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    Timoféi Serguéitsev

    Rusia necesita dinero nominal y una economía real

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    De nuevo, igual que después de cada una de las tres guerras del siglo XX, debemos restablecer nuestra propia riqueza nacional, dice Timoféi Serguéitsev, miembro del Club Zinóviev de la Agencia de Información Internacional Rossiya Segodnya.

    Ya estoy harto de oírnos repetir tras voces ajenas, como loros, la palabra "sanciones", hablando de la agresión económica desencadenada contra Rusia. No hay sanciones, no puede haberlas, porque no hay ninguna norma legislativa que haya sido violada, no hay ninguna jurisdicción. El concepto de William Kristol sobre la hegemonía moral de EEUU, con la que se armó la Casa Blanca y el Departamento de Estado, no sólo no requiere que haya esta norma legislativa (internacional), sino que parte de que en la política internacional real el factor de derecho no existe. Así que para calificar el intento de aislar económicamente a Rusia y el terror financiero como "sanciones" no hay más razones que para calificar así la notoria enmienda Jackson Vanik. A Rusia la están presionando porque ha empezado a recuperarse de los desastres y de las ruinas de los 90, porque empezamos a rechazar el rumbo de la política económica dirigido a la privatización total y desregulación, que presentan como el único posible y correcto. Es una cuestión de lucha por la redistribución de riqueza mundial. Y, por lo tanto, de nuevo, como después de cada una de las tres guerras del siglo XX, debemos restablecer nuestra propia riqueza nacional.

    ¿Cuáles fueron los aspectos vulnerables del sistema económico de la URSS, basado en la propiedad popular común? Concluida la Segunda Guerra Mundial, los críticos trotskistas (Tony Cliff) tacharon nuestro tipo de sistema económico como capitalismo de Estado. Es decir, como concentración máxima del capital, "monopolio" máximo. Pero dentro del marco de un solo país, no importa que sea el más grande del mundo geográficamente. El monopolio y la concentración fueron los principales objetivos competitivos del capital en el curso de los siglos XIX y XX, y los alcanzamos. En los setenta la competición entre la URSS y EEUU terminó con una victoria convincente de la URSS, y EEUU se dedicó a relajar tensiones, abogar por el desarme, ya que no pudo mantener el ritmo de la carrera de armamento. Sin embargo, para Rusia su triunfo resultó una victoria pírrica. El capitalismo cambió radicalmente. En esencia, dejó de ser capitalismo.

    Dejemos a un lado las deficiencias de la centralización, que pueden ser un error. Como, por ejemplo, el consciente rechazo a ampliar la variedad de mercancías de consumo para satisfacer la psicología social, o a desarrollar la producción y el uso del transporte individual, optando por el transporte público y los camiones. Pero… tampoco estoy seguro de que sean errores. En este caso lo importante es la estrategia y el orden general del sistema. Dejemos también el tema de la traición, aunque es cierto que tuvo lugar. No cabe centrarse más en los instintos que en lo consciente, en lo secundario que en lo primario, aunque asegure aquello una supervivencia con mayor grado de probabilidad. Intentaremos centrarnos más en la verdadera razón del desplome que empezó en nuestro país en los noventa y aun no ha concluido.

    Para entender la situación hay que distinguir entre la economía y la administración, como lo hizo Alexander Zinóviev. La economía, según él, es una monetización de relaciones públicas. Es decir, cuando éstas se guían totalmente por el resultado monetario. Mientras que la administración es una actividad desarrollada para liberar la reproducción del ser humano de la dependencia de las condiciones naturales. Siguiendo la terminología de Lyndon Larouche, la administración es la Economía Física, que tiene por objetivo el de superar los límites al crecimiento de la población humana expuestos en la teoría de Thomas Malthus (siglo XIX), según la cual "el ritmo de crecimiento de la población responde a una progresión geométrica, mientras que los recursos para su supervivencia crecen en progresión aritmética". Sin embargo, en el siglo XX la economía dio un paso enorme llegando mucho más allá de este concepto de lo físico. En ello, y no en la clásica producción excesiva, estriba la causa de la crisis de hoy.

    Los procesos principales de la administración, o Economía Física: la producción, la distribución (incluido el transporte), la acumulación y el desarrollo, se reflejaban en la época del capitalismo clásico en el espejo del dinero. Es decir, entre las mercancías y el dinero era posible poner un signo de equivalencia. La riqueza consistió en la masa total de mercancías. La acumulación, en infraestructuras fijadas en territorios concretos (sobre todo, en ciudades). El desarrollo, en la revolución científica. La distribución, en la política social de los Estados. Y el dinero fue un criterio relativo para todos estos procesos.

    Sin embargo, esta lógica es ya parte del pasado. Parcialmente, debido al propio desarrollo de la administración. La revolución industrial conllevó una explosión de la masa comercial, el oro y sus sucedáneos perdieron el estatus del equivalente de valor universal, de mercancía de mercancías. El oro no sólo no es comestible, su aplicación industrial es también muy limitada (comparado con los portadores de energía) y tampoco tiene ya su estatus sagrado. Por primera vez el dinero se viste de papel, aunque durante mucho tiempo intentó mantener la vigencia el patrón oro u otros análogos suyos.

    La crisis de producción excesiva como efecto específico de la administración económica (monetaria) la intentaron combatir en todo el mundo con sistemas de sobreconsumo. Creando una falsa y excesiva variedad de mercancías, inculcándola, reduciendo drásticamente los plazos de vida útil de los bienes, con la pseudomodernización, pseudoconsumo, una falsa acumulación en forma de bienes, etc. Un crecimiento de la masa de mercancías adicional (respecto a la revolución industrial) acabó gracias al sobreconsumo con toda la posibilidad de emplear algo como una mercancía de mercancías, como un universal equivalente al coste. A esto se suma la aparición de una esfera más: la imposición de servicios que reina en la vida pública. Son pseudoservicios que se venden por precios que andan por las nubes. Si lo analizamos todo, resulta obvio que hoy es imposible la relación no sólo entre el oro y el dinero sino también entre los portadores de energía y el dinero, de la que se habla a menudo. El dinero se convirtió en un instrumento de gestión, nada más.

    Finalmente está resuelta la disputa entre los realistas que afirman que lo que existe son las cosas, y los nominalistas, que afirman que existen sólo los nombres de éstas. El dinero de hoy es, en su esencia, nominal, no real. Los primeros en entenderlo han sido, por lo visto, los financieros estadounidenses, lo que les permitió tomar bajo su control toda la economía mundial (así como su núcleo administrativo), y, por lo tanto, abusar de su papel, convirtiéndose en el deudor más grande e insolvente en la historia financiera mundial, que concentró, gracias a ello, en sus manos las riquezas mundiales más grandes del planeta y los medios de gestión del mundo. El dinero contemporáneo, es decir totalmente nominal, sirve para establecer una relación eventual entre todos los participantes de la economía. Se puede compararlo con una comunicación telefónica. Incluso con el nivel de desarrollo actual de tecnologías digitales es imposible que todos los usuarios llamen a todos al mismo tiempo. Lo mismo se puede decir sobre el dinero contemporáneo: no tiene equivalente, ni en mercancías privilegiadas, ni en toda la masa de mercancías, incluidas las potenciales, no producidas aún. Y no es una consecuencia de desproporciones acumuladas en el sistema de giro monetario y mercantil, es el principio del funcionamiento del sistema.

    El dinero de hoy incluye también los bonos y valores y las múltiples ficciones e instrumentos financieros. Pero aunque no tomemos en consideración estos derivados y nos limitemos solo a dinero en el sentido más habitual, la masa de dinero supera mucho la de todas las mercancías por sus precios corrientes. La emisión es excesiva y representa el instrumento principal de la gestión de todos los procesos que, a su vez, guían la actividad multifacética, que va mucho más allá de la administrativa. Por supuesto, en estas condiciones el dinero debe ser estéril, no tener nada que ver con la mercantil. Esto se logra gracias a un especial giro especulativo de instrumentos financieros, cuando el dinero pasa de una forma a la otra, sin tener nada en común con el sector real, lo que también es una parte de emisión.

    George Soros, en su Alquimia de las Finanzas, describe la economía contemporánea como un sistema desequilibrado. Este sistema puede funcionar sólo a condición de que sea gestionado de manera dura y a todos niveles. No opera de manera autorregulable. La emisión excesiva (a cambio de la deficiente, la de oro y de metales, en general) permite transmitir las masas de mercancías y de recursos de actividad administrativa y económica de manera organizada. La excesiva masa de dinero se acumula en mercancías falsas, incluidos los servicios superfluos y los sobreprecios, se extrae del circuito como beneficios extraordinarios, impuestos extraordinarios y gastos extraordinarios, y se anula a través del desplome de sistemas financieros de países y organizaciones e instituciones de peso a nivel global. La expropiación de cuentas bancarias en Chipre no es más que el primer paso. En adelante nos espera, por analogía, una cancelación de deudas europeas y estadounidenses, por supuesto.

    Unos tienen derecho a la emisión, y otros, no. Unos deben ahorrar; y otros, al revés, gastar. Por supuesto, desde el punto de vista del sistema económico y administrativo antiguo, es un saqueo. Y sus víctimas van a oponerse a ello: lo que se manifestará tanto en la política interna como en la externa. Y por lo tanto, gana importancia la OTAN y la propia actividad militar de EEUU.

    Desde luego, una salida justa y constructiva de la crisis exige desmonetización de la excesiva esfera nominal de relaciones públicas, exige devolverle al núcleo administrativo el liderazgo en la actividad económica y el restablecimiento de objetivos reales. Sin embargo, esto no quiere decir que baste sólo con controlar el consumo o reducirlo, hace falta su reorganización global y sistémica. Devolver a la economía el estatus real y contenido administrativo, físico, tampoco significa el regreso al dinero metálico, ni al real. EEUU logró engañar a todo el mundo, porque había sido el primero en apreciar la irreversible e inminente transición al dinero nominal. Pero en la economía física el dinero nominal debe ser un medio de gestión bajo un estricto control que no permita extrapolar lo nominal a la economía en general, separarla de la base administrativa. Este dinero técnico no es homogéneo: puede ser en efectivo o virtual, puede servir para pagos de personas físicas y jurídicas, para pagos internos y externos; y debe, por lo tanto, ser diferente. Así fue en la URSS. Pero, al pasar al dinero nominal, la URSS no logró mantenerse dentro del marco de la economía real.

    EEUU no va a hacer nada de lo arriba mencionado. Intentará anular su superdeuda a cuenta de sus acreedores y fijar sus ganancias a largo plazo en la explotación del mundo. Estas ganancias no las rinde su capital nacional, ni cualquier otro capital. Provienen del control del giro monetario nominal del mundo. Entre tanto, la economía mundial y las de países por separado, pese a su crecimiento virtual nominal, no pueden separarse por completo del núcleo administrativo real. El trabajo (y ante todo, el barato), los recursos (sobre todo alimenticios y de energía), el territorio, las infraestructuras (ante todo, ciudades y transporte), el hambre: nada de ello cambia su esencia. Y esto explica las guerras, tanto en sus formas implícitas como en las explícitas.

    No puede haber una salida global de la crisis. Habrá que salir por países y por regiones, junto con asociaciones regionales económicas. En el caso de Rusia, se trata de los BRICS y la región Asia-Pacífico. Y ciertos países de Europa, si se liberan de EEUU. Pero esta salida será imposible sin mantener la soberanía económica. Y para la soberanía económica es imprescindible tener dinero.

    El carácter nominal del dinero contemporáneo no significa que no deba ser respaldado por algún equivalente. El dinero contemporáneo se ve respaldado, pero sin equivalencia absoluta, por la masa de mercancías que se pueda adquirir pagando con este dinero. Es evidente que en el mundo global esta masa incluye no sólo mercancías producidas por la economía nacional en el territorio nacional. Con dólares estadounidenses se puede comprar cualquier cosa en casi cualquier punto del mundo, mientras que no siempre se puede hacer una compra con rublos rusos, ni siquiera dentro de la propia Rusia, aunque el precio esté indicado en rublos. Así es la fuerza del dinero nominal, hay que saber explotarla. Entre otras medidas, esto supone establecer un sistema nuevo de pagos en rublos: realizar toda la exportación sólo con rublos, liberalizar por completo los pagos en rublos. De momento, no tenemos nuestro propio dinero.

    Las dificultades radican no sólo en nuestra "debilidad". Y no es que seamos débiles, no es que estemos tan arruinados. El nuevo mundo postcapitalista, el mundo de una economía nominal que sus ideólogos definen como postindustrial, está fuera de las teorías político económicas marxistas. Pero no existen otras teorías. Las sustituye una ideología económica homogénea, que habla del mercado libre, del crecimiento económico, del sistema de conocimientos innovador, etc., etc. Por eso este mundo en crisis no es transparente desde el punto de vista de la epistemología. Y no es que se trate de un complot, al revés, es que nadie entiende nada. Tendremos que construir nuestra propia teoría para nuestro desarrollo económico-administrativo.

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    dinero, economía, Club Zinóviev, EEUU, Rusia
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