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    Los fans del cantautor mexicano Juan Gabriel

    Juan Gabriel, profeta y poeta en su tierra

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    Walter Ego
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    El 6 de septiembre debe concluir el homenaje a Juan Gabriel en México. El oficial, digo. El del pueblo comenzó desde el primer minuto en que hubo certidumbre de su inesperada muerte y seguirá sin preceptivas mientras sus canciones sean un pretexto para los enamorados o ayuden a encubrir el sufrimiento bajo el gris sedativo de la nostalgia.

    "Muchos críticos de hoy han pasado de la premisa de que una obra maestra puede ser impopular, a la premisa de que si no es impopular no puede ser una obra maestra". La frase es del periodista británico Chesterton y sirve para explicar la ligereza verbal de unos pocos intelectuales mexicanos aturdidos ante la devoción popular por Juan Gabriel, un autor e intérprete de simples canciones de amor convertido en ídolo de multitudes desde mucho antes de su adiós sin aviso el pasado 28 de agosto.

    La palabra 'vate', que es sinónimo de 'poeta', proviene del latín 'vates', que también significa 'profeta' (de ahí 'vaticinar', es decir adivinar). En ese sentido se puede afirmar que Juan Gabriel fue un profeta, un poeta, en su tierra, que no es solo la de la geografía, sino esa otra mayor que es la de los sentimientos. Pues en las canciones de Juan Gabriel, en perfecta simbiosis con melodías inolvidables, habita la poesía, esa de la que el poeta español Jorge Guillén excluye la anécdota y a la que le exige rigor lingüístico para contener los desbordes tropológicos.

    El último romántico

    Como su compatriota Manuel Acuña (1849-1873), el poeta que puso fin voluntario a sus días no sin antes dejar testimonio de un amor no correspondido: "Pues bien, yo necesito // decirte que te adoro, // decirte que te quiero // con todo el corazón […]" ('Nocturno'), Juan Gabriel también fue un romántico, quizás el último de su linaje; y no solo en el sentido estereotipado del término de alguien que le canta al amor: también en el académico, ese que define al creador que se enfrenta al orden establecido y reclama los derechos del individuo frente a la sociedad y sus leyes, ese capaz de cantarle a "la libertad de ser, de estar, de ir, de amar, de hacer, de hablar, de andar así sin penas" ('Pero qué necesidad').

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    Fue nuestro contemporáneo, pero le fue ajena la modernidad (en la acepción estética del término, no la cronológica), pues "la habilidad moderna no consiste en esconder la emoción, sino en afectarla" (la frase es también de Chesterton) y Juan Gabriel jamás afectó emoción, al contrario, la externaba libre de ataduras.

    Como en el Romanticismo decimonónico, las canciones de Juan Gabriel abarcan todas las facetas del amor sensual: del que se prodiga al que hiere, del que conoce el frenesí al que languidece en el hastío; como en el Romanticismo, la versificación de sus temas adopta métricas disímiles; como en el Romanticismo, sus canciones están llenas de pasión y lirismo a partir de las vivencias del yo, un yo exaltado y andrógino que se replica en subjetividades y empatías transgéneros, razones que explican el éxito de sus temas más allá de la nostalgia que suscitan, más allá de las emociones que evocan en cada oyente.

    Y es que la circunstancias históricas del Romanticismo decimonónico no son muy disímiles a los tiempos convulsos que le tocaron vivir a Juan Gabriel (1950-2016), etapas ambas de extremas tensiones políticas y abiertas a una laicidad que cuestiona el pensamiento católico tradicional, etapas marcadas también por convulsiones sociales de sesgo anarquista y socialista. De ahí que no deba sorprender que sus canciones, como la poesía del romántico español Gustavo Adolfo Bécquer (1836-1870), participen de un lirismo intimista, sencillo en su forma y escaso de ornamento, que se refrena en lo sensorial para dejar traslucir mejor la profundidad de su sentir. Como las rimas del español, sus canciones son para cantar al oído. De ahí que si no lo supiéramos previamente, sería un tanto difícil establecer el autor de estos dos pares de estrofas, nacidas poema unas, hechas canción las otras, con que concluyen estas líneas que no pretenden ser un homenaje más al 'divo de Juárez', sino apenas un agradecimiento tardío y estéril por esa poesía otra que alienta en sus canciones:

    Asomaba a sus ojos una lágrima
    y a mis labios una frase de perdón;
    habló el orgullo y se enjugó su llanto
    y la frase en mis labios expiró.

     

    Yo voy por un camino, ella por otro;
    pero al pensar en nuestro mutuo amor,
    yo digo aún: "¿Por qué callé aquel día?"
    Y ella dirá: "¿Por qué no lloré yo?"

     

    ('Rima XXX')

    Tú eres la tristeza de mis ojos,
    Que lloran en silencio por tu amor.
    Me miro en el espejo y veo en mi rostro
    El tiempo que he sufrido por tu adiós.


    Obligo a que te olvide el pensamiento,
    Pues siempre estoy pensando en el ayer.
    Prefiero estar dormido que despierto
    De tanto que me duele que no estés.

     

    ('Amor eterno')


    LA OPINIÓN DEL AUTOR NO COINCIDE NECESARIAMENTE CON LA DE SPUTNIK

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