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    Dmitri Kulikov

    El sagrado derecho a la propiedad o el poder: una alternativa ante el mundo civilizado

    © Sputnik / Vladimir Trefilov
    Ensayos
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    Por Club Zinóviev, Dmitri Kulikov
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    Estamos obligados a realizar una nueva configuración social: tomar el poder de las estructuras de la supersociedad y repartir realmente los derechos económicos y políticos si queremos conservar nuestra civilización rusa, opina el miembro del Club Zinóviev Dmitri Kulikov

    “Si los capitales se acumulasen del modo descrito por Adam Smith y Karl Marx, pasarían miles de años hasta que apareciesen los oligarcas actuales. Pero éstos aparecen en un plazo muy corto. En Occidente también.”

    Аlexandr Zinóviev

    Abordamos anteriormente el fenómeno del superpoder mundial y su influencia en la economía. Hoy hablaremos sobre la propiedad privada, a la que los grandes filósofos de la historia, desde los socialistas utópicos premarxistas hasta el primer postmarxista, Alexandr Zinóviev, calificaban como el mal absoluto. Mientras, había también pensadores quienes veían en esta institución un rasgo innato del ser humano que a día de hoy hasta constituye uno de los derechos naturales. Lo único que queda claro es que la propiedad privada y su estatus sagrado constituían tradicionalmente una institución fundamental de la sociedad occidental, así como su negación y ausencia constituían una institución fundamental de la sociedad soviética. Desde la época de las llamadas revoluciones burguesas, desde la inglesa y hasta la contrarrevolución burguesa que hubo en Rusia en 1991, el establecimiento del ‘sagrado derecho de propiedad privada’ fue el resultado más importante de estas revoluciones, que se convierte en fundamento de toda la estructura social y el principal mecanismo de reproducción de la clase dirigente tradicional en Occidente, es decir, del poder. En Rusia la propiedad privada nunca desempeñó tales funciones en la época soviética ni antes de ésta. Uno de los problemas principales del proyecto soviético fue la reproducción de la clase dirigente y respectivamente del poder sin vínculos con la institución de la propiedad privada y con su negación total. Este asunto fue la locomotora de la Perestroika y la contrarrevolución burguesa de 1991.

    La nomenklatura o élite del Partido Comunista de la URSS que, de hecho, actuaba como clase dirigente en el país, se cansó hacia los ochenta del siglo pasado. La clase dirigente soviética no creó un mecanismo de su reproducción ni tampoco de la reproducción del poder. Desgraciadamente, unas u otras formas de represión aplicadas dentro de la clase dirigente constituían la única posibilidad de renovarla y ascender en la carrera. Un miembro de la nomenklatura podía perder todo de inmediato. La expulsión de la nomenklatura equivalía a una desocialización casi total. Esto fue el problema principal que no le gustaba a la clase dirigente soviética. El deseo de la nomenklatura soviética de formar un derecho hereditario del poder, crear mecanismos de reproducción del estatus social al estilo occidental fue una de las causas principales de la desintegración del proyecto soviético. Para esto fue necesario establecer en el país el ‘sagrado derecho de la propiedad’.

    Los promotores de la privatización postsoviética, el actual jefe de la corporación estatal de nanotecnología de Rusia Rosnano, Anatoli Chubáis, y su círculo no disimulan hoy que el objetivo real de la privatización no era la formación de nuevos mecanismos eficaces de gestión económica ni el desarrollo económico, sino la creación de una nueva clase de grandes propietarios. Esto se consiguió. Recordemos cómo fue reelegido el expresidente de Rusia, Borís Yeltsin, para un segundo mandato. Al inicio de la campaña presidencial, los mayores propietarios privados del país empiezan a coquetear activamente con el candidato opositor, Genadi Ziugánov, creando una amenaza real para Yeltsin de no salir reelegido. En esta situación el grupo de los mayores propietarios, encabezado por Anatoli Chubáis, le ofrece a Yeltsin llegar a un acuerdo: ellos celebran las ‘elecciones’, Yeltsin se queda en el poder y después les agradece a los propietarios, al transferirles los derechos de propiedad de los activos públicos más grandes y lucrativos. Esto se hizo realidad. Yeltsin ganó los comicios presidenciales y transfirió los activos industriales a los oligarcas mediante la celebración de subastas. La supersociedad occidental aprobó y apoyó este guión.

    Hay que reconocer que el único proceso realmente económico en la Rusia postsoviética fue la privatización. Todos los grandes capitales rusos se formaron como resultado de las decisiones políticas y no están vinculados con la actividad empresarial ni la gestión, ni los avances científicos o tecnológicos.

    El problema consiste en que la gran propiedad privada rusa y el capital ruso se formaron como elementos de la supersociedad occidental y debían encontrarse fuera del poder del Estado ruso. Yeltsin desempeñó un papel de títere. El proceso de privatización no contribuyó a la formación de mecanismos de reproducción tradicional de la clase dirigente nacional, sino que creó en Rusia la infraestructura de la supersociedad al estilo occidental.

    La retirada del poder de Borís Yeltsin y la elección de Vladímir Putin como presidente de Rusia debía ser un proyecto de promoción puramente oligárquico desarrollado por la élite oligárquica rusa. Pero el proyecto fracasó. Putin no fue títere de los oligarcas y hasta puso el capital bajo el control del Estado en cierta medida. Pero no es la solución del problema, sino un estado provisional. Putin logró hacerlo, pero no se sabe si lo conseguirá otro presidente cuando sea elegido. O quizás este otro presidente sea un agente consciente de la oligarquía. Es evidente que hay que prever una amnistía para los capitales que regresan a Rusia para reducir la posibilidad de aprovecharlos por parte del mundo occidental con el fin de ejercer influencia. Pero está claro que esto no soluciona el problema principal. ¿Qué queda? ¿La nacionalización? ¿El regreso del proyecto soviético?

    En 2006, en una de sus últimas entrevistas Alexandr Zinóviev dijo que “si la humanidad no supera el mal absoluto —es decir, la propiedad privada- dejará de existir”. Zinóviev siempre fue muy escrupuloso, al elegir términos, definiciones y conceptos. Parece que no fue casual el uso del vocablo ‘supera', en vez de ‘destruye’, ‘prohíbe’, ‘elimina’, aunque el marxismo y el proyecto soviético lo exigían. Mientras, el proyecto soviético no preveía una renuncia total a la propiedad, sino que la prohibía en relación con los llamados medios de producción. Nos parece que el problema de la humanidad no  radica en la institución de la propiedad privada como tal, sino en que ésta se posiciona como el principio general en relación con la organización social y, además, debido a lo anunciado, en la simbiosis de la institución de la propiedad privada y en la sustancia del poder que en realidad es un factor fundamental en relación a sociedad humana. Superar la propiedad privada quiere decir encontrarle un puesto funcional apropiado en el sistema social.

    El derecho de la propiedad privada en el que se basa la acumulación del capital, según Karl Marx, es un derecho económico. Marx analizó el fenómeno de creación del capital, ante todo, como un fenómeno económico. No dijo casi nada sobre el poder como una sustancia especial, le identificaba completamente con el Estado e insistía en la  necesidad de la desaparición tanto de la propiedad privada como del Estado. El líder bolchevique, Vladímir Lenin, ya aborda en su teoría del imperialismo la simbiosis del capital y del poder como una condición y el mecanismo principal de la reproducción de ambos. Hoy la situación se agravó aún más: el capital que en el sentido social pasó a ser la supersociedad, según Alexandr Zinóviev, convirtió al Estado sólo en uno de los canales del poder que ni siquiera fue el más importante. El poder usurpado por el capital a través de estructuras de la supersociedad no se regula ya por el Estado. Está completamente libre de éste, el Estado no restringe más el poder. Tal poder que se realiza fuera del Estado pasa a ser el superpoder. En las nuevas condiciones del superpoder formado se transforma también el derecho de propiedad. Este derecho deja de ser sagrado. Al subordinar el Estado, el superpoder realiza este derecho de modo arbitrario. Un ejemplo típico de esto es el modo de resolución de la crisis financiera en Chipre. Ya no es ningún secreto que el mismo modo se haga realidad en caso necesario en toda la Unión Europea. Otro ejemplo es el de las llamadas sanciones. El superpoder ya no necesita el derecho de la propiedad privada para reproducirse. La institución de la propiedad privada constituía el derecho sagrado sólo dentro de un Estado y en su jurisdicción. La supersociedad y el superpoder son enemigos del Estado. La supersociedad y su superpoder nos llevan a la desaparición del Estado y de la propiedad privada, según exigía Karl Marx. Así se manifiesta la verdadera ironía de la Historia. La ideología comunista dirigida a liquidar la propiedad privada al inicio y los Estados después planteó problemas históricamente. Y las causas de esto son evidentes.

    La propiedad privada es la institución de actividad económica. Se debe entenderla sólo de ese modo. Es decir, no es una institución global, sino local, sólo relativa a un ámbito de la actividad humana, o sea, el económico. La actividad empresarial privada, la acumulación, la creación de la riqueza es un guión de la autodeterminación humana bien posible y socialmente útil. No es el único posible, pero tampoco debe ser prohibido y eliminado. Sólo necesita una apropiada localización jurídica. Mientras, es muy difícil realizar esta tarea, especialmente hoy, cuando el superpoder es total. Para lograrlo es necesario:

    1) Devolver el poder exclusivamente en al marco del Estado, al tomarlo de las estructuras de la supersociedad y al modernizar el Estado hasta que sea capaz de ser la única institución de la realización del poder en la coyuntura actual.

    2) Dividir realmente los derechos económicos y políticos. Los propietarios no deben tener acceso a los derechos políticos, al poder. Los que están en el poder no deben tener acceso a los derechos económicos, la propiedad, el ahorro, la riqueza. Las actuales formas de división de negocios y el poder en el marco de la democracia total controlada no cumplen esta función. Es más, sirven de cobertura para ocultar el superpoder real.

    Quisiera recordar que la exigencia principal de las revoluciones burguesas celebradas en la historia moderna fue dar derechos políticos al Tercer Estado: la burguesía. La burguesía exigía el poder. Las consecuencias de esto las sentimos hoy en forma de  estructuras de la supersociedad y el superpoder. No había que exigir que se diese derechos políticos a la burguesía, sino que las clases dominantes renunciasen a los derechos económicos. Está claro que esto fue imposible entonces. Pero hoy es una de las exigencias principales para llevar a cabo un nuevo proyecto social que debemos hacer realidad si queremos conservar nuestra civilización rusa, y estar libre del poder de la supersociedad occidentalista descrita por Alexandr Zinóviev.

    Etiquetas:
    URSS, Club Zinóviev, Anatoli Chubáis, Borís Yeltsin, Vladímir Putin, Rusia
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