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    Iskander Valítov

    La línea de la degeneración. El riesgo para la existencia humana

    © Sputnik / Vladimir Trefilov
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    Lo peor sucede cuando los hombres pierden sus vínculos con el conjunto y se convierten en egoístas inveterados, cree el miembro del Club Zinóviev Iskander Valítov.

    En el artículo anterior empecé a analizar el tema de la degeneración de la civilización europea occidental. El concepto de degeneración lo expliqué ya en el ejemplo de la naturaleza. Mi intención fue demostrar que el darwinismo es, en primer lugar, una teoría ideológica que describe de forma muy deficiente los mecanismos reales de la evolución biológica. Afirmaba que las relaciones de competencia en ella son casos de degeneración y que la biosfera debe ser comprendida como un sistema único, como un organismo, en lugar de como una multitud de especies e individuos que luchan entre sí. La conducta de todo individuo sirve, sobre todo, para cumplir la tarea reproductiva de la población, de la especie, de la biosfera. Cualquier evasión de la tarea de reproducción de un conjunto vital constituye la esencia de la degeneración. El egoísmo no es parte de la herencia biológica del hombre. En este artículo defenderé la tesis de que el mundo social se distingue radicalmente del mundo natural. Su viabilidad se basa en otros principios. Es necesario saberlo para poder reconocer el proceso de degeneración en los sistemas sociales.

    El hombre no es la corona de la evolución

    Para comprender el carácter específico de las comunidades humanas y su radical distinción de una manada de animales hace falta tener muy claro que el hombre no es un producto del proceso evolutivo. No importa cómo nos imaginemos este proceso. Según Darwin, con sus cambios accidentales y la selección de las adquisiciones adaptativas, o según la teoría "ontogenética", que aún está por venir para describir el proceso evolutivo como el despliegue de un sistema único. O según cualquier otra teoría.

    Defiendo el punto de vista de que el hombre surge como resultado de un proceso completamente distinto, no evolutivo. La evolución sólo había preparado al portador material. Y concluyó al crear este "producto estrella". Es por eso que ninguna teoría de evolución, incluso la que haya superado las torpezas de la de Darwin, será capaz de describir la aparición del ser humano.

    De la manada a la comunidad

    Está claro que el hombre no procede del mono. Es bien sabido que los humanos como especie biológica (los llamaré "pre-hombres") aparecieron mucho antes de que en sus grupos se empezaran a usar herramientas, naciera la lengua, se consolidaran las formas de conducta colectiva eficaz anteriormente desconocidas. La evolución creó la base biológica del hombre (pero no al hombre) 400.000 años (o 2.000 millones años, según diferentes fuentes) antes de que apareciera propiamente el "homo sapiens", como lo conocemos ahora. Y durante todo ese tiempo esta especie biológica había vivido una vida animal. El proceso que dio lugar a la aparición del hombre consistió en la transformación de la manada a la comunidad. Todo el misterio del origen del ser humano está en esta transformación. Por lo visto, fue entonces cuando se prendió "la chispa de la razón", como suelen expresarse los filósofos. Siguiendo el pensamiento del biólogo suizo Jean Piaget, yo diría, en cambio, que los hombres en el grupo empezaron a ser conscientes de su conducta.

    Iskander Valítov
    © Sputnik / Vladimir Trefilov

    No es el lugar adecuado para describir los posibles modelos de cómo ocurrió. Señalaremos sólo que la esencia de esta transformación consiste en el desarrollo de los mecanismos de reflejo a base de las posibilidades biológicas ya existentes. El reflejo (la manifestación) en los seres vivos no es un espejo que lo refleja todo sin distinción. Es un elemento sistémico de la conducta. El animal refleja del mundo exterior sólo lo que haga falta para su funcionamiento. El reflejo es selectivo y enfocado.

    Es posible que la transformación del pre-hombre en el hombre estuviera relacionada con el hecho de que el pre-hombre empezó a desviar la atención de los detalles significativos del mundo exterior hacia los episodios de conducta propia y colectiva. Por ejemplo, hacia las señales sonoras que emitía, o los gestos que hacía en determinadas situaciones o a modo de reacción ante actuaciones de sus "compañeros" causadas por estas señales. De la misma manera, para los demás miembros del grupo estos sonidos o gestos se convertían en los marcadores de una determinada situación que requería una actuación colectiva. En el momento que el pre-hombre establece la relación entre los sonidos/gestos (hasta entonces los reflejos conductistas e irreflexivos ante cierta situación) y la eficaz conducta colectiva, surge la posibilidad de una premeditada función señalizadora de la actuación. Ciertos sonidos o gestos se convierten en los elementos necesarios de la organización de una actuación colectiva compleja. Los pre-hombres elaboran una capacidad de diferenciar estas señales y empiezan a usarlas para designar diferentes situaciones o para iniciar diferentes actuaciones colectivas. Estas señales ya no son reflejos, pierden su acondicionamiento causal por los estímulos del mundo exterior. Adquieren otra dimensión, la del signo. Mediante los signos los hombres informan de su estado, estimulan las actuaciones colectivas, atraen la atención hacia detalles importantes de la situación actual.

    De esta manera, gracias al reflejo orientado a la propia conducta (es decir, la reflexión), la señal se transforma en el signo, el conjunto de los signos en la lengua, el pre-hombre en el hombre, la manada en la comunidad. La toma de conciencia sobre la conducta está, por lo visto, íntimamente vinculada con el origen de la lengua. Creo que ambas afirmaciones son justas: que la toma de conciencia de la conducta se realiza a través de la lengua y que la lengua nace en el proceso de la toma de la conciencia de la conducta.

    Lo más importante de todo esto es que la conducta que realiza a partir de este momento la comunidad ya no es la realización del programa genético específico. El genoma deja de ser la única motivación de la conducta. La misma comunidad empieza a generar una conducta nueva. Es más, debido a su contenido lingüístico, obtiene unas posibilidades notablemente más amplias para transmitirla a las próximas generaciones. El rito primitivo ya representa una actuación llena de significados que cristalizan la experiencia colectiva. La conducta generada por la comunidad humana, en lugar de por el proceso evolutivo, y que no se reproduce genéticamente sino a través de los mecanismos culturales, ya tiene otra "naturaleza", se convierte en actividad. El hombre se convierte en el hombre sólo a causa de estar involucrado en la vida de una comunidad humana y no por sí sólo, debido a su naturaleza biológica.

    El hombre sin esencia

    El significado de la conducta está subvalorado. Tomar conciencia de cualquier programa conductista lleva a que éste pierda su carácter automático. Esto es igualmente válido para las sensaciones y percepciones. La verbalización de las sensaciones modifica estas últimas. La percepción "pura" y la percepción dentro de un campo lingüístico son cosas muy diferentes. Las percepciones y las sensaciones organizadas de forma reflexiva (significativa) vuelven a automatizarse pero ya no son las mismas. El hombre ya no es un ser natural en el sentido más profundo. Se convirtió en un ser tecno-natural, en el que la "naturaleza" tiene un papel subordinado, es dúctil y transformable. Ningún instinto, ningún mecanismo fisiológico tiene, para él, la condición de la "ley". Es capaz de proceder a dirigir conscientemente cualquier proceso biológico, de modificar su naturaleza según su propio criterio. La esencia de un animal se expresa en su comportamiento específico y programado. El cuerpo del animal es sólo una expresión material de este programa. El hombre, en cambio, ya no tiene tal esencia. La tiene que encontrar en el curso de su vida, encontrar su lugar y determinar el contenido y su forma de participación en la vida social. Ya Marx planteó el problema de la enajenación del hombre. Sólo que no llegó a ver su naturaleza original y existencial.

    La medicina, por cierto, no toma en consideración este aspecto. Trata al hombre, en el mejor de los casos, como a un animal e intenta ayudarle a recuperar el sistema de autorregulación. Pero más frecuentemente le trata como una máquina estropeada, cuando pretende "repararle" mediante intervención quirúrgica o preparados químicos (medicinas). La "medicina humana", en teoría, debería dedicarse a ayudar al hombre a tomar conciencia de los procesos en los que está involucrado, entre ellos los corporales, y así restablecer la salud.

    Resultan aún más inadmisibles los intentos de "biologizar" al hombre en los contextos sociales y políticos. Todos los que hablan de la necesidad de mejorar la naturaleza del hombre, mienten, ya que el hombre no tiene naturaleza. Esta tesis sólo se emplea para justificar los campos de concentración y la robotización del hombre.

    La situación del hombre

    El pre-hombre aún era parte de la naturaleza y su existencia se aseguraba con los mecanismos biosféricos, en función de una determinada conducta que le había sido atribuida, al igual que a los demás seres vivos. A partir de un momento dado su comportamiento y su actividad ya no se encuentran armonizados ni coordinados, de forma natural, con los procesos de reproducción de las unidades superiores.

    La transformación del pre-hombre en el hombre significa que la misma existencia de éste se convierte en un problema. Su problema. La actividad no pertenece a la naturaleza. La actividad puede desviarse, y de manera considerable, de las tareas reproductivas. Es más, ahora la naturaleza, de hecho, se convierte en un elemento incluido en la actividad humana, y su reproducción es responsabilidad de la humanidad. Por eso ahora podemos hablar de que el hombre ya no pertenece a la naturaleza sino a una unidad de otra escala. Para referirnos a ella utilizaremos el término del filósofo ruso, Vladímir Vernadski, la "noosfera". Ahora resulta sumamente importante hasta qué punto los humanos se dan cuenta de ello y conocen este conjunto de lo social y lo práctico, si son capaces de gestionarlo y controlar los procesos de funcionamiento, de reproducción y desarrollo. Los instintos son reemplazados por el conocimiento de qué hay que hacer para mantener la vitalidad de la noosfera.

    Ahora los hombres son capaces y están obligados a determinar el modo de su existencia: qué reglas, motivaciones y prácticas usarán. Las líneas de la evolución social implican, en esencia, llevar a la práctica los distintos modos de la vida colectiva o individual.

    Cada sociedad es una opción de solución al problema de la existencia. Esta solución está integrada por múltiples elementos: las motivaciones individuales, las reglas de convivencia y las costumbres, la organización de la economía, las instituciones, las leyes, la superestructura administrativa. Pero todo esto se sustenta sobre una única base: el conocimiento de su propia situación. Cualquier régimen o formación socio-económica, por más tradicional que sea, y cualquier motivación existencial, por más natural que parezca, tiene un origen, una fuente: en algún momento alguien tomó conciencia de la situación y consiguió inculcar a los demás los nuevos puntos de referencia.

    Las religiones abrahámicas lo dejan zanjado: el hombre es un co-creador, un representante de Dios sobre la Tierra. Su supervivencia depende totalmente de si será capaz de mantenerse en esta posición de responsabilidad y sabiduría.

    Sobre la degeneración

    Alexander Zinóviev en sus libros describió detalladamente la "ley del cálculo egoísta". Dice, en particular: "Conforme a esta ley, cada miembro normal y activo de la sociedad consigue tantos bienes como le permite conseguir su posición social, y lo hace impunemente, dentro de las reglas de la sociedad concreta, o, al menos, con un alto grado de impunidad". Zinóviev, sin duda, tenía razón en que el cálculo egoísta determina en gran medida el comportamiento y la actividad del hombre en los sistemas sociales que él había estudiado. Sin embargo, se equivocaba al considerar insuperable este complejo de motivaciones y al sobrevalorar su poder. Aunque al mismo tiempo confesaba que soñaba con el nuevo hombre: altruista, cordial, vivo.

    La vitalidad del sistema, su inmunidad ante la degeneración, depende directamente del conocimiento que tiene cada individuo sobre el conjunto y su deseo de conservarlo. De si cada persona es consciente de estar vinculada al conjunto en el pasado, en el presente y en el futuro. El egoísmo no es una ley natural. El egoísmo crece de la misma raíz que la conciencia, de la capacidad de reflexionar. Sólo que en el primer caso la reflexión no tiene por objetivo determinar la situación de uno en el sistema de reproducción de un conjunto, sino de aprovecharlo en función de los intereses propios.

    Los degenerados son los que se niegan a tener en cuenta el conjunto y participar en su reproducción. Los que, de hecho, renuncian al modo de existencia humano, a la búsqueda de su lugar (y su esencia única). Los textos sagrados también lo dejan muy claro: cada uno responderá personalmente por todo lo que ha hecho y no ha hecho.

    Podríamos hablar también del fenómeno de degeneración del sistema. Se da, especialmente, en los casos en los que la gestión de un sistema social no se realiza con el objetivo de su reproducción sino en función de los intereses de algún organismo, grupo social y grupo de individuos. Lo cual conduce a una menor vitalidad del sistema. Lo peor sucede cuando los hombres pierden sus vínculos con el conjunto y se convierten en egoístas inveterados. Sobre todo cuando todos quieren ser libres y estar seguros de que el mundo existe para su autorrealización. Pero de esto hablaremos la próxima vez.

    Continuará…

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