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    La economía mexicana cae por su propio 'peso'

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    Walter Ego
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    El Producto Interno Bruto (PIB) mexicano crecerá este año un 1,8% en vez del 2,8 pronosticado en junio de 2016. No lo digo yo, sino "un experto que mañana sabrá explicar por qué las cosas que predijo ayer no han sucedido hoy", la atinada definición de "economista" del pedagogo estadounidense Laurence J. Peter.

    Como "la economía depende de los economistas tanto como el tiempo depende de los meteorólogos", realmente no hay que ser un experto de cara a vaticinar un 2017 desilusionante en materia de crecimiento para la economía azteca, como tampoco se necesita ser meteorólogo para recomendar salir con paraguas cuando el aire huele a lluvia. Y en México el aire huele a inflación y a devaluación persistente del peso; y como era de esperar, en vez de hurgar en las debilidades de la economía interna, el Gobierno ha encontrado a los culpables en agentes externos como el aumento en la tasa de interés de la Reserva Federal de Estados Unidos —cuyo rol, según Alan Greenspan, uno de sus expresidentes, "es llevarse la fuente de ponche cuando la fiesta está empezando"— o el precio del petróleo, el comodín perfecto, pues si está a la baja, malo, porque deprecia —y desprecia— al peso, y si sube, peor, porque encarece a la gasolina.

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    Cabría recordarle al presidente Enrique Peña Nieto que durante su mandato el peso mexicano se ha devaluado ante al dólar mucho más que en los dos sexenios en que el Partido Acción Nacional (PAN) estuvo al frente del Gobierno, incluso en un escenario de bonanza petrolera que no conocieron sus dos antecesores panistas, y que en el desenfreno del gasto público, con el corolario inevitable del déficit presupuestal —cuando los desembolsos realizados por el Estado superan a los ingresos, para decirlo rápido— radica una de las causas endógenas de los padecimientos actuales de la moneda y, por ende, de la economía mexicana.

    Porque si del déficit se pasa al endeudamiento excesivo para contrarrestar su efecto, si se acude a recortes o aumentos tributarios con idéntico fin, es inevitable caer en la espiral de la inseguridad económica que ahuyenta a los capitales lo que deprecia al peso y redunda en su menor poder adquisitivo lo que lleva a la inseguridad económica y a la inestabilidad social… De ahí que no haya que ser economista —esa persona "que gana dinero explicando a los demás cómo han perdido el suyo"— para conjeturar que a menor déficit, es decir, menor endeudamiento, menor sería también la devaluación del peso mexicano. Dicho así, parece tarea fácil prevenir los cíclicos terremotos financieros que enfrenta la economía azteca, pero ya se sabe que "los estudios económicos normalmente sirven para darse cuenta de que el mejor momento para haber hecho algo fue el año pasado".

    Puesto que "la economía es el único campo en el que dos personas pueden obtener el premio Nobel por decir uno exactamente lo contrario del otro", es forzoso señalar que el fenómeno de la devaluación del peso mexicano ante el dólar también se presta a posiciones encontradas. Si para algunos especialistas, y para el común de los mortales —"la Economía consiste en una compleja modelización de lo obvio"— la sostenida depreciación del peso es un escenario deplorable para México y para el bolsillo de sus ciudadanos, quienes tendrán que "vivir pagando los precios del año próximo con el sueldo del año pasado" (inflación), para otros, en cambio, una moneda depreciada es la coyuntura perfecta para potenciar el crecimiento económico del país mediante las exportaciones y el desarrollo de la industria turística, toda vez que las mercancías nativas se vuelven más atractivas en el extranjero por su menor precio y la gente viene a gastar su dinero en México porque aquí le rinde más. Algunos especialistas incluso sostienen —con ese "optimismo" tan propio que los ha hecho predecir solamente "seis de la tres últimas recesiones"— que cualquier intento por tratar de frenar la devaluación de la moneda mexicana solo conducirá a prolongar más su agonía, por lo que la mano visible del Gobierno —el Banco de México (Banxico), la Secretaría de Hacienda y Crédito Público (SHCP)— no debe estorbar en modo alguno a la mano invisible del mercado.

    Esta supeditación a las ciegas leyes del mercado parece el destino inevitable de un pueblo en el que las políticas neoliberales socavaron la solidez del Estado, lo que explica —como escribí alguna vez en estas mismas páginas— su "gradual conversión de un país económicamente autónomo en otro regido por la dinámica empresarial de una sociedad anónima de capital variable (S.A. de C.V.)". En ese sentido vale regresar al ya citado Laurence J. Peter, a quien se debe también el principio que lleva su apellido, ese que enuncia que "en cualquier organización jerarquizada, todo empleado tiende a ascender hasta su nivel de incompetencia".

    Pues si volteamos a ver a México no como una federación manejada con visión del mañana, sino como una entidad corporativa urgida de beneficios a corto plazo sin importar el costo social de los mismos, no cabe dudas de que su "empleado estrella" —ese cuyo retiro anticipado reclaman muchos en estos días de manifiesta inconformidad social— ha alcanzado ya su máximo nivel de incompetencia.


    LA OPINIÓN DEL AUTOR NO COINCIDE NECESARIAMENTE CON LA DE SPUTNIK

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    peso mexicano, economía, México
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