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    El monetarismo y el keynesianismo son dos teorías que salen a relucir cada vez que una crisis pone a prueba al sistema capitalista. La depresión económica generada por el nuevo coronavirus no fue la excepción. Sin embargo, tanto sus causas como las características de la economía del siglo XXI muestran nuevos escenarios que desafían su aplicación.

    A pesar de que los pronósticos de una crisis económica de grandes dimensiones aparecían de manera recurrente, esta vez fue un cisne negro— suceso disruptivo—, el virus SARS-CoV-2, culpable de la recesión que el mundo enfrenta.

    En seis meses de pandemia, la enfermedad COVID-19 provocó más de 22,6 millones de contagios con más de 793.000 muertes y, de acuerdo a Naciones Unidas, será la causante de que 100 millones de personas caigan en la pobreza este año.

    Las proyecciones del Fondo Monetario Internacional estiman que la economía global caerá 4,9% en 2020, a su nivel más bajo desde la Gran Depresión de 1929. El Banco Mundial es menos optimista y calcula una baja de 5,2% en el Producto Bruto Global.

    La recuperación comenzará en 2021, pero es temprano para vaticinar cuando los indicadores de empleo, producción o ingresos volverán a sus niveles previos al brote.

    ¿Cuál teoría económica es mejor?

    Las medidas tomadas por los Gobiernos alrededor del mundo para enfrentar tal escenario reabrieron una vieja discusión sobre la vigencia de las respuestas que las escuelas de pensamiento económico más aceptadas brindan a las crisis del sistema capitalista.

    Así, las ideas keynesianas, caracterizadas por una fuerte intervención del Estado en la economía, volvieron a enfrentarse a las del monetarismo y su inclinación por la protección de "las fuerzas del mercado" y la no intervención más allá de acciones de emisión monetaria.

    Ambas teorías surgieron como respuesta a crisis económicas y tuvieron sus auges en diferentes momentos de la historia. La primera, expuesta por John Maynard Keynes, fue desplegada en su obra de 1936 Teoría general del empleo, el interés y el dinero, en la cual desarrolló una estrategia de recuperación para la Gran Depresión que se extendió al mundo a partir del crac de la bolsa estadounidense en 1929.

    En el texto, el británico apuntaba a la política económica como la mejor herramienta para enfrentar la caída de la actividad y de la demanda agregada, es decir, todos los bienes y servicios que los actores de la economía consumen, y que tiende a disminuir cuando caen los ingresos disponibles.

    A criterio de Keynes, el gasto público era clave para estimular la recuperación de tal demanda, lo cual se traduciría en un aumento del empleo, de la producción e incluso la inversión.

    Sin embargo, más adelante, en 1956, esta teoría fue cuestionada por el estadounidense Milton Friedman, exponente del monetarismo. Para quien más tarde se convirtió en Premio Nobel de Economía, la clave no estaría en el gasto público sino en el aumento de la oferta monetaria, o lo que es lo mismo, en el aumento del efectivo y cheques que circulan en la economía. Esta disponibilidad de dinero aumentaría la producción en el corto plazo, debido a la mayor posibilidad para demandar bienes.

    ¿Cuál teoría fue elegida?

    Según explicó a Sputnik el historiador económico Cristián Ducoing, aún resta mucho tiempo para poder ver el tema con la suficiente distancia analítica. Aún así, "en términos de las políticas de efecto inmediato que se han aplicado, la mayoría son de un mayor gasto público y endeudamiento. Si se pudieran comparar con algunas del pasado son más parecidas a las de tipo keynesiano".

    Ejemplo de ello es el fondo económico para la recuperación aprobado en julio por la Unión Europea (UE), el cual dotó al bloque de la cifra de 750.000 millones de euros (alrededor de 860.000 millones de dólares). La decisión, que requirió el acuerdo de los 27 países miembros, incluyó un endeudamiento comunitario sin precedentes.

    "Lo positivo de una política keynesiana es que la demanda se reactiva y en el momento en que la pandemia esté un poco controlada, los países que apliquen políticas de gasto público van a estar en mejores condiciones", apuntó el experto.

    "El problema puede ser por el lado del endeudamiento", agregó, pues en caso de que las políticas no resuelvan la crisis, se generarán dos problemas: "uno es que ya se te acabó la munición para reactivar la economía y el otro que te enfrentas a una montaña de deuda que no tenías antes de esta crisis. Es riesgoso pero tampoco hay mucho más que hacer", señaló.

    El alcance de este tipo de iniciativas estará determinado por factores que varían de nación en nación de acuerdo al punto del que partan. Países como los de América Latina, con desigualdad alta e incluso recesiones preexistentes, reaccionarán de forma distinta que naciones sin estas condiciones.

    "Muy importante con este tipo de medidas es entender los distintos países en que se están aplicando. (...) Acá se han golpeado las cadenas de valor de la economía mundial, se han destruido una cantidad de empleos brutales, y los países dependientes del turismo han sufrido enormemente. También aquellos con economía informal que no pueden hacer cuarentenas efectivas porque la gente tiene que salir a trabajar", aclaró.

    Emitir, emitir, emitir

    Para el investigador de la Escuela de Economía y Administración de la Universidad de Lund, en Suecia, este enfoque imperante "es completamente diferente" al aplicado en la última crisis financiera mundial de 2008 y 2009 cuando se priorizaron ideas liberales, caracterizadas por planes de ajuste.

    Sin embargo, al igual que en aquella crisis, en esta también se apeló a la emisión monetaria, esta vez como complemento a las políticas de gasto público. Los ejemplos abundan en distintas latitudes y van desde la emisión récord realizada por Argentina este año, que llega a 1.27 billones de pesos (17.600 millones de dólares), hasta la efectuada por Estados Unidos, que solo en los primeros siete meses del 2020 llevaba inyectados cuatro billones de dólares a la economía.

    Según Ducoing, a pesar del enfoque común de las emisiones, los efectos más fructíferos están limitados a los países con monedas fuertes. Ejemplo de ello es el euro, cuya oferta aumentó tras el endeudamiento del bloque europeo con el fin de que los hogares y empresas tengan un dinero que gastar que amerite un repunte de la producción.

    "Lo que se está buscando es que llegue más dinero a las familias y de esta forma se restablezca el consumo, la inversión y se genere de nuevo el ciclo virtuoso que había antes de la pandemia", detalló el economista.

    El tema, sin embargo, es que "la emisión monetaria tampoco es la panacea en el largo plazo. Es algo que puedes hacer en contadas ocasiones porque en algún momento puede generar inflación, puede depreciar la moneda frente a otras y las reservas que se tienen se pueden ir acabando”, detalló.

    "De todas maneras los países latinoamericanos están haciendo un enorme esfuerzo con flexibilizaciones monetarias a través de una baja en la tasa de interés de los bancos centrales para que los bancos puedan prestar dinero fácilmente a las familias y empresas. Pero hay un límite", señaló.

    Tal límite, dijo el especialista, es el virus y la capacidad que se tenga de controlarlo. De otra manera, sin importar que haya dinero, las economías no crecerán puesto que múltiples sectores permanecerán sumergidos.

    El panorama de América Latina

    América y el Caribe acumula más de 6,3 millones de casos de COVID-19. Brasil es el país más afectado con más de 3,4 millones de infectados, seguido por Perú con alrededor de 560.000 y México con cerca de 550.000.

    La región, actual epicentro de influencia del virus, ha sido golpeada en materia sanitaria pero también socioeconómica. Por esto las Naciones Unidas proyectan que será el área del mundo donde se de un mayor crecimiento de nuevos pobres para finales del año.

    "En Latinoamérica justo ha pegado la pandemia en una tormenta perfecta", analizó Ducoing. "Precios de los commodities bajos, problemas institucionales en la mayoría de los países y estallido social en varias zonas de la región. Me recuerda un poco a la crisis de 1982, donde el nivel de situación interna se juntó con un choque externo".

    "Intento ser optimista, pero la verdad la situación es tan complicada que no es probable una salida rápida y que no genere cambios. Yo creo que lo que se puede ver pronto en Latinoamérica es un conflicto social muy fuerte y eso obviamente va a ir de la mano de una crisis económica muy muy grande", finalizó.

    En medio de esta grave caída económica, el papel creciente del Estado a través del establecimiento de subsidios y el aumento del gasto público, en conjunto con la emisión monetaria, se han impuesto por sobre los planes de austeridad y recorte. De todas formas, todos estos esfuerzos aunados no han sido capaces de evitar que el desempleo trepe de 8,1% a 13,5% en Latinoamérica ni que se borren, como resaltó la CEPAL, todos los progresos de este siglo.

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    desempleo, pobreza, América Latina, COVID-19, coronavirus, pandemia de coronavirus, economía, gasto público, recesión, crisis económica
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