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    La función del intelectual es preservar su distancia del Príncipe, para lograr su independencia crítica ante el poder, dice Elena Poniatowska, galardonada con diversas preseas por su obra periodística y literaria, entre ellas el Premio Cervantes de Literatura en 2013, en entrevista con Sputnik Nóvosti.

    En sus 83 años de una vida multicultural transcurrida en Europa, EEUU y México, ha conocido a líderes iberoamericanos de toda índole que la han cortejado, políticos, rebeldes, presidentes y reyes –como Felipe VI en su reciente visita de Estado-; pero enfatiza con gusto una frase que retrata su vida: “nunca he estado en el poder”.

    Con una herencia polaca, francesa, estadounidense y rusa en su crisol personal, en tiempos vividos con la mirada de cronista, periodista, poeta y novelista, apenas la cuarta mujer en ganar la mayor distinción en español, versus 30 escritores varones, ha retratado a los personajes de su tiempo, y nunca ha elegido el lado del poder.

    “Creo que la libertad de un escritor es muy valiosa y se tiene que mantener la distancia frente al Príncipe, es lo deseable para poder criticar y conservar la independencia“, dice vía telefónica con su inconfundible voz dulce, amable y pausada.

    Y así lo ha vivido desde los encuentros con el presidente de México, Lázaro Cárdenas —quien nacionalizó el petróleo en 1938-, de los tiempo de la Revolución Cubana, de sus encuentros con Fidel Castro, hasta los años recientes del líder venezolano Hugo Chávez, su cercanía con el encapuchado subcomandante rebelde zapatista Marcos, el dos veces candidato presidencial Andrés Manuel López Obrador o los reyes de España.

    “A Fidel Castro lo conocí en 1959 cuando acompañé al general Lázaro Cárdenas a la gran fiesta maravillosa en La Habana, cuando llegaron todos los guajiros con sus machetes  y los recibieron otros cubanos, diciendo: ‘compañero aquí puedes dormir, te damos de comer, te damos tu camisa’. Había una gran solidaridad con los guajiros, la gente del campo que nunca había estado en La Habana. Fue un momento muy espléndido que tuve el privilegio de atestiguar”.

    Los años de la Cuba revolucionaria son una referencia para comparar su distancia crítica frente a otro movimiento social reciente, la Venezuela contemporánea, fundado por el caudillo militar venezolano Hugo Chávez (1954-2013), quien la invitó para una entrevista al viajar a Caracas en 2007 a recibir el Premio Rómulo Gallegos, el más antiguo de las letras latinoamericanas.

    “A Chávez lo conocí porque me preguntaron si quería entrevistarlo. Cuando dije que no, ya me estaban llevando a su casa de Gobierno en Caracas; y entonces asistí todo un día y me dio una entrevista como a las 11 de la noche. Estuve frente a un líder, un hombre que sabía mandar y hacia todo lo que él quería”, recuerda de aquel encuentro cuando el comandante venezolano estaba en la cúspide del poder.

    El fundador de la Revolución Bolivariana “era de veras un dirigente; después de la entrevista (en agosto de 2007) no tuve mayor relación con él, salvo la gran amabilidad con la que él me trato, pero no puedo decir que coincida con su ideología”.

    Otro dirigente que se acercó a la escritora en sus campañas por la Presidencia fue López Obrador, pero ahora lamenta su inclinación por las imparables divisiones de las izquierdas: “en una época apoyé muchísimo Andrés Manuel. Él vino a buscarme aquí a mi casa, pero realmente me duele mucho la división en la izquierda”.

    “Creo por ejemplo que Cuauhtémoc Cárdenas (tres veces aspirante a la Presidencia) y López Obrador se hubieran unido, habría una fuerza mayor, pero el PRD (Partido de Revolución Democrática, PRD, centroizquierda) se alió a la corrupción oficial del PRI (Partido Revolucionario Institucional, gobernante) y demostró que no era para nada ni más honrado ni más inteligente que el PRI”, dice con desencanto.

    Su mirada es la de una intelectual autónoma: “Ahora hay un rechazo a la izquierda como a la derecha, porque se considera que fue muy mala la presidencia de Felipe Calderón”, del Partido Acción Nacional, PAN, centroderecha.

    Considera que sin importar las opciones ideológicas, los problemas de México están en la falta de educación y la pobreza: “es necesario dedicarle toda la energía y todos los ingresos a la educación, porque un país sin educación es un país a la deriva y tenemos un gran problema, muchas niñas sin escuela y una enorme falta de aulas”.

    “El hambre es el otro problema de México”, resume, un país donde casi la mitad vive en la pobreza y alrededor de un 10 por ciento en pobreza extrema.

    Reacia a ser encasillada en los dilemas políticos, resume su idea de la vida pública: “mi idea es muy sencilla: que en nuestros países, por lo menos todo el mundo se vaya a dormir habiendo comido, que todos tengan acceso a la educación y oportunidades similares”.

    “Pero yo no tengo ninguna relación con el poder. Cuando me invitan –como lo hicieron recientemente los reyes de España en su vita a México-, creo lo hacen por haber ganado el premio Cervantes”, dice casi como excusa.

    Y ese premio también lo reivindica para las mujeres: “No había casi mujeres –recuerda-, solo tres escritoras, creo que fue por una razón de género, no había suficientes mujeres (en la lista de premiados). No es por ideología, tampoco soy tan importante que todo el mundo esté pendiente de lo que yo diga”, dice con modestia.

    “México era beber el sol en sus naranjas”

    La mirada multicultural y migrante desde América Latina de la obra polivalente de Elenita como llaman en México, pude rastrearse en la sangre de la hija del príncipe Jean Poniatowski, sobrino del último rey de Polonia, descendiente del general Poniatowski, quien acompañó a Napoleón en su campaña militar por Rusia hasta Moscú.

    El temperamento universal de la premiada escritora nacida en París, en una familia aristócrata franco-polaca, tiene raíces en la ascendencia rusa de su línea materna y en una abuela paterna estadounidense; pero los recuerdos vívidos de su llegada a México a los diez años, como niña migrante en plena Guerra Mundial, los sigue disfrutando.

    “Recuerdo que en 1942, a los diez años, me impresionó que había muchas frutas en las esquinas, pilas de naranjas”, recuerda ahora a sus 83 fértiles años prosigue en la entrevista con Sputnik Nóvosti.

    “En Francia no había ni puestos en la calle, es un recuerdo bonito, un país soleado que me dio mucha alegría, y la facilidad de beber jugo de naranja que era como beber el sol”, apela a una metáfora luminosa bien guardada en su memoria.

    “Estudié también en Estados Unidos durante 10 años  en un convento muy grande del Sagrado Corazón que se quemó en un pueblo en Filadelfia, donde aprendí inglés, pero mi idioma materno es el francés y además –enfatiza- del español”.

    Sus raíces multirraciales, crisol individual de culturas, la llevan a una reflexión sobre la migración y los errabundos migrantes mexicanos y latinoamericano que viajan hacia el norte, sintiendo solidaridad, sobre todo por sus niños, sus jóvenes y sus mujeres, objeto de una reciente ola de xenofobia en EEUU:

    “Soy una Sancho Panza femenina –dijo en la recepción del premio Cervantes 2013-, soy una escritora que no puede hablar de molinos de viento porque ya no los hay, y en cambio lo hace de los andariegos comunes y corrientes que cargan su bolsa del mandado, su pico y su pala y duermen a la buena ventura”.

    “Creo que hay migrantes en el mundo entero –prosigue en la entrevista-, nosotros los mexicanos migramos a EEUU, en Francia hay turcos y argelinos, en España pasa lo mismo, hay un ´melting pot´ cosmopolita de naciones;  tuve una abuela norteamericana, un abuelo francés, una bisabuela rusa, entonces siento que hay muchas nacionalidades en cada ser humano y que es bueno que así sea”.

    Del funcionamiento de la democracia estadounidense tiene un recuerdo: “EEUU fue una experiencia muy buena porque tuve una abuela norteamericana de California de Stockton, Elisabeth Sterry Crocket. Yo me sentí muy bien en EEUU. Muy joven le escribí a un senador sobre un problema social, tenía unos quince o 16 años; y para mí gran sorpresa me mandó un telegrama diciendo que iba a tomar en cuenta mi opinión”.

    La sangre rusa está en su ascendencia materna hasta en su propio nombre y en su temperamento: “De lado ruso, mi bisabuela rusa era una mujer muy extraordinaria, tenía mucho carácter, se llamaba Elena también como yo, igual que una tía, así que es un nombre de la familia.

    “No sé si sea un privilegio, pero hay muchas culturas en mí, claro que las hay”, se reafirma.

    En su obra predominan jóvenes rebeldes y mujeres, como los estudiantes de la Masacre de Tlatelolco de 1968 o su retrato de la rebelde fotógrafa italiana Tina Modotti: “Aquí las mujeres en general son olvidadas de la historia y siendo extranjera usted tiene que recordar que mi madre es mexicana”.

    La cuarta mujer en recibir el Cervantes entre los 30 premiados desde 1976 con el mayor galardón en lengua castellana, lo dice con mirada de mujer, de madre de esposa, de abuela: “Si las madres dieran la nacionalidad, seria mexicana, ella se casó con un francés de origen polaco, pero en México no me considero extranjera”.

    Y a pesar de todas las razas y nacionalidades que se mezclan en su persona, la gran presencia de su obra es México: "Es una decisión de hablar de México y darlo a conocer, porque era importante documentar el país, dar a conocer el país en el propio país".

    Etiquetas:
    Elena Poniatowska, México
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