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    Oleg Nazárov

    La Guerra Fría y la rusofobia serán eternas

    © Foto : Alexander Zinoviev Biographical Institute archive
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    Club Zinóviev, Oleg Nazárov
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    La celebración del V Congreso Internacional del Club Zinóviev coincidió con el 175º aniversario de la partida del Marqués de Custine del Imperio ruso. A primera vista, estos dos acontecimientos no tienen nada en común. Pero es sólo a primera vista, señala el miembro del Club Zinóviev de Rossiya Segodnya, Oleg Nazárov.

    Una de las centrales discusiones del Congreso se desarrolló en torno al tema 'La muerte de la utopía: el comunismo y la democracia global dirigida'. El filósofo ruso Dmitri Mijéev llamó la atención de los presentes sobre el abismo que diferencia la esencia de la ideología anglosajona del bonito envoltorio con el que viene presentada al mundo. En el envoltorio luce unos valores atractivos: la democracia, la supremacía de la ley, la búsqueda de la felicidad, etc. Pero el contenido interior, que no se publicita, es casi darwiniano. Al haberse reservado un lugar en la cima de la jerarquía de los humanos, los anglosajones catalogan al resto de la humanidad según sus intereses, fantasías y preferencias. Como resultado de este proceso, se crean diversas jerarquías raciales, religiosas y de otro tipo. Los rusos y los ortodoxos nunca figuran entre los "premiados" en estas "competiciones".

    El carácter y la cultura de Rusia vistos por un rusófobo

    Los sentimientos raciales y rusófobos son muy extendidos en Occidente y se comparten no sólo por los ideólogos del mundo anglosajón. Uno de los más conocidos ideólogos de la rusofobia es el aristócrata francés, Astolphe de Custine. Hace 175 años, en verano y otoño de 1839, visitó el Imperio ruso. Tras recorrer parte de nuestro territorio durante cuatro meses, el viajero galo escribió el libro 'Rusia en 1839', y, tras publicarlo en 1843, cobró fama en Occidente y entre los intelectuales rusos prooccidentales como un gran experto en temas rusos.

    Pero no fue el marqués de Custine el primero en denigrar a Rusia y a los rusos. Él había leído ya los 'Comentarios sobre Asuntos Moscovitas' del barón Segismundo de Herberstein, publicados en 1549. Pero fue 'Rusia en 1839' la primera obra que determinó durante los dos próximos siglos la línea estratégica de la propaganda occidental, la rusofobia.

    Resulta revelador el hecho de que los "amigos" y los "socios" de Rusia se hayan acordado de este libro en los momentos cruciales de la historia. Fue reeditado en vísperas de la guerra de Crimea (1853-1856). Apareció en las librerías de algunos países europeos y de EEUU poco después de la Segunda Guerra Mundial, a principios de la Guerra Fría. Son reveladoras también las colosales tiradas de las "revelaciones" de Custine durante la "catastroika" (la catastrófica perestroika) de Gorbachov.

    Tal popularidad de las notas de viaje del marqués francés la explicó el antiguo "amigo" de Rusia y de los rusos, Zbigniew Brzezinski, al declarar: "Ningún sovietólogo consiguió añadir nada a las observaciones de Astolphe de Custine en cuanto al carácter ruso y la naturaleza bizantina del sistema político ruso".

    El aristócrata galo, cuya opinión comparte alegremente el politólogo estadounidense de orígenes polacos, afirmaba que "la forma rusa de gobierno combina todos los defectos de la democracia y del despotismo careciendo de los méritos de ambos regímenes". De los rusos dice que son "más débiles que delicados, más campechanos que buenos, más previsores que ingeniosos, más graciosos que imaginativos, más observadores que inteligentes, pero, sobre todo, muy prudentes. No trabajan para obtener frutos sino exclusivamente por el premio. Desconocen el ardor creativo, ese entusiasmo que crea todo lo grande… Las celestiales alturas del genio son inaccesibles para ellos".

    De esta manera, el autor se negaba a reconocer el genio de los grandes poetas rusos Alexander Pushkin, Mijaíl Lérmontov o del escritor Nikolái Gógol, quienes para el momento del viaje del francés ya habían publicado algunas de sus obras maestras.

    "La rusofobia, el miedo a Rusia que impregna el libro del francés, no viene determinada sólo por las cualidades negativas del país que describe, sino en la misma — o mayor — medida por las cualidades que admira", constata el periodista y crítico literario Vadim Kózhinov.

    Del miedo ante los que son supuestamente incapaces de acceder a "las alturas del genio" habló también el filósofo Alexander Zinóviev:
    "En Occidente siempre han tenido miedo a los rusos étnicos. No se trata de una competencia militar o económica, es el miedo a los rusos, que supuestamente traen los principios antioccidentales. Y además, poseen un enorme potencial creativo. Lo que más miedo les ha dado siempre es la llegada a Occidente de la cultura rusa… Lo digo basándome en mi propia experiencia. Si no fuera ruso todas las universidades me habrían abierto sus puertas. Las casas editoriales se pelearían por publicar mis libros. En un principio lo hicieron, pero por error. En un primer momento me tomaron por disidente y pensaron que no era ruso. En cambio soy ruso y no soy disidente. En seguida se asustaron. Menos mal que para aquel momento ya había ganado cierto prestigio en el mundo occidental científico y literario. Pero desde entonces intentan quitarme importancia. Que lo sepan todos los que piensen en ir a Occidente. Si uno quiere seguir siendo ruso e independiente, aquí no tiene oportunidad de abrirse paso".

    Cómo los "bárbaros" salvaron la "flor y nata de la humanidad"

    Tratando a los rusos de "bárbaros", De Custine, indulgente, añadía: "No reprocho a los rusos que sean como son, yo reprocho que deseen aparentar lo que somos nosotros. No son cultivados en absoluto. Eso no les privaría de la esperanza de llegar a serlo si no estuvieran obsesionados por el deseo de imitar, como monos, a otras naciones burlándose al mismo tiempo, como monos, de los que están imitando. Se me ocurre que ya están perdidos para el estado primitivo pero no aptos para la civilización".

    Reconozcamos que desde la época de Dimitri I 'El Impostor' (principios del siglo XVII) entre los intelectuales y políticos rusos había personas que idolatraban a Occidente y todo lo occidental. En varias ocasiones estas personas llegaron al poder en Rusia. Siempre conllevó a un triste resultado, el mismo que en el último decenio del siglo pasado.

    En 1994 Alexander Zinóviev en una entrevista se lamentó de que "son los propios rusos los que permiten este escarnio, no responden dignamente, se humillan, se arrastran ante Occidente. El país y el pueblo son juzgados por los que los representan. Nuestro país y nuestro pueblo vienen representados por tales degenerados que esperar otra actitud —no hacia el comunismo, sino, en primer lugar, hacia Rusia- hacia los rusos por parte de Occidente sería absurdo".

    Pero si Zinóviev habla de unos pocos degenerados, De Custine aseguraba a sus lectores que casi ningún ruso es "apto para la civilización".

    Es revelador también que una teoría similar sostuviera 75 años más tarde el compatriota del turista, el embajador francés en el Imperio ruso, Maurice Paléologue. Vivió en Rusia varios años, se relacionó con los representantes de la élite rusa y sabía sobre Rusia mucho más que el marqués de Custine. Fue él quien suplicó ayuda a Nicolás II de Rusia en las primeras, y trágicas para Francia, semanas de la Primera Guerra Mundial. Ahora, cuando Rusia y Francia rememoran los 100 años del inicio del conflicto, cabe recordar que la ayuda de Rusia llegó en el momento justo. "Si Francia no fue borrada de la faz de la Tierra en 1914, ello se debe en primer lugar a Rusia", afirmaba el mariscal francés Ferdinand Foch.

    Maurice Paléologue, en cambio, no encontró palabras de agradecimiento para nuestros antepasados. Es más, poco después de que los rusos salvasen a Francia de la derrota, el embajador declaró: "En cuanto al desarrollo cultural, los franceses y los rusos no se encuentran al mismo nivel. Rusia es uno de los países más atrasados en el mundo. Compare esta masa inconsciente con nuestro ejército: todos nuestros soldados tienen educación; en las primeras filas luchan jóvenes que ya se han distinguido en las artes y las ciencias, son personas talentosas y refinadas, flor y nata de la humanidad".

    Una vez más sobre la "barbarie" rusa y el 'Código negro' francés

    "Lo que más me indigna es que en Rusia la elegancia más sofisticada convive con la barbarie más repugnante. Si en la vida de la alta sociedad hubiera menos lujo y menos placer, la vida de la gente llana no me inspiraría tanta lástima. Los ricos aquí no son compatriotas de los pobres", escribía De Custine.

    Desde luego, sus palabras tienen parte de verdad. Pero es justamente otro caso en el que al ver la paja en el ojo ajeno el intelectual francés "se olvidó" de la viga en el propio. Sus comentarios sobre la vida en Rusia los hacía mientras sus compatriotas se dedicaban a la trata de esclavos. En Francia estaba vigente el 'Código negro para la gobernación de las islas francesas en América', entre sus principios se establecía que los esclavos eran "bienes muebles". Si el esclavo osaba golpear a su amo o cualquier persona libre o robar "caballos, mulos, bueyes o vacas", se le castigaba con la pena de muerte. El Código prohibía a los esclavos de amos diferentes reunirse bajo ningún pretexto en ningún lugar, especialmente en grandes caminos o lugares alejados bajo pena de ser marcados con una flor de lis y recibir un castigo corporal, en caso de reincidencias o circunstancias agravantes los culpables podían ser condenados a muerte. Si el esclavo se fugaba se le cortaba una oreja y era marcado con una flor de lis en el hombro, el segundo intento de fuga se castigaba, según las recomendaciones de los legisladores de la civilizada Francia, con el corte de tendones y el tercero con la muerte.

    La politóloga rusa Ksenia Mialo en su artículo 'La peregrinación a la barbarie o el viaje eterno del marqués de Custine' recordaba que "Francia ostentaba un derecho exclusivo de ser autora del documento llamado 'Código Negro' que fijaba las prácticas ya usadas durante dos siglos por los europeos. El 'Código Negro' francés era una ley, que constaba de 60 artículos, promulgada por Luis XIV en marzo de 1685 y que fue derogada definitivamente sólo en 1848 (en 1794 su vigencia fue suspendida y volvió a entrar en vigor en 1802). En otras palabras, el Código puso a toda una raza humana, a los negros, fuera del mismo concepto de derecho. Fue justo en la época que nacía la propia filosofía de derechos y libertades humanos…
    De esta forma, durante todo ese tiempo, en el que Rusia, según De Custine y Brzezinski, vivía hundida en la barbarie, la inmanente idea de la mentalidad europea (occidental) fue la de una humanidad desigual. La desigualdad jurídica sólo servía para fijar la desigualdad antropológica y metafísica".
    Es curioso que los ilustrados europeos, todos como uno, pasaron por alto este "abanico" de desigualdades, mientras gastaban toneladas de papel defendiendo libertades y derechos. De la misma manera que a principios del siglo XXI los intelectuales occidentales no ven señales de genocidio de la población rusohablante en Donetsk y Lugansk. Y quieren pruebas de que las víctimas de la matanza en la Casa de los Sindicatos de Odessa el 2 de mayo de 2014 no se hubiesen incendiado ellas solas, o de que decenas de muchachas y mujeres de Donbás no se hubiesen violado, fusilado y enterrado a sí mismas.

    La ceguera de los intelectuales occidentales no se explica sólo con la presión de Washington, sino también con la larga tradición de la rusofobia europea.

    Las revelaciones del marqués de Custine contrastadas con los hechos históricos confirman la conclusión de los participantes del Congreso del Club Zinóviev sobre la "doble cara" de la ideología occidental. En el envoltorio del 'bombón' está escrita una cosa, pero dentro hay algo completamente distinto. Es difícil esperar que eso cambie.

    También persistirá la rusofobia. Las palabras del gran pensador ruso Alexander Zinóviev hoy vuelven a cobrar actualidad: "Occidente tiene sus planes para Rusia, porque representa una amenaza a su dominio mundial. El rumbo a la Guerra Fría persistirá para siempre. Y el comunismo no tiene nada que ver. En Occidente tienen su propio comunismo, y de sobra. El objetivo es eliminar todo lo ruso. En primer lugar, no permitir que los rusos formen parte de la cultura mundial, despreciar los logros de la cultura rusa. En segundo lugar, destruir el propio material humano, corromper al pueblo ruso. No se hace al azar, es un programa bien pensado. Están intentando hacer con nosotros lo que los estadounidenses hicieron con los indios de América del Norte".

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    Club Zinóviev, Astolphe de Custine, Occidente, Rusia