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    El año en que la pandemia magnifica una crisis larvada aloja una profusión de estudios sociológicos y económicos ante la llamada nueva realidad. Sputnik conversa con el economista Santiago Niño-Becerra, autor de 'Capitalismo (1679-2065)', un trabajo que promete ser de referencia: las claves del nuevo sistema que sustituirá a un capitalismo agotado.

    El capitalismo está dando señales evidentes de agotamiento y se vislumbra la fecha de su deceso y sustitución por otro sistema, que no necesariamente será democrático o mejor. Tal es el análisis de este economista y divulgador nacido en Barcelona en 1951, cuyo prestigio mediático se consolidó en 2009, cuando a diferencia de la gran mayoría de especialistas en España, vaticinó en su obra El Crash del 2010 la profundidad casi irreversible de la crisis mundial desatada en 2008 que afectaba al país, situación de la que venía alertando desde muchos años atrás.

    En su nuevo trabajo, Capitalismo (1679-2065), Niño-Becerra extrae una tendencia del análisis del devenir histórico del sistema capitalista que le faculta para augurar la forma del nuevo modelo que está haciendo aparición. Si bien en los últimos 40 años los trabajos de sociólogos y economistas como Alvin Toffler o Jeremy Rifkin definieron certeramente algunas de las características de la sociedad futura y sus relaciones laborales, este catedrático de Estructura Económica en el Instituto Químico de Sarriá de la Universidad Ramón Llull de Barcelona va más allá y pone fecha al agotamiento de este sistema y la consolidación de otro nuevo: sobre 2065 o en algún momento entre 2060 y 2070.

    Colaborador habitual en diversos medios de comunicación para temas de actualidad económica, Santiago Niño-Becerra es también autor de decenas de artículos especializados, que publica regularmente en su blog personal.

    El economista y catedrático español Santiago Niño-Becerra
    El economista y catedrático español Santiago Niño-Becerra

    ― ¿Qué es lo que le ha movido a componer Capitalismo (1679-2065)?

    ― Tras varios años de actividad docente y de numerosas conferencias e intervenciones en medios de comunicación, llegué a la conclusión de que era necesaria una obra que abordase qué es el sistema capitalista, cómo y por qué surgió, cómo se está desempeñando y cómo es posible que evolucione considerando que en los últimos 2000 años los sistemas socioeconómicos han tenido una duración de, aproximadamente, 250 años

    ― ¿Hasta qué punto no es arriesgado señalar fechas más o menos concretas? ¿Cree que los datos y signos que arroja la economía mundial son ya tan claros que no cabe otra interpretación?

    ― El sistema capitalista nace tras el final de las Guerras Napoleónicas, datándose su momento inicial ―un convencionalismo, sin duda― en 1820 con la botadura del primer buque con casco metálico. Añadiendo a tal año los 250 años mencionados, se obtiene el año 2070. Es decir, algún momento entre el 2060 y el 2070. En cualquier caso, operativamente sería intrascendente que de manera oficial el final fuese datado en el 2080. Lo que quiero decir es que el sistema capitalista no será eterno, al igual que no lo ha sido ninguno de los que le han precedido.

    ― En su obra cita reiteradamente algunas características inherentes al capitalismo desde su origen y contra las que los gestores del propio sistema parecieron luchar en la segunda mitad del siglo XX: que tiende por naturaleza al monopolio, que su motor es el consumo y que su vigencia es acorde a las leyes naturales (solo sobreviven los más fuertes). ¿Se van a exacerbar estas características en un futuro a medio plazo? Es más, ¿vamos hacia un modelo caracterizado por un darwinismo social total?

    ― Desde la noche de los tiempos la persona humana, sea de forma individual o agrupada en colectivos tiende a la desigualdad y a la concentración de la riqueza, de tal modo que ha sido a través de actos voluntarios como se ha conseguido reducir tal desigualdad. Pero no fue hasta la aparición del socialismo a mediados del siglo XIX y del progresivo aumento de la productividad económica cuando las acciones gubernamentales en pos de la reducción de la pobreza comenzaron a convertirse en parte de la política gubernamental.

    El sistema capitalista tiende de forma natural al oligopolio ―al monopolio, en teoría―, pero al sistema no le interesó que unos pocos dominen los ámbitos productivos y distributivos, ya que también se monopolizarían las ganancias. Además, un escenario oligopolista impondría la desigualdad máxima en unos momentos en los que el concurso de la población es imprescindible para producir y consumir.

    Por ello, tras la Segunda Guerra Mundial y en el entorno de la Guerra Fría es cuando en el capitalismo la desigualdad se hace mínima debido a la muy activa política fiscal redistributiva puesta en marcha: era necesaria una sólida paz social, por lo que era imprescindible un contundente modelo de protección social. Y a la vez era imprescindible que la población fuese consciente de lo que tenía que perder si no se comportaba según lo que era conveniente. Desde la década de los 80 ya no es preciso ese esquema, pues la demanda de trabajo tiende a la baja a la par que la tecnología va sustituyendo al factor trabajo. Ya no es necesario seguir minimizando la desigualdad ni frenar la constitución de oligopolios en un entorno de creciente concentración tecnológica, es decir, de capital.

    ― Alude al fascismo como protector de la clase capitalista y sus intereses. En el cambio de paradigma y de modelo que augura, ¿podrá resistir el capitalismo la tentación de recurrir a soluciones fascistas o filofascistas para asegurar su supervivencia?

    ― Todas las referencias que tenemos del fascismo son clásicas. Es decir, propias de épocas en las que el factor trabajo era esencial, por lo que la clase capitalista precisaba de paz y orden y de ninguna reivindicación obrera. Pero, ¿qué sucederá en un entorno en el que la demanda de trabajo solo precise del 10% de la población activa más cualificada y de otro 10% de cualificación media? En una situación como esa la ideología deja de tener sentido y lo único que pasa a tenerlo es la productividad. Llegados a ese punto cabría preguntarse si lo descrito en Un Mundo Feliz [Aldous Huxley, 1932] es fascismo u otra cosa.

    ― Ya hemos tenido algunos ejemplos de los poderes financieros dictando la política económica a los Gobiernos. De hecho, usted anticipa que las grandes corporaciones suplantarán a estos en el modelo que está por venir. ¿Para qué sirve el voto de la ciudadanía? ¿El capitalismo es incompatible con la democracia?

    ― La democracia que hemos conocido, que conocemos, es un invento burgués y legitimador: el sistema precisaba del visto bueno de la ciudadanía para implementar políticas económicas que tuvieran como objetivo el crecimiento, independientemente del color del Gobierno de turno. Tras la Segunda Guerra Mundial, en la mayor parte de Europa fueron gobiernos demócrata-cristianos los que implementaron el modelo de protección social, modelo que no cesó de mejorar hasta los años 80 al margen de los partidos que gobernasen. Lo que ha sucedido es que la democracia está empezando a dejar de ser necesaria porque están dejando de serlo las políticas sociales redistributivas. Por eso el modelo que ya está despuntando en el horizonte, aun siendo capitalista, será muy poco democrático: ¿por qué tendría que serlo si ya no es necesario que lo sea?

    ― ¿Cómo reaccionarán los Estados ante esa progresiva suplantación? Lo digo porque la situación no sería exactamente nueva; en el siglo XIX la Compañía Británica de las Indias Orientales fue disuelta por la Corona luego de haber obtenido un poder inmenso a todos los niveles en las colonias, un auténtico Estado paralelo.

    ― La Corona disolvió la Compañía de las Indias Orientales porque esta, un ente con características del siglo XVII y por tanto en gran medida superadas, llegó a imbricarse en el Estado. Salvando las distancias, es el Complejo Industrial y Militar al que se refirió el presidente estadounidense Dwight Eisenhower en su discurso de despedida [1961]. Es decir; no es una suplantación, y no lo es porque a una gran corporación industrial o financiera nunca le interesará tomar el control directo de un Estado.

    ― Una de las ideas constantes del libro es que es y será imposible satisfacer la oferta de trabajo, que las nuevas tecnologías lo eliminarán como factor, y de hecho resalta una de las predicciones de Rifkin: que en algún momento del siglo XXI solo 350 millones de personas producirán todo el PIB del planeta. ¿Le sobra al capitalismo la mayoría de la gente? ¿Por qué no puede reaccionar el sistema ante un problema de pobreza estructural?

    ― Desde el inicio de la I Revolución Industrial la demanda de trabajo fue decreciente: 50 millones de europeos emigraron a América entre 1845 y 1913, la demanda de trabajo en Europa no podía absorberlos. Lo que sucede es que fue a partir de la década de los 80 cuando la divergencia entre crecimiento económico y demanda de trabajo se fue haciendo verdaderamente manifiesta, y eso sucedió tanto en las economías capitalistas como en las de planificación central.

    Es ineludible e inevitable que el aumento de productividad sea una constante humana, lo cual lleva a un uso progresivo de tecnología crecientemente eficiente y supone la formación de un excedente de factor trabajo que tiende al alza. Ese fenómeno puede abordarse no haciendo nada, lo que llevará a una miseria en aumento y a una mayor inestabilidad social, o instaurando una renta básica y planificando el crecimiento demográfico. Lo que es imposible, porque va en contra de la naturaleza humana. Es limitar el crecimiento, la mejora tecnológica.

    ― Otra de las ideas centrales de Capitalismo (1679-2065) es que la pandemia de COVID-19 simplemente ha acelerado como un turbo la crisis latente derivada del falso cierre de la iniciada en 2008. En el caso de España, afirma que su incorporación al euro fue el hecho que propició la vigencia de una ilusión económica tras la que se hallaba una economía insostenible, por eso cualquier crisis es más profunda. ¿Qué otras opciones pudo haber tenido España a finales de los años noventa? ¿O todas pasaban por estar fuera de la UE (al menos fuera de la eurozona)?

    ― Ninguna. Yo fui uno de los pocos economistas que dijimos que España pagaría con desempleo, subempleo, precariedad laboral y bajos salarios no tener una productividad suficiente para competir en el área monetaria que se formaría con el euro, una divisa que, en realidad, fue diseñada para los países de la antigua Área del Marco. Pero quedarse fuera del euro suponía que España ponía en peligro el 65% de su comercio internacional, ya que lo realizaba con Europa.

    Otro elemento actuó de "convencedor" para que la peseta entrase en el euro: el derrumbe de la prima de riesgo que suponía la entrada en la zona euro, lo que haría que entrasen en tromba capitales en España para financiar negocios, como así sucedió. De cada 100 euros que entre 2001 y 2007 las entidades financieras concedieron en créditos inmobiliarios, 55 procedieron de Europa. Claro que cuando llegó el estallido de la burbuja…

    ― Siguiendo con España, en el texto se alude a la frase espetada por el expresidente de Bankia, exdirector del FMI y exministro de Economía, Rodrigo Rato, durante una de sus comparecencias ante la comisión de investigación del Congreso de los Diputados, cuyo sentido profundo atañe a un carácter más universal: "¿Saqueo? Es el mercado, amigo". ¿Es el ejemplo de la delgada línea que parece existir en el capitalismo entre el fraude y el negocio, entre el enriquecimiento lícito y el saqueo criminal?

    ― Es una frase genial porque resume en cinco palabras lo que es la esencia del sistema capitalista y lo que sucedió en España entre 2001 y 2008. El Dr. Rodrigo Rato tenía razón: no hubo saqueo porque a nadie se le obligó a contratar una hipoteca en una entidad financiera que regularmente era supervisada por un Banco de España que, a su vez, lo era por el Banco Central Europeo. Que luego se produjese una catástrofe, fue consecuencia de un elemento inherente al mercado: el ente regulador del sistema; el riesgo. En otras palabras, nadie era culpable y la responsabilidad recaía en quienes no habían querido o sabido asumir sus riesgos.

    ― Otra de las impresiones que se extraen de su trabajo es que el capitalismo empieza a devorarse a sí mismo tras la Crisis del Petróleo de 1973, cuando aumentaron los gastos de la producción y se procedió a recortar la protección social del modelo. ¿Pudo salvarse si se hubiera puesto coto a los beneficios empresariales? ¿O la voracidad de los altos ejecutivos y tenedores de capital tergiversó la posibilidad de sostener el modelo?

    ― La máxima del sistema capitalista es la de que vence quien es más hábil, más listo, más capaz; quien sabe adaptarse mejor, anticipándose, a un entorno cambiante. (Ese fue el fallo de Marx, subestimó la capacidad de parte de la gran burguesía para adaptarse a un nuevo escenario). Quien lo logra gana y se lo lleva todo. En los años 70 en Suecia, ante la evidencia de lo que estaba llegando, y financiado por el Gobierno, se realizó un estudio: sobre las implicaciones que tendría sobre el empleo y el bienestar la limitación por ley de la tasa de beneficios que podían obtener las empresas.

    El resultado fue el esperable: las empresas trasladarían sus actividades a zonas en las que tales limitaciones no existiesen, por lo que la economía del país se hundiría. Pienso que no se trata de un tema de voracidad, sino de psicología humana: el capitalismo permite que el sentimiento de acumulación que todo humano lleva consigo, pueda llevarse hasta el límite sólo respetando unas normas legales muy simples. Estoy convencido de que si trajésemos al presente a un comerciante fenicio o veneciano, entendería de maravilla el capitalismo, máxime si un ente llamado Estado brinda protección jurídica a quien se mueve en ese entorno para que pueda realizar su negocio. Y esos comerciantes se extrañarían de que hubiese un sistema de protección social, aunque fuese limitado e imperfecto.

    ― En los últimos años, parte de los esquemas de la actividad económica aluden a conceptos que subrayan lo colectivo, tal vez un carácter socialista: crowdsourcing, crowdlending, crowdfunding, crowdwisdom, coworking, co-sharing, co-living, etc. ¿Necesita el capitalismo acudir a terminologías y modos de proceder distintos para humanizarse e intentar perpetuarse?

    ― Pienso que esta tendencia nada tiene que ver con el socialismo, sino con el aprovechamiento de posibilidades. Las empresas capitalistas han visto que la tecnología les permite el acceso a todo el planeta al mismo tiempo, de forma que todo el mundo, al mismo tiempo, se convierte en un mercado de inputs y de outputs segmentable según conveniencia.

    ― La personalización de las necesidades a partir de la paulatina venta de nuestra privacidad con el fin de crear mayor seguridad y anticipación en las relaciones económicas, ¿no es también una forma de planificación económica? Da la impresión de que el capitalismo al final se impregna de líneas de actuación más propias de una economía de plan que del "ente vivo y su mano invisible"...

    ― En 1967, el que está considerado el abuelo de la Estructura Económica en España, José Luis Sampedro, publicó una obra que en su momento levantó gran polémica: Las Fuerzas Económicas de Nuestro Tiempo. En ella el profesor Sampedro llega a la conclusión de que, en el límite y completada su evolución, los sistemas económicos tenderán a aproximarse y a converger. Pienso que el tiempo le está dando la razón.

    ― Usted explica que la tecnología provocará el fin del trabajo y que sobrevendrá un horizonte dominado por la imposibilidad de consumir bienes para las personas que no estén implicadas en el negocio, en su producción. ¿Se contempla un exterminio de parte de la población como consecuencia de una lógica darwinista? ¿O es un cálculo ya establecido y al que el nuevo modelo se encargará de exonerarle de responsabilidades?

    ― No, porque esa situación no garantizaría la estabilidad social. El aumento espectacular de la productividad que se obtendrá gracias a la tecnología hará que los precios de los bienes esenciales se reduzcan. Unos salarios bajos como consecuencia del subempleo y unidos a la renta básica garantizarán la subsistencia de la población no esencial: los insiders.

    ― Para estos insiders, mayoritarios, usted predice la instauración de un "trinomio social" a base de renta básica, marihuana legalizada y ocio casi gratis. ¿Este nuevo pan y circo será suficiente para desbaratar cualquier conato de denuncia del nuevo modelo?

    ― Pienso que sí, porque la subsistencia estará garantizada gracias a la elevada productividad. Además el substrato social no es ni será propicio a conatos reivindicativos: es inimaginable hoy o dentro de diez años un suceso semejante a la Commune de Paris o a la Masacre de Ludlow, entre otras razones porque la tecnología permitirá la monitorización en tiempo real de los comportamientos de la población.

    ― ¿Entrará el nuevo modelo en crisis? Si el modelo surgido tras la Segunda Guerra Mundial no se sostuvo, ¿se sostendrá el del trinomio social? Es más, ¿no se acude con este a algunas de las soluciones de tipo socialista que desde el capitalismo se han demonizado históricamente?

    ― El nuevo modelo se agotará al igual que se agotaron en 1873, 1929 y 2007 los modelos con los que ha funcionado operativamente el capitalismo. Al no ser igual el capitalismo de 1853 y el de 1960 debido a que no lo eran sus características y su entorno, no lo fueron los modelos vigentes en esos momentos. Del mismo modo, el nuevo modelo cumplirá las necesidades de estos próximos años hasta que también se agote. Será, como lo fue en el pasado, un mero tema de evolución en el que las opciones políticas serán secundarias.

    Coronavirus
    © REUTERS / Dado Ruvic/Illustration
    ― El nuevo sistema, ¿no tomará en realidad parte de los conceptos que han distinguido a los modelos de economía planificada soviético y también chino? Porque en la URSS el trabajo no era un derecho, sino una obligación constitucional, por lo que todo el mundo trabajaba por poco productiva que fuera su ocupación y percibía un salario. Sanidad, educación y vivienda estaban aseguradas, el coste del entretenimiento ―cines y teatros― era ínfimo. Y en China el control de la privacidad, también al albur de la pandemia, parece anteceder al que el nuevo modelo busca potenciar, tras la entrega masiva de datos de los ciudadanos-consumidores a las grandes compañías de forma voluntaria.

    ― Volvemos a la obra del profesor Sampedro. En el nuevo sistema, creo que conceptos sobre los que se han sustentado el sistema capitalista o el de economía planificada perderán todo sentido, como la individualidad o el productivismo. Pienso que el individuo será importante en función de lo que aporte al grupo y que lo necesario será lo que sea importante.

    Los Estados perderán también el sentido ―de hecho ya lo han perdido hoy― al ser desempeñadas la mayoría de sus funciones por corporaciones de alcance mundial en un entorno en el que los conflictos nacionalistas tampoco tendrán sentido porque a nadie beneficiarán. Será una confluencia de fuerzas donde o todas ganarán o todas perderán. Nada semejante a lo que hasta ahora hemos contemplado, pero algo parecido a la comparación que podía extraerse entre el Renacimiento y la Baja Edad Media.

    ― Y por último, ¿será China la gran influencia en el cambio de modelo que usted augura se avecina? Lo digo porque este país es de los pocos que ha logrado contener el virus, el primero en organizar una campaña masiva de vacunación en octubre y el único que ha logrado poner en marcha otra vez su economía. También porque la impresión que desprende su trabajo es que el nuevo modelo no tendrá que ser necesariamente otra vuelta de tuerca del capitalismo.

    ― Del nuevo modelo ya estamos apreciando las primeras evidencias: la colaboración entre compañías competidoras, la relocalización de producciones que se realizan mediante procesos robotizados y de producción aditiva, el creciente poder de las corporaciones globales, etcétera.

    Qué duda cabe que los desarrollos tecnológicos y operativos de China en buena medida están ya representados en el entorno internacional y que la tecnología de su modelo social será clave en el nuevo entorno. Pero el modelo económico chino encierra un problema de casi imposible solución: China precisa de un crecimiento mínimo del 6% anual para ocupar al incremento de población activa que cada año se incorpora a su mercado de trabajo. Este es un tema que la pandemia de COVID-19 ha aparcado, pero que sigue y seguirá estando ahí. Ese aspecto y lo que comporta no es un elemento en el que China pueda ser ejemplo.

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