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    LA PAZ (Sputnik) — La fiesta continental del fútbol está por comenzar y Bolivia sigue sin dar pie con bola, casi literalmente.

    La pandemia de COVID-19, a la que ahora resulta fácil achacar muchos males venidos o por venir, no es la causa del desconcierto boliviano, sino una dificultad más que se sumó a viejos problemas cuyo peso parece hundir cada vez más al fútbol profesional de Bolivia, entre los más pobres y desorganizados de Sudamérica.

    La fiesta es la eliminatoria sudamericana para la Copa del Mundo 2022 en Qatar, que arrancará en octubre, torneo a cuya cuya fase final Bolivia no accede desde hace un cuarto de siglo.

    "Aún resolviéndose de inmediato el caos, Bolivia difícilmente evitará la improvisación en la próxima eliminatoria, y esto es sumar desventajas a una situación competitiva internacional ya desventajosa para el país", dijo a Sputnik el analista deportivo Franco Zeballos.

    Añadió que esta situación abría de nuevo la perspectiva de que la altitud de La Paz —ciudad a 3.600 metros sobre el nivel del mar donde Bolivia juega como local— vuelva a ser un factor irrelevante como ocurrió en las dos décadas pasadas y más.

    La selección del "país del Altiplano", cuyo territorio en realidad es mayoritariamente de llanuras a baja altitud, debutará en la eliminatoria regional visitando nada más y nada menos que al poderoso y siempre favorito Brasil, y recibirá en la segunda jornada a otro no menos fuerte, Argentina.

    Fin del paréntesis

    Como un paréntesis en su caótica historia, la Federación Boliviana de Fútbol (FBF) vivió un breve período de paz y reorganización desde 2018 hasta que fue golpeada a mediados de este año por la pandemia de COVID-19.

    El 19 de julio, falleció por COVID-19 del presidente de la FBF, César Salinas, un acaudalado empresario de origen humilde que había logrado gestionar una insólita unidad del balompié local.

    La desaparición del jefe hizo reflotar pugnas entre sus eventuales sucesores, dejando a la vista diferencias económicas, intereses regionales y hasta rencillas personales entre los dirigentes de clubes profesionales y asociaciones de fútbol aficionado, y dentro de estos mismos bloques.

    La gestión de Salinas dejó inconcluso un enredado proceso de renovación de contrato de explotación de derechos de televisión, la principal fuente de ingresos de un fútbol profesional boliviano que desde varios años antes de la pandemia sufría ya una aguda escasez de público en los estadios, con una media menor a los 10.000 espectadores por partido.

    Dos presidentes

    A fines de julio, los dos vicepresidentes de la gestión de Salinas, Robert Blanco y Marco Rodríguez, reclamaron la presidencia en funciones cada uno, arguyendo derechos estatutarios, respaldo parcial de los miembros de la institución y avales de sendas sentencias de tribunales ordinarios.

    A mediados de agosto, el Comité Ejecutivo de la FBF vigente desde los tiempos de Salinas resolvió acatar la sentencia judicial que señaló que Blanco —del bloque de clubes profesionales— era reconocido como nuevo presidente en funciones, hasta la realización de un congreso que designe a un nuevo titular.

    Pero sorpresivamente, tras esa resolución el mismo Comité decidió "destituir provisionalmente" a Blanco, poniendo en su lugar a Rodríguez, del sector del fútbol aficionado.

    Vinieron luego duros intercambios de acusaciones, disputas hasta por el derecho a ingresar a las oficinas de la FBF y mediaciones frustradas.

    El grupo de Blanco convocó esta semana a una reunión del Consejo Profesional que agrupa a todos los clubes, para decidir entre otras cosas la fecha de reanudación del torneo nacional, suspendido desde marzo por la pandemia, y programar el de 2021.

    La mesa directiva presidida por Blanco, y los clubes que lo respaldan, respondieron anunciando no solo que no acudiría a esa cita sino que procesarían judicialmente a Rodríguez y compañía por usurpación de funciones y otros presuntos daños contra la FBF.

    A la deriva

    Entretanto, la selección nacional dirigida por el venezolano César Farías, director técnico contratado por Salinas, entrena a media máquina, con la doble dificultad de la pandemia y la falta de una autoridad federativa a la cual obedecer.

    Por su parte, los clubes profesionales entrenan irregularmente, algunos en concentraciones alejadas de las ciudades y otros en pequeños campos deportivos urbanos, a puertas cerradas, sin saber cuándo volverá el torneo.

    Al final los derechos de televisión a partir de 2021, causa de los más fuertes enfrentamientos, podrían ser el principal factor de unidad a corto plazo.

    "La paz, que debería llegar en las próximas semanas, ojalá antes de la eliminatoria, será propiciada por el mismo interés que ahora divide a los dirigentes, el dinero", predijo Zeballos.

    En el contrato de la televisación del fútbol boliviano están en juego unos 10 millones de dólares anuales, una fortuna para el empobrecido grupo de 14 clubes de la primera división.

    Etiquetas:
    pandemia de coronavirus, coronavirus en América Latina, COVID-19, fútbol, Bolivia
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