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    En la víspera del aniversario del estallido de la Primera Guerra Mundial el miembro del Club Zinóviev Oleg Nazárov recordaba: las desgracias llegan de Occidente.

    En 2014 se han cumplido 100 años de aquel 28 de julio de 1914, cuando Austria-Hungría declaró la guerra a Serbia. El 1 de agosto Alemania anunció su beligerancia contra Rusia, el 3 de agosto contra Francia y Bélgica. La amenaza de la ocupación alemana de Bélgica acabó con las vacilaciones de los británicos, y el 4 de agosto declararon la guerra a Alemania. Estalló la Primera Guerra Mundial.

    Analizando las causas de la catástrofe, el 'patriarca' de la diplomacia estadounidense, Henry Kissinger, llega a la conclusión de que "no había una sola exigencia específica rusa contra Alemania o una sola exigencia alemana contra Rusia que mereciera una guerra local, y mucho menos una guerra general".

    Rusia no presentaba pretensiones a Berlín, sólo se oponía al destrozo de Serbia por el imperio de los Habsburgo.

    En cambio, entre Berlín y Londres había muchas disputas en diferentes partes del mundo, mientras París ansiaba recuperar las provincias de Alsacia y Lorena.

    "La gran masacre" no fue preparada por los "bárbaros rusos" y su zar Nicolás II sino por el cuñado de éste, Willy (el káiser Guillermo II) y otros destacados representantes de la "civilizada" Europa. Los altos cargos de Alemania, Austria-Hungría y Gran Bretaña, los banqueros y magnates industriales, los políticos, militares y diplomáticos contribuían al estallido del conflicto. Cada uno de ellos contaba con que la guerra le aportaría a él y a su país ventajas materiales o políticas. Con ellas soñaban incluso las élites de las colonias europeas.

    Nadie es profeta en su tierra

    Entretanto, había analistas más sensatos y prudentes cuyos pronósticos no han perdido actualidad hasta hoy.

    Rusia en la Primera Guerra Mundial
    © Sputnik / Alexei Varfolomeyev
    En el lejano año de 1886 Friedrich Engels, tan impopular ahora, señaló que las contradicciones entre las grandes potencias mundiales hacían imposible la localización de los conflictos militares entre ellas. En 1895, poco antes de su muerte, el pensador alemán afirmaba que cualquier guerra que estallara sería mundial. A diferencia de los Estados Mayores militares de las grandes potencias, cuyos jefes estaban seguros de que el conflicto no duraría más de un año, Engels predijo que la guerra se prolongaría durante tres o cuatro años y acabaría con la derrota de Alemania.

    En febrero de 1914 el líder de los monárquicos rusos en el Consejo de Estado, Piotr Durnovó, envió al Emperador Nicolás II una carta en la que advertía de que el mayor peso en la guerra, que seguramente se haría entre las coaliciones encabezadas por Gran Bretaña y Alemania, "caerá sobre nosotros".

    Durnovó no ocultaba su escepticismo relacionado con el acercamiento entre San Petersburgo y Londres, seguro de que la alianza con la nebulosa Albión no traería ningún beneficio a Rusia. Analizando las posibles ventajas o desventajas geopolíticas señaló que "la única adquisición en esta guerra puede ser Galitzia (de los Cárpatos)" añadiendo: "Sólo un insensato podría querer anexionar Galitzia. Quien lo haga perderá el imperio…"

    En el caso de fracasos militares, según el pronóstico del antiguo ministro del Interior, "es inevitable en Rusia una revolución social, en sus manifestaciones más extremas".

    Las proféticas advertencias del socialista alemán y el monarquista ruso quedaron desoídas por las élites poíticas de las grandes potencias quienes, sin pensarlo dos veces, dieron inicio a una sangría masiva.

    Crueles consecuencias de la Gran Guerra

    Un hospital para soldados norteamericanos en una iglecia destruida en Francia
    © Foto : NARA/U.S. Army/Sgt. J. A. Marshall
    Puede parecer extraño pero amplias capas de población de los países beligerantes acogieron la guerra con entusiasmo. "Era una insólita mezcla del patriotismo acumulado, alegría romántica de poder participar en una gran aventura, ingenua esperanza de que la contienda solucionara todos los problemas existentes. La mayoría de los alemanes creía con fervor, al igual que la mayoría de los ingleses y franceses, que su país había sido víctima de una agresión brutal", constató el historiador británico Gordon Craig.

    Los rusos no caían en el mismo error. Y culpar a Rusia de desatar la Primera Guerra Mundial es algo a lo que aún no se han atrevido ni siquiera los rusófobos o los falsificadores de la historia.

    Las consecuencias de la guerra fueron catastróficas. Los muertos, enfermos y mutilados se calculaban en millones. Las ciudades yacían en ruinas, los pueblos se quedaron vacíos. La guerra, según indicó certeramente la historiadora rusa Helena Seniávskaya, "sacudió la conciencia social, representó un estrés psicológico para toda la civilización moderna al demostrar que todos los progresos científicos, técnicos, culturales y morales alcanzados por el hombre son incapaces de evitar que la humanidad se hundiera, fulminantemente, en la sangriente barbarie y salvajismo".

    En 1919 Londres, Washington y París redibujaron el mapa del mundo sin la participación de Rusia, "olvidando" que fueron los rusos los que habían sufrido las pérdidas más graves en la guerra.

    Después el "Occidente civilizado" gobernó con tanto "arte" que una nueva caída de la humanidad en "la sangrienta barbarie y salvajismo" no se hizo esperar.

    Tropezar dos veces con la misma piedra

    El presentimiento de una nueva guerra cobró forma cuando en Alemania llegaron al poder el 30 de enero de 1933 los nacional-socialistas, ansiosos de revancha.

    En el escenario internacional se desató la lucha entre los partidarios de la política de "la seguridad colectiva", que con insistencia promovía la URSS, y las democracias occidentales, que esperaban "pacificar al agresor" a costa ajena. Gran Bretaña y Francia trataban a Alemania con contemplación contando con que dirigiría su agresión al este.

    El 30 de septiembre de 1938 en Munich, a dónde no se invitaron a los representantes de la URSS, Gran Bretaña, Francia e Italia sacrificaron Checoslovaquia ante Hitler. Al regresar a Londres el primer ministro británico Chamberlain declaró con orgullo: "He traído la paz a nuestra generación".

    No pasó ni un año hasta que los británicos tuvieron que entrar en la guerra. Tampoco lo pudo evitar la URSS.

    La historia de las dos guerras mundiales pone de manifiesto que ambas fueron iniciadas por los Estados occidentales. El principal agresor en 1914 y 1941 fue Alemania.

    En 2014, por tercera vez en un siglo, la humanidad se ve al borde de una nueva masacre mundial. Occidente, liderado por EEUU está dispuesto a tropezar una vez más con la misma "piedra" rusa que con creces devolvió el golpe a Alemania.

    Aunque, a diferencia de los alemanes, los estadounidenses prefieren hacer guerra con manos ajenas. ¿Se las volverán a arreglar para quedarse escondidos al otro lado del océano?

    Entretanto sólo nos queda reconocer que si el instinto de conservación no detiene a los 'buitres' de Washington, las declaraciones pacíficas de los diplomáticos rusos no podrán evitar el estallido de la Tercera Guerra Mundial. Como no lo habían hecho las declaraciones de la diplomacia zarista ni soviética en víspera de las dos guerras anteriores.

    Así que no tiene sentido temer la guerra.

    Si estamos preparados para lo peor, recibiremos lo que venga.

    Etiquetas:
    Primera Guerra Mundial, Club Zinóviev
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