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    Olga Zinóvieva

    La lengua rusa está en peligro

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    Olga Zinóvieva, Club Zinóviev
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    El idioma ruso corre el riesgo de ser borrado del mapa, opina la copresidenta del Club Zinóviev, Olga Zinóvieva, que aboga por recuperar y ampliar el ámbito donde se usa este idioma.

    La lengua rusa corre en estos momentos peligro de exterminio, pese a que su ámbito lingüístico va mucho más allá de los límites políticos y geográficos a los que busca reducirlo la comunidad internacional. Se han introducido contra Rusia sanciones económicas, se arremetió contra quienes se atrevieron a usar en Ucrania el ruso (su lengua materna) y a defender los valores nacionales de los rusoparlantes. Estas limitaciones recuerdan a la mordaza con la que los secuestradores pretenden callar a los rehenes… Es una historia muy larga, una antigua venganza con el mundo ruso que, sin embargo, está cobrando en el siglo XXI rasgos de una peligrosa epidemia.

    No fue casual, por lo tanto, la decisión que tomó el pasado 9 de junio de 2014 el presidente de Rusia Vladimir Putin: formar un Consejo para la lengua rusa encargado principalmente de proteger y afianzar la posición de la lengua rusa tanto en el territorio nacional, como en el extranjero, así como aumentar su uso a nivel mundial.

    La actitud marcadamente agresiva de EEUU respecto a Rusia y todo lo ruso raya la abierta enemistad y demuestra que las ventajas y el indudable liderazgo que ostentó el mundo ruso a lo largo del siglo pasado se han vuelto insoportables para los arquitectos del nuevo orden geopolítico. En el siglo XX sería impensable una escena como la que ha ocurrido recientemente en la ONU, cuando al representante ruso se le ha indicado sin rodeos que Rusia, país "que había perdido la Guerra Fría", debería quedarse callada y acatar las indicaciones de los países líderes, a los que había dejado de pertenecer tras su expulsión del G-8.

    A los estrategas del mundo unipolar les parece poco hacerse con las tan apetecibles llanuras rusas y apoderarse de las suculentas riquezas de su subsuelo. Buscan destruir el país y someter su inquebrantable espiritualidad y su cultura para que en los nuevos mapamundis ya no figure ningún país con el nombre de Rusia.

    Más aún, aspiran a tachar toda mención de nuestro país de las páginas de la Historia, la cultura y la ciencia mundial. Y el camino más corto para conseguirlo es destruir la lengua de Lomonósov y Pushkin, de Tolstói y Dostoyevski, ofreciendo a cambio un primitivo sistema basado en emoticonos, votaciones en Facebook y otras redes sociales. Reducir el universo lingüístico ruso a la enseñanza de interjecciones y palabrotas, algunos cursos profesores del ruso en la Universidad de Maryland en EEUU y las escuelas de idiomas del Ejército estadounidense por todo el mundo.

    En los tiempos que siguieron a la perestroika patrocinadores extranjeros lanzaron programas que ofrecían dinero a raudales, pero eran de realización a corto plazo. Tras recibir rápidos beneficios los inversores suelen acudir al reparto.

    Y, sin embargo, sigue en pie nuestro país…

    No sorprende, por tanto, que se siga planteando el problema de Rusia. De ahí la destrucción y sometimiento en los que se han ido invirtiendo grandes cantidades de dinero a lo largo de los últimos dos siglos. De haberse usado este dinero para combatir la pobreza, se habría acabado definitivamente con ésta en todo el planeta.

    El principal problema de Rusia consiste en que representa un estorbo para que EEUU acaben de repartirse el mundo a su antojo. No cuadramos en el esquema planeado por Washington.

    Ni que tuviéramos la culpa de esta situación, pero el cansancio y la irritación se han apoderado de casi todos los países de la comunidad internacional, pendientes como estaban de que el "milagro ruso" desapareciera al cabo de unos 20 años, plazo definido por sus expertos. Dos décadas años se le concedían a nuestro país para dejar de existir. Todo parecía indicar que Rusia estaba aplastada, que había perdido todas sus ventajas en la arena internacional y se había quedado sin apoyo de sus aliados de antaño. Traidores y deshonestos hicieron cuanto se pudo para que se instalara en nuestra casa el dominio lingüístico de la democracia colonial británica y estadounidense. Sus frutos fueron libros de texto mal redactados y traducidos al ruso que se introdujeron en los colegios, anuncios de publicidad en inglés, acento pronunciado de los presentadores de programas de televisión. Y también la introducción de tests en vez de pruebas, que eran tan propias un país independiente que cuenta con una historia nacional y cuya literatura es un verdadero tesoro.

    La principal tendencia que se viene observando por doquier en el espacio postsoviético es la reducción forzosa de la influencia del ruso, el "obligado destete de la madre Rusia". Fue una política puesta en práctica con mucha sabiduría e insistencia. Basta con acordarse de los países bálticos y Ucrania. Merece la pena señalar, sin embargo, que en la República Checa la situación cambió y en 1992 en las cafeterías y restaurantes se les empezó a saludar a los turistas rusos en su lengua. Una situación parecida se vive ahora en la orgullosa e independiente Estonia, que todavía no ha conseguido hablar con soltura inglés ni alemán, pero sí desea beneficiarse del turismo, viniendo los visitantes principalmente de Rusia.

    ¿Qué podemos hacer?

    En esta situación sería vital recuperar y ampliar la esfera del uso de la lengua rusa. Y es muy importante que participe en este proceso toda nuestra sociedad. La experiencia de algunos países demuestra que sería necesario un cierto control legal y administrativo del uso de la lengua rusa en los medios de comunicación, en el funcionamiento de la Administración Pública, en la enseñanza en los colegios y los centros de educación superior. Ha llegado la hora de poner fin a los ánimos que destilan desprecio hacia el ruso, tan extendidos en Internet y otros ámbitos. Ofreceríamos a cambio el respeto hacia la lengua materna, la recuperación del orgullo por poseer un patrimonio cultural único. Porque no hace mucho tiempo las obras de los clásicos de la literatura rusa puestas en escena en los teatros del país compartían esta riqueza con el público, los artículos en los periódicos y revistas e incluso los documentos oficiales servían de ejemplo de ortografía y puntuación. Los niños se iniciaban en el dominio de la lengua gracias a los libros de texto, cuyo material había sido seleccionado con sumo esmero. Nos acordamos de cómo hacíamos largas colas para conseguir las obras completas de los escritores rusos o tramitar suscripciones para revistas literarias.

    Este valor educativo es el escudo que nos fue entregado por nuestros profesores, es lo que nos ayuda a vivir, a pensar en ruso y a seguir siendo patriotas de nuestro preciado país.

    La lengua rusa lleva la huella genética de la mentalidad nacional que ha de renacer y desarrollarse, de la misma forma que nunca dejan de correr las aguas de nuestro principal río, el Volga.

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