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    Ayer fue una Barbie con pasaporte, hoy son las reiteradas invectivas de Donald Trump las que reducen al mexicano a una sarta de estereotipos que mal definen por su simpleza o desmesura a un pueblo ajeno a esos torpes esquemas de pensamiento de los que se nutren los prejuicios y en los que abreva la exclusión.

    Si de convenciones sociales se trata, a México lo definen mejor sus símbolos. Y no hablamos de los patrios, esos que tanto se honran durante el mes de septiembre cuando el país festeja el inicio de las luchas por independizarse de España y la culminación del empeño, sino esos a los que no se les rinde honores oficiales ni ley alguna ampara, pero que sirven para evidenciar la mexicanidad con la misma certidumbre que el Himno, la Bandera y el Escudo de la Nación, esos que en cualquier rincón del mundo donde las combativas estrofas de Francisco González Bocanegra y las notas marciales de Jaime Nunó resuenen ajenas, o donde no se diferencie el lábaro patrio de otras enseñas tricolores, sirven para manifestarse como mexicano (o siquiera pasar por tal) en adhesión a un puñado de externalidades que la cultura ha fijado como propias de la mexicanidad.

    Para reconocer por esos símbolos otros a un mexicano —"las únicas personas en el mundo que llevan el bigote por fuera", según la estereotipada definición de un amigo—, basta con observar las gradas de cualquier estadio de fútbol donde juegue la selección azteca. Se les ubica fácilmente allí donde abundan las réplicas del "quetzalapancayotl" (o tocado de plumas) de Moctezuma, los sombreros de charro y las máscaras del Santo u otros ídolos de la lucha libre, pero sobre todo allí donde las notas de "Cielito lindo" se imponen al fragor del vocerío de la hinchada contraria.

    Es "Cielito lindo" uno de esos temas musicales que han dado la vuelta al mundo y donde la mexicanidad brilla mejor, uno de esos temas, como otros de igual raigambre, que anuncian desde la sencillez de su melodía y la franqueza de sus versos la pertenencia a un espacio que, por cultural, se extiende más allá de los límites que impone la geografía.

    Porque "Cielito lindo", de Quirino Mendoza y Cortés, en esa conjunción de coplas andaluzas que sustentan su letra y la música de mariachi con que se entona desde el corazón, revela todo el ayer hispano del que no puede desprenderse el mexicano por más que el orgullo hacia sus ancestros "mexicas" lo lleven a potenciar la parte aborigen de su raíz, deuda esta última que se revela en el tema, a la par de la acendrada devoción guadalupana del mexicano, cuando el autor reconoce que "yo a las morenas quiero desde que supe, que morena es la virgen, cielito lindo, de Guadalupe". Por demás, el enfático "canta y no llores" de su estribillo define con mayor certidumbre que cualquier tratado de sociología, y con menos palabras, la postura vital del mexicano.

    En "El rey", de José Alfredo Jiménez, otro de los temas que son sinónimo de México, sale a la luz esa voluntad de afirmación y dominio de la que se nutre el machismo mexicano y que en extraña paradoja suele verse asimismo como evidencia de la perplejidad en el actuar que tan bien expresa el "ya merito" con que postergan para después lo que podrían hacer al momento, lo que algunos ven como temor a retar a sus circunstancias por lo que más que enfrentarlas buscan adaptarse a ellas. Incluso a la Muerte, que a los mexicanos no causa pavor, la aceptan con la naturalidad del "yo sé bien que estoy afuera" con que principia José Alfredo su canción. Para los mexicanos la Muerte es menos una conclusión que un tránsito hacia la sobrevida. De ahí que canten en los panteones, y no lloren, cada 2 de noviembre en que celebran el Día de Muertos.

    Pocas canciones, sin embargo, expresan el amor a la tierra en que se nació como "México lindo y querido". Donde el himno nacional llama a "exhalar en tus aras su aliento // si el clarín con su bélico acento // los convoca a lidiar con valor", en ésta se expresa el deseo de yacer en la tierra natal, incluso si la muerte sobreviene fuera de ella.

    Pues el mexicano puede vivir lejos de su país por años como lo atestigua el sostenido flujo migratorio hacia el norte del río Bravo u otras latitudes, pero esa sobrevida que sus ancestros ubicaban en Mictlán sólo tiene un destino irrevocable: la tierra que los vio nacer, la misma que pese a la estereotipia reduccionista que los transforma en migrantes y a los muros "trumpianos" con que se pretende contenerlos será siempre el hogar amado al que se ha de volver, la tierra de sus ancestros, la misma que inmortalizaron los versos de Chucho Monge en su hermoso clamor testamentario:

    "Que digan que estoy dormido
    Y que me entierren aquí
    México lindo y querido
    Si muero lejos de ti"


    LA OPINIÓN DEL AUTOR NO COINCIDE NECESARIAMENTE CON LA DE SPUTNIK

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    Etiquetas:
    México
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