fronteras denuncia que lo que sucedió en Moria no es ninguna sorpresa, que ellos llevaban meses e incluso años avisando que no se puede mantener a miles de personas viviendo en condiciones inhumanas y que la UE "hizo oídos sordos y miró hacia otro lado". ¿En qué condiciones vivían las personas del campo de refugiados de Moria?

    —Hay que tener en cuenta que este no era el primer incendio. En los últimos años en Moria ha habido diferentes incendios que han sido provocados, por una parte, para llamar la atención por parte de los solicitantes de asilo, y por otra parte, no sabemos bien si por los vecinos de la isla o grupos de extrema derecha, pero Moria era un caldo de cultivo, una especie de bomba de relojería a punto de explotar y, tanto las Organizaciones no Gubernamentales como los propios migrantes y refugiados lo llevaban denunciando durante los últimos meses e incluso años.

    Refugiados y migrantes tras el incendio en el campo de Moria en Grecia
    © REUTERS / Alkis Konstantinidis
    Refugiados y migrantes tras el accidente en el campo de Moria en Grecia

    Lo que pasaba era que Moria se creó en un momento para ser un centro de acogida, una especie de centro de registro, donde los recién llegados se registraban para empezar su proceso de asilo. ¿Qué pasó? Que poco a poco, cuando un año después de esas llegadas de 2015, la UE firmó un acuerdo con Turquía para frenar esas llegadas, Moria se convirtió en un centro de retención y de internamiento. De estar una semana o dos semanas, los recién llegados pasaban ocho meses, diez meses e incluso dos años antes de que se tramitara ese proceso de asilo. Esa espera se convirtió en una especie de embudo con cada vez más personas, el campo se extendió, se crearon campamentos improvisados fuera del campo oficial, que se llamaban The Jungle, y la situación era de miles y miles de personas hacinadas sin baños para todo el mundo, sin cocinas, sin condiciones higiénicas, lleno de basura, lleno de ratas por todas partes.

    —¿Qué reacción pudiste ver de los habitantes de esta zona tras el incendio del campo de refugiados?

    —Lesbos, originariamente y en un principio, fue una isla de acogida donde muchos ciudadanos se organizaron para ayudar a los recién llegados, donde hubo muchos movimientos de bases populares e improvisados para ofrecer ayuda a los refugiados.

    Pero, a medida que han pasado los años y que, de alguna manera, las autoridades griegas y europeas se han olvidado de Lesbos, los ciudadanos de Lesbos han empezado a desarrollar un sentimiento contra lo que estaba pasando ahí porque también ellos se sentían abandonados, porque veían que este centro, que tenía que ser temporal, se había convertido en una cárcel a cielo abierto con una situación higiénica, deshumana, que podía tener consecuencias en la población de la isla, que afectaba también al turismo, que había bajado en los últimos años, y ese abandono que sintieron por parte de las autoridades helenas y europeas, se provocó un sentimiento antirefugiados. Entonces, la extrema derecha empezó a aprovechar esa situación con discursos xenófobos antinmigrantes que poco a poco fueron teniendo cada vez más apoyo, no tanto en los habitantes de la isla, sino en muchos ciudadanos griegos que viajaban a Lesbos. Por ejemplo, grupos de extrema derecha paraban ahí para boicotear o provocar altercados. Después del incendio de Moria, lo que se ha visto es que ha habido un sentimiento que ha unido tanto a los isleños como a los refugiados y era que ninguno quería que se volviera a construir un nuevo campo

    —Pero el Gobierno griego levantó un nuevo campo de refugiados y obligó a muchos a entrar porque, de lo contrario, no podrían tramitan su solicitud de asilo ¿Qué piensas tú de este nuevo campo y de esta situación, que algunos han denunciado como un chantaje?

    —Sí, sí, es un chantaje en toda regla. Es un campo nuevo creado en un lugar inhóspito porque está en medio de una bahía abierta, frente al mar, con muchísimo viento. Lesbos es una isla con mucho viento, pero es verdad que Moria estaba debajo de una colina rodeada de olivos y, en ese sentido, aunque en el invierno hacía mucho frío, los refugiados estaban, de alguna manera, medio protegidos. Pero en el caso de este nuevo campo no hay tan siquiera un árbol, está frente a una bahía, frente al mar, con mucho viento y en invierno las condiciones meteorológicas pueden empeorar.

    —Una de las cosas que más conmueve de las imágenes que circulan del campo de refugiados de Moria es la cantidad de niños afectados por esta situación. Se calcula que hay unos 4.000 menores de edad que vivían en este campo ¿Cómo es el día a día de ellos en esos lugares y ahora, después de lo último que pudiste ver?

    —Una de las características de los niños refugiados es que hasta que toman conciencia de su situación, es decir, hasta que se vuelven adolescentes y empiezan a tener una conciencia política y emocional de lo que están viviendo y de la falta de perspectivas y de la falta de futuro, lo que ves en los niños refugiados es siempre una sonrisa. Quiero decir, que no son muy consientes de lo que están viviendo y para ellos, al final, todo termina siendo una especie de aventura.

    ​El problema es que después del incendio, como las familias no han recibido ningún tipo de ayuda, muchos niños tenían hambre y ese ha sido uno de los grandes problemas que hemos visto en estos primeros días tras el incendio. Ya no era tanto la situación psicológica de esos niños, eran más las necesidades físicas de comer, dormir, ir al baño, de estar limpios, que son condiciones mínimas para tener una vida digna en ese contexto en el que se encontraban.

    —Diez países de Europa decidieron acoger a 400 menores no acompañados que quedaron en la calle tras el incendio ¿Es suficiente?, ¿qué más se debería hacer para garantizar la atención, los derechos de estos niños?

    —Yo creo que estamos perdiendo un poco las perspectivas de los números de los que estamos hablando. Aquí no estamos hablando de la situación de 2015 en la que llegaban casi cinco mil, diez mil personas al día a las islas griegas. Estamos hablando de 13.000 personas en total en toda Moria. Eso quiere decir, que aparte de los menores no acompañados, hay muchos niños que viajan con sus padres, muchas mujeres que viajan solas.

    Una mujer, con su hijo en brazos, camina desde el destruido campamento de Moria hacia el nuevo campamento. 19 de septiembre de 2020
    © REUTERS / Yara Nardi
    Una mujer, con su hijo en brazos, camina desde el destruido campamento de Moria hacia el nuevo campamento. 19 de septiembre de 2020

    A mí no me entra en la cabeza, y creo que es muy difícil que entre en la cabeza de cualquiera, que la Unión Europea no sea capaz de redistribuir a las 13.000 personas de Moria porque es muy poco en comparación con los números que teníamos hace muy pocos años. Lo que hay aquí es una falta de voluntad y una decisión política que responde a una estrategia para dar a conocer a los refugiados que no son bienvenidos y que una vez que pisen suelo europeo no van a tener ningún tipo de facilidad para poder conseguir su sueño y poder tramitar el proceso de asilo, porque ellos creen que una vez que se tome una decisión que pueda traer facilidades, puede provocar un efecto llamada que pueda provocar más llamadas. La inmovilidad que estamos viendo para reubicar a estas 13.000 personas y esa manera de construir un nuevo campo a todo correr en una semana no responde a una incapacidad de poder reubicarlas, responde a una estrategia de no querer reubicarlas.

    —Hace poco estrenaste tu último documental Awlad, que significa niño en lengua árabe, y en él cuentas la historia de cuatro niños que viven en campos de refugiados y en un centro de acogida. Al final del documental lanzas una alerta: "un cuarto de la población mundial en edad escolar vive en zonas afectadas por conflictos políticos y crisis humanitarias", "solo 1 de cada 4 va a la escuela secundaria y 1 de 100 se inscribe en la universidad" y "menos del 2% de la ayuda humanitaria va dirigida a proyectos de educación" ¿Por qué crees que no se ha atendido esta situación tan grave?

    —En estos momentos estamos viviendo un proceso de cronificación de esta crisis en la que estamos viendo que durante la ruta para llegar al norte de Europa, como en Grecia, en los Balcanes, hay miles y miles de personas bloqueadas y esto provoca que haya niños que no hayan ido nunca a la escuela porque en sus países de origen vivieron varios años de guerra y no se pudieron escolarizar, y que no hayan podido ir a la escuela ni siquiera en el período que llevan en Europa.

    La ayuda humanitaria, normalmente, siempre responde a una situación de emergencia con comidas, mantas, ropas, pero la ayuda humanitaria no está enfocada en impulsar la educación de estas personas que en unos años se van a convertir en los ciudadanos europeos del futuro y, nosotros, estamos haciendo que esos ciudadanos europeos del futuro sean completamente analfabetos. Entonces es un bumerán que se va a volver contra nosotros, contra una sociedad europea que es cada vez más anciana, que necesita de gente joven, y que nosotros, en vez de abrirle la puerta a esa nueva realidad, lo que estamos haciendo es ponerle todas las trabas. Hay miles y miles de personas que no están siendo escolarizadas, que no han ido a la escuela, que no están aprendiendo el idioma del país en el que viven, en el que están bloqueados, y eso es muy peligroso.

    —No se quiere atender y recibir en territorio europeo a los niños, adultos y ancianos que huyen de las guerras, pero la mayoría de estas personas escapan de conflictos armados provocados o alentados desde Estados Unidos y la OTAN, como el caso de Siria, Libia, Irak, Afganistán, etc. ¿Qué reflexión debería dejar esta situación?

    —Está claro que todos los conflictos armados que han explotado después de la llamada Primavera Árabe, empezando por Túnez, Egipto, Siria, Libia, Irak, que es un conflicto más largo, han provocado muchísima inestabilidad tanto dentro de la región como fuera. No podemos olvidar que el mayor número de refugiados está dentro de Oriente próximo, no en Europa. Está en los campos de Jordania, en los campos del Líbano, en Turquía.

    Oriente próximo es el que está asumiendo la responsabilidad de la mayoría de los refugiados que han escapado de situaciones de conflicto y, en Europa, hay una mínima parte de todas esas personas que han tenido que huir de sus países. En Europa nos tendríamos que preguntar qué consecuencias tiene nuestro rol intervencionista en todos estos conflictos porque hasta que no lo ves de frente crees que no nos va a afectar, pero todo está interconectado y al final todo se vuelve en tu contra.

    —La Comisión Europea propone un nuevo pacto migratorio donde la solidaridad es opcional, no hay reparto obligatorio de los refugiados, y donde se establece reforzar las fronteras ¿qué opinas de él?

    —Me parece una propuesta muy poco ambiciosa que corresponde a una situación de querer agradar a todo el mundo, pero no se puede agradar a todo el mundo. Está claro que hay países socios de la UE que han bloqueado en los últimos años todos los pactos y todos los acuerdos de reubicación de solicitantes de asilo, pero si estamos hablando de una nuevo acuerdo ambicioso, de un pacto intergeneracional, como los Acuerdos de Dublín, no lo puedes hacer para agradar a todo el mundo. Si tú instas a elegir entre acoger o devolver, está claro que la respuesta más fácil va a ser devolver y ya estas dando a conocer cuál es a priori tu estrategia, que no es acoger.

    —El Papa pidió una acogida digna para los migrantes de Moria. Francia, Italia y Alemania han extendido la mano. La Comisión Española de Ayuda al Refugiado ha pedido a España reubicar a varios de estos refugiados ¿Qué debería hacer España? Y también ¿Qué posición debería tener ante la propuesta de este nuevo pacto migratorio?

    —La verdad es que el silencio del Gobierno español es inexplicable teniendo en cuenta que es un Gobierno que se jacta de ser un Gobierno socialdemócrata, comprometido con los derechos humanos, y que ante esta crisis y ante esta situación que hemos vivido no haya dicho absolutamente nada. Me parece difícil de entender que todos los países vecinos se hayan propuesto acoger, aunque sea una mínima parte de esas personas que se han quedado sin techo y que España no haya dicho absolutamente nada. Es vergonzoso, inaceptable e incomprensible.

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    niños migrantes, UE, migrantes, Grecia, Lesbos, crisis humanitaria
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