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    Vladímir Lepiojin

    La ideología civilizatoria vs. la Unión nazi

    © Sputnik / Vladimir Trefilov
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    Vladímir Lepiojin, miembro del Club Zinóviev, vuelve a reflexionar sobre la nueva idea nacional de Rusia como medio para superar la catástrofe global.

    En su tiempo, el autor de este artículo hizo una serie de publicaciones dedicadas a ‘la metafísica de la civilización rusa en diversas etapas de su evolución histórica' [http://www.eurasec.com/analitika/3184/]. La palabra clave aquí es la ‘metafísica'. Entendemos esta categoría del mismo modo como la entendía el filósofo alemán, Martin Heidegger: "La metafísica es la máxima interrogación". Al mismo tiempo, si hay preguntas debe haber respuestas. Y desde nuestro punto de vista, si la metafísica es la "máxima interrogación", entonces, la filosofía debería representar un conjunto de "máximas respuestas".

    Desgraciadamente, en la moderna filosofía postkantiana, postmarxista y postpositivista surgen cada vez más preguntas a las que cada vez hay menos respuestas. Puede explicarlo el hecho de que, en la segunda mitad del siglo XX, la filosofía mutó en la metafísica filosofante en la que una variedad de respuestas (que ni siquiera son respuestas, sino interpretaciones) constituye una ‘norma'.

    El primero que analizó de modo crítico el concepto de la ‘norma', basándose en las leyes de la lógica formal fue el filósofo ruso, Alexander Zinóviev. Él intentó sacar a la filosofía moderna —al menos la filosofía sociopolítica post-soviética- de su estado paranormal y metafísico, concretizando y agudizando en la mayor medida posible la ‘máxima interrogación' y devolviendo a esta filosofía la publicidad y una gran importancia social. Así las cosas, conforme a la tradición reconfirmada por Zinóviev, los actuales representantes del pensamiento social y político ya no tienen derecho a abusar de la metafísica y escolástica y se ven obligados a buscar respuestas a las cada vez más numerosas preguntas originadas por el presente que se hace cada vez más incomprensible.

    En general, el postmarxista consecuente, Alexandr Zinóviev, pensó y actuó de acuerdo con el postulado más importante de Karl Marx expuesto en su célebre obra ‘Tesis sobre Feuerbach': "Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo". (A propósito, el pasado 24 de septiembre, se cumplieron 60 años desde el día de la defensa por Alexandr Zinóviev de su tesis de candidato a doctor en la que analizó ‘El capital' de Karl Marx y la relación de lo abstracto y metafísico con lo concreto, en particular. Este preámbulo tan largo, desde Heidegger hasta Zinóviev, fue necesario para fundamentar la tesis siguiente: el paso de la interpretación del mundo a las acciones concretas dirigidas a transformarlo es el paso de la ciencia a la ideología y de la ideología a una práctica sociopolítica absolutamente nueva.

    Vladímir Lepiojin
    © Sputnik / Vladimir Trefilov
    La metodología del conocimiento siempre actuaba como puente entre las ciencias humanas y la ideología. Así las cosas, si la gnoseología estudia no sólo las leyes del universo, sino también las de la percepción del mundo, lo que pasaba antes y pasa actualmente en la conciencia de la humanidad y en millones de cabezas de individuos concretos, la metodología no sólo comprende las leyes y métodos del conocimiento elaborados por una ciencia como la lógica, sino también formas de visión del mundo, además de las interpretaciones individuales de los procesos que pasan en el universo.

    Según el sociólogo estadounidense George Ritzer, en las ciencias sociales hay actualmente "cinco principales paradigmas metodológicos" (en realidad, hay más), es decir, posturas, puntos de vista, modelos explicativos iniciales que sirven como fundamento para distintas ideologías. Cada uno de estos paradigmas está basado en una u otra opinión personal o conjunta de autores respecto a la realidad objetiva. En este sentido, cada paradigma es un espacio de lo individual y, según se sabe, lo individual, o sea, la colocación en el centro de pensamientos del interés concreto e individual, da origen a la formación de conceptos. Así las cosas, como hay un gran número de paradigmas metodológicos, parece poco eficaz analizar los motivos de la elección de uno de éstos paradigmas como principal para la creación de una nueva ideología en Rusia. Teniendo en cuenta que la metodología prevé no sólo determinar los métodos de conocimiento, sino, ante todo, dar una explicación clara a los objetivos de cualquier actividad intelectual (que son siempre paradigmáticos), consideramos que el planteamiento del objetivo es el principal criterio para la elección por el autor de uno u otro paradigma de conocimiento, interpretación del mundo y la proyección ideológica y política. Esta afirmación no es nueva. El científico ruso, Lev Gumiliov, destacó en su obra ‘La etnogenésis y biosfera de la Tierra' que es necesaria la existencia de un filosofema en cualquier interpretación y que su ausencia "viola el principio del análisis inductivo". Y por ejemplo, el fundador de la "sociología que intenta alcanzar un entendimiento", Max Weber, destacó en su tiempo que el entendimiento es el "proceso de conocer una acción social a través del sentido que da a la respectiva acción el individuo que la realiza".

    De ese modo, la creación de la ideología es un proceso inverso a la ascensión del conocimiento desde la constatación de hechos hacia su interpretación y luego al entendimiento de las esencias: al ascender hasta el entendimiento del contenido y sentido de unos u otros procesos (de lo concreto a lo abstracto), el ideólogo ‘desciende' hasta la creación de nuevas interpretaciones en base a los objetivos políticos que persigue (de lo abstracto a lo concreto).

    Desgraciadamente, pese a su potencia metodológica, el marxismo dio origen a una demagogia sofisticada en la teoría y al bolchevismo (cuasi-socialismo administrativo) en realidad. Esto se explica en mucho por la invención del concepto de formación social para analizar los procesos de la sociedad. Y esta actitud (en las teorías de Carlos Marx, Arnold Toynbee, Walt Rostow, Daniel Bell, etc) que puso de moda la creación de los llamados paradigmas de formación para los conceptos ideológicos, según los cuales el proceso histórico es una sucesión continua de regímenes socioeconómicos, dogmatizó al máximo las ciencias humanas de Oriente y Occidente.

    Las doctrinas de formación siguen siendo las más populares en el pensamiento social y político a nivel global. Pero esto no se debe al hecho que tales doctrinas dan una mejor explicación de lo que pasa en el mundo. La descripción de los procesos globales como una sucesión de unas u otras formaciones sociales da una sensación de que las leyes de la evolución de la sociedad son comprensibles, y por consiguiente se crea una ilusión de que es posible predecir el futuro, lo que ejerce una fuerte influencia en la conciencia de las masas. Los paradigmas de la formación centran la atención del investigador en los parámetros cualitativos de procesos históricos, en el nivel del desarrollo de tecnologías e instituciones distintas, en los tipos de relaciones sociales, en el carácter de sistemas de información y comunicación, etc., absolutizando el tiempo: ‘etapas del crecimiento' y ‘ciclos del desarrollo' en la historia. Así las cosas, otra modalidad de paradigmas cognitivos e ideológicos prevé la absolutización del ESPACIO.

    Al abordar parámetros geográficos de la llamada ‘subjetidad' de la política actual, no se puede pasar por alto una clasificación hecha por el politólogo estadounidense Samuel Huntington, quién, al explicar las ventajas de la metodología civilizatoria, distingue entre cuatro paradigmas tradicionales de la descripción de lo que pasa, cuando los procesos globales se analizan en el contexto de la globalización o como resultado de la lucha de las superpotencias, o como proceso de la competición de países y etnias, o como una ‘anarquía global'. En cuanto al nuevo paradigma civilizatorio, Huntington no sólo lo califica como el quinto, sino como el único paradigma científico adecuado y el más eficaz de todos los existentes a día de hoy. Según él, "ver el mundo desde la perspectiva de siete u ocho civilizaciones (locales) evita muchas de estas dificultades. No sacrifica la realidad a la parsimonia, como hacen los paradigmas de uno y de dos mundos; pero tampoco sacrifica la parsimonia a la realidad como hacen los paradigmas estatista y del caos. Proporciona una estructura conceptual fácilmente aprehensible e inteligible para comprender el mundo, distinguir lo importante de lo trivial entre los conflictos cada vez más numerosos, predecir acontecimientos futuros y proporcionar orientaciones a los responsables políticos". [Vea. S. Huntington. El choque de las civilizaciones. — M., 2003. — p.39]

    Pues, el politólogo estadounidense tiene razón: el paradigma civilizatorio se hace la herramienta más cómoda para ver y comprender fenómenos esenciales y establecer de modo adecuado las prioridades geopolíticas y de otro tipo en el siglo XXI, separando lo principal de lo secundario, por ejemplo, el conflicto civilizatorio y de valores entre el Mundo Ruso y un nuevo aspirante al dominio mundial del instinto animal de los nacionalistas ucranianos de agruparse en una manada de chacales que marcan con la sangre el territorio tomado por la Unión nazi. Por eso no es la idea liberal, según afirman los filósofos estadounidenses Francis Fukuyama, Immanuel Wallerstein y muchos otros adeptos de ésta, sino la teoría del proceso civilizatorio el único concepto no sólo comparable hoy con la teoría de Karl Marx, sino capaz de sustituirla como una nueva teoría e ideología social y antroposófica que, según pensamos, se convierte en un potente fundamento cognitivo y conceptual de la humanidad para ayudarla a superar la creciente catástrofe humanitaria global.

    Etiquetas:
    ideología, idea nacional, Club Zinóviev, Rusia
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