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    La familia Strapko

    De Brest a Mar del Plata: las siete casas de Bárbara y Esteban Strapko

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    Patricia Lee Wynne
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    Bárbara y Esteban Strapko construyeron siete casas a lo largo de la vida: la primera en su aldea, en la región de Brest; la segunda en Coronel Bogado, en plena selva paraguaya; la tercera en Avellaneda, Argentina, y las otras cuatro en Mar del Plata, a media cuadra del mar.

    La primera casa, de gruesos troncos de madera, con su típica "piechka" (horno) en el medio, sigue en pie, tal y como estaba en los años treinta, antes de que Esteban y su esposa, Bárbara Sazimovich, así como sus hijos Andrés, Nélida y María, emprendieran el viaje hacia las Américas.

    Bárbara y Esteban nacieron en el año de la primera revolución rusa, 1905, en Droguichin, provincia de Brest, una de las zonas más convulsas  del mundo en el siglo XX. Tras la revolución de 1917, la región, de población mayoritariamente rusa y ortodoxa, quedó del lado polaco, después de la firma de la paz de Brest — Litovsk que puso fin a la participación rusa en la Primera Guerra Mundial. 

    La dictadura de Josef Pilsudski  perseguía con saña a los campesinos rusos, y en especial, a los simpatizantes de los bolcheviques y de la revolución que sucedía al otro lado de la frontera. En 1939, Brest volvió a la Unión Soviética como parte de la República de Bielorrusia, pero lo que vino fue peor: allí se inició, el 22 de junio de 1941, la fulminante invasión alemana a la URSS, que сobró la vida a uno de cada cuatro habitantes de Bielorrusia.

    La primera casa de la familia Starpko en Droguichin (foto de 1995)
    © Foto: Strapko
    La primera casa de la familia Starpko en Droguichin (foto de 1995)

    Bárbara y Esteban se casaron en 1923. Al año siguiente llegó su primer hijo, Andrés, y en 1928 nació Nélida. Las cosas no eran fáciles para un campesino simpatizante de los bolcheviques, al que no le gustaba  tener la boca cerrada. Después de haber sido amenazado varias veces por las huestes de Pilsudski, Esteban decidió iniciar el camino que ya muchos de sus compatriotas habían seguido: 'hacer la América'.

    Para tantear el terreno y conseguir dinero para trasladar a su familia, Esteban viajó primero a Argentina en 1929. Allí vivió cinco años, durmiendo en los vagones del ferrocarril, anotándose para recoger cosechas o realizar cualquier trabajo, con un grupo de paisanos. En el mundo de hoy, conectado por internet y los celulares, parece inconcebible que durante todo este tiempo Bárbara recibiera muy pocas noticias de él. Solo tenía la certeza de que volvería a buscarlos, y así fue. 

    Nélida recordó, unos meses antes de morir en 2014, algunas de las anécdotas que contaba su padre sobre este primer viaje. "Hasta de mucamo fue a trabajar. Un día, tiró la fuente de fideos arriba de un perro. Iba con los guantes puestos a servir la mesa con la bandeja y se le cruzó el perro. La gente que estaba sentada se mataba de la risa. Pero mi papá se sacó los guantes y le dijo a la dueña que le agradecía todo, pero que él no había nacido para trabajar con guantes blancos sino para trabajar la tierra y se fue con los ojos enrojecidos y un nudo en la garganta. Se sentía humillado".

    Cuando Esteban volvió a Droguichin, la amenaza de una nueva guerra planeaba sobre Europa. Mientras hacían los preparativos para emprender el viaje, nació María, en 1936. Esteban quería ir a Canadá, pero no le alcanzaba la plata. Incluso pensó en dejar a su hijo mayor, Andrés, pero Bárbara se opuso terminantemente. Si se hubiera quedado, hubiera sido uno de los primeros en morir cuando llegó la invasión nazi, que cobró la vida de casi todos los hombres jóvenes de Brest.

    El baúl de la familia Strapko
    © Foto: Strapko
    El baúl de la familia Strapko

    La familia Strapko abandonó Droguichin  y embarcó en el puerto de Gdansk el 29 de marzo de 1937 en la tercera clase del barco "Kostiushko".  Todas las posesiones de la familia entraron en un baúl de madera, el único pedazo de su vida anterior que existe en perfectas condiciones hasta el día de hoy.

    Atrás quedaba el Viejo Mundo con su guerra que se avecinaba.

    Al arribar al puerto de Buenos Aires, tomaron otro barco que los llevó por el río Paraná y el río Paraguay hasta Asunción, a donde llegaron el 23 de abril de 1937, según el sello del pasaporte.

    Nélida contó sobre este viaje: "Nos bajamos de un barco en Buenos Aires, y de ahí nos subimos a otro, directamente en el puerto, que nos llevó río arriba hacia Paraguay. Llegamos a Asunción, donde estuvimos en un hotel de inmigrantes. Fue horrible. Me acuerdo que hacía mucho calor. Se veía tan feo todo eso, hasta los policías andaban con uniforme y descalzos. Era la pobreza que había en ese entonces. Ahí estuvimos bastante tiempo y nos fuimos en tren a la colonia Coronel Bogado. Allá mi papá conocía a unos paisanos, y compró 18 hectáreas de monte con los últimos 500 pesos argentinos que le quedaban".

    Esteban y Andrés empezaron a desmontar la selva para construir su segunda casa, pero esta vez, con troncos de palmera cortados por la mitad.

    "Mi mamá decía que no quería ser sirvienta de nadie y por eso le dijo a mi papá que la llevara a trabajar la tierra", contó  Nélida. Empezaron sembrando maíz, porque no hacía falta arar la tierra, sino abrirla con un palo y tirar la semilla. Luego sembraron algodón entre los surcos.

    Bárbara quedó embarazada nuevamente y María, de un año, se quedó sin leche. Unos vecinos les ofrecieron leche, que Andrés iba a buscar, pero al final les prestaron la vaca.

    La casa de Paraguay
    © Foto: Strapko
    La casa de Paraguay

    Nélida contó cómo fue el nacimiento de su hermano Miguel. "Mi papá había hecho un rancho de palmeras abiertas por la mitad e hizo tres paredes pero todavía no había cerrado la cuarta. Antes, habíamos estado en un galpón de unos paisanos, con los chanchos abajo, y mi mamá no podía soportarlo, porque la casa en la que vivían en Brest era de piedra. El día que nació Miguel, mi papá se fue a una reunión de la cooperativa que habían fundado entre todos los colonos y se llevó la única luz que había, un farol iluminado con querosén. Mi mamá despertó a mi hermano mayor y le pidió que prendiera unas hojas de maíz para iluminar y poder cortar el cordón umbilical. Yo estaba dormida, pero sentí el llanto del bebé y le pregunté a mi mamá qué pasaba, pero me dijo que era la gallina, y seguí durmiendo. A la mañana me levanté y ya tenía a mi hermano. La gallina gritaba porque se había metido una culebra detrás del baúl. Yo la quería agarrar porque la veía de colores, pensaba que era una cinta". 

    Su memoria tiene grabados momentos como cuando los monos se robaban los pañales que estaban colgados al sol. "Íbamos a plantar maíz o algodón en el monte, los monos bajaban, se burlaban de nosotros, nosotros le devolvíamos la burla y así nos entreteníamos".

    Al principio, Nélida y Andrés caminaban muchas horas para ir a la escuela, hasta que los colonos europeos decidieron construir una propia para sus hijos y consiguieron un maestro de español que les enseñaba todo: matemática, historia, lengua. Fuera de clases, Nélida y Andrés trabajaban en el campo, sembrando y cosechando. Un día, una enorme víbora se le apareció a Nélida entre los surcos, pero Andrés agarró la escopeta y la mató.

    En 1940 nació Nicola, y el 31 de agosto de 1942, Esteban y Bárbara, con sus cinco hijos, tomaron el tren hacia Buenos Aires. La idea era estar más cerca del puerto para volver a su tierra, un sueño que Esteban mantuvo hasta el final de su vida.

    El pasaporte de Estebán Strapko
    © Foto: Strapko
    El pasaporte de Estebán Strapko

    En Buenos Aires, Esteban ingresó como obrero cargando reses en la cámara fría del Frigorífico Anglo Ciabasa, el mayor de Argentina en ese momento. Estaba ubicado en Avellaneda, la zona industrial más importante del país en los años 40 y 50. Durante la Segunda Guerra Mundial, el país patagónico fue el mayor proveedor de carne para las tropas inglesas, y los frigoríficos trabajaban a todo vapor.

    Con Bárbara, compraron un lote en la calle Pitágoras 2726, en Avellaneda. Un albañil hizo la primera habitación y el baño, pero luego  Esteban y Bárbara siguieron solos, agregando habitaciones en las horas libres y en el verano, con la ayuda de los niños que les pasaban los ladrillos. Adelante había una huerta y atrás un espacio para los patos y las gallinas.

    A los 14 años, Nélida empezó a trabajar en casas de familia cuidando chicos. Tenía que lavar las sábanas a mano, un trabajo durísimo para una niña, pero a los 17 años entró a trabajar en Alpargatas, una de las principales fábricas textiles del país. Allí estuvo hasta que se casó. Luego empezó a coser pantalones para ayudar a su hermano Andrés, que había aprendido el oficio de sastre.

    Al terminar la escuela primaria, María tuvo que seguir el mismo rumbo. "Yo quería estudiar, pero mi papá me dijo que debía trabajar porque no podía sostener a toda la familia. Nélida y Andrés ya se habían casado. A los 14 años, me llevaron a una casa de familia en pleno centro de Buenos Aires, pero la señora abrió la puerta y me vio tan pequeña para cuidar varios niños, que no me aceptó. El esposo de Nélida habló con el encargado de la imprenta donde él trabajaba y allí me tomaron. Eran nueve horas parada y se me acalambraban las piernas", recuerda.

    La casa de Avellaneda parecía viva, pues fue creciendo a medida que los hijos empezaron a formar sus familias, ya que Esteban agregaba una habitación con cocina para cada una de las nuevas parejas.

    De los cinco hijos, cuatro se casaron con rusos o descendientes de rusos, en la Iglesia Ortodoxa ubicada en el Parque Lezama de Buenos Aires, donde bautizaron a sus propios hijos. De esta manera, los genes eslavos se mantuvieron intactos por tres generaciones.

    Tatiana, la prima (foto de 1995)
    © Foto: Strapko
    Tatiana, la prima (foto de 1995)

    En 1960, cuando Esteban se jubiló, la pareja decidió ir a vivir a Mar del Plata. Compraron un terreno frente al mar, en la calle Alfonsina Storni, y empezaron a construir. Bárbara le pasaba los ladrillos y Esteban levantaba las paredes. Fue así como hicieron tres pequeñas casas en la planta baja y un apartamento chico en la planta alta. Como Mar del Plata es una ciudad turística, en los veranos dejaban la casa de abajo para alquilarla, y se pasaban al apartamento de arriba.

    La "babushka" (abuela) y el "diedushka"(abuelo) eran una imagen muy cercana para la banda de nietos, que estaban a su cargo en los meses de verano, jugando todo el día en la playa de enfrente, mientras la "baba" les preparaba el chocolate para cuando salían morados del agua fría del océano austral en Mar del Plata.

    Quizás eso explique por qué los primos, todos ellos argentinos, mantienen ese acendrado sentido de cercanía o pertenencia a un país lejano que casi ninguno de ellos visitó, esa necesidad hereditaria de comer 'varenikis' o 'pelmenis' (tipos de pasta rellena), pepinos con 'silodka' (arenques) y  'blinis' con 'varenias' (panqueques con confituras de frutas).

    La casa de Esteban miraba hacia el mar y hacia el noreste, orientada hacia su 'rodina' (patria). Allí se sentaba, al lado del ventanal, con su gran lupa, para leer los ejemplares del Pravda que alguna vez le caían entre las manos, para estar siempre informado, mientras desayunaba una copa de vodka con un pedazo de 'salo' (tocino).

    Bárbara y Esteban Strapko con su bisnieta en Mar del Plata en 1994
    © Foto: Strapko
    Bárbara y Esteban Strapko con su bisnieta en Mar del Plata en 1994

    Esteban nunca pudo volver. Pero los genes también transmiten las tareas dejadas inconclusas por los antepasados, como un mandato del más allá. Sus hijos, María, Andrés y Nélida, volvieron a visitar la aldea en los años ochenta y noventa. En 1995 sus nietos, Daniel y Carlos, llegaron hasta Droguichin. La casa seguía intacta, limpia y ordenada, como si el tiempo se hubiera congelado en 1937. Los recibió Tatiana, la prima de Esteban, que recordaba con precisión el día en el cual la familia había partido para América.

    Esteban murió en el 2000 y Bárbara en el 2002, después de haber tenido cinco hijos, trece nietos, 24 bisnietos, y de haber construido siete casas. Las raíces rusas que dejaron se seguirán proyectando hacia el futuro, en sus nietos y bisnietos y los nietos de éstos, que heredarán, de generación en generación, el baúl de los abuelos.

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