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    MONTEVIDEO (Sputnik) — El primer Mundial de Fútbol, el único que hasta el momento fue disputado íntegramente en una ciudad, Montevideo, y de cuya final se cumplen este 30 de julio 90 años, debe leerse como algo que excedió las pasiones deportivas del país organizador.

    "Hay que ubicar 1930 para el Uruguay y particularmente para Montevideo", se adelanta el historiador y exfutbolista Gerardo Caetano en diálogo con Sputnik.

    "Durante los años 20 el país había celebrado con mucho fervor el centenario de la república, pero en ese momento era clave decidir cuál era la fecha de la independencia nacional en una polémica que no sólo fue historiográfica sino también político partidaria", agrega el reconocido académico.

    Los dos partidos políticos de referencia a lo largo de la historia uruguaya, el Partido Nacional —que hoy ejerce el Poder Ejecutivo— y el Colorado —integrante de la coalición de Gobierno—, se disputaban, nada más y nada menos, cuándo debía celebrarse la independencia del país.

    La polémica llegó incluso al parlamento, y terminó decidiéndose de hecho, resultando ganadora la opción del 18 de julio, fecha de la jura de la primera Constitución que tuvo la pequeña república sudamericana.

    En lo deportivo, Uruguay venía de ganar los campeonatos de fútbol de los Juegos Olímpicos de París en 1924 y de Ámsterdam en 1928, y en lo económico el país atravesaba un período de abundancia que se remontaba desde las presidencias de José Batlle y Ordóñez (1903-1907 / 1911-1915).

    "Montevideo se construía en el mismo momento en que se realizaban grandes manifestaciones populares y el estado, muy optimista, hacia grandes construcciones un poco para afirmar ese sentimiento nacionalista", explica Caetano, autor de varios libros sobre la época.

    La Copa

    Uruguay fue el gran socio que necesitaba la FIFA para organizar su anhelada Copa del Mundo, un sueño nacido a principios de siglo y que podría haberse cumplido en Italia si no fuese por un argentino, el presidente de la asociación de fútbol de ese país sudamericano, Adrián Béccar Varela, quien dio el voto definitivo para que la sede fuera en la nación vecina.

    El Gobierno uruguayo de ese momento, todavía con la impronta de José Batlle y Ordóñez, había jugado fuerte para quedarse con el torneo: prometió la construcción de un importante estadio y ofreció pagar el pasaje a todas las delegaciones europeas que quisieran participar, así como un viático diario a los futbolistas.

    La oferta sedujo a la FIFA, que terminó eligiendo a Uruguay como sede de la Copa del Mundo.

    Italia, entonces, quedó en el camino, y decidió no hacer las 17 horas de barco que requería participar de la fiesta.

    El estadio Centenario, inaugurado el 18 de julio de 1930, apenas a tiempo para el debut del equipo local, fue una más de las obras que resultaron de esta época de abundancia, con el agregado de que era entonces el campo de juego más grande del mundo.

    Pero no fue la única. En esos años también se inauguraron la estatua del prócer nacional, José Gervasio de Artigas (1923), el Palacio Legislativo (1925) y el edificio Palacio Salvo (1929), además de la emblemática rambla de Montevideo, tal vez la mayor y más utilizada obra pública del país.

    La "etapa de esplendor de una ciudad que parece haber sido habitada por gigantes", según grafica el historiador, era acompañada por un pueblo inyectado por una joven inmigración y que expresaba en el fútbol todo su optimismo.

    "Juan Zorrilla de San Martín, el gran constructor del relato uruguayo, pronosticó en 1923 que en el bicentenario, es decir ahora, Uruguay tendría más de 40 millones de pobladores. En ese momento Uruguay alcanzaría los dos millones de personas", recuerda Caetano para ejemplificar la esperanza de un país que hoy apenas supera los tres millones.

    Final rioplatense

    El fútbol de dribbling, moñas, combinación de pases cortos y largos y de orientación sumamente ofensiva era el estilo que deslumbraba en el mundo, y tenía su sede en el Río de la Plata.

    Por eso a nadie sorprendió que Argentina y Uruguay volvieran a verse las caras en la final del mundial, como había pasado en la última cita olímpica en Ámsterdam.

    La previa al match se construyó bajo la idea de que Uruguay, siendo un pequeño país, podía ganarle a los grandes y, en aquel momento, el Goliat vivía en la otra orilla.

    La presión fue más grande que la nobleza y, de ambos lados, se destinaron amenazas y agravios que calentaron incluso el trato entre las naciones, al punto de que, a pocos días de la final, ambas asociaciones rompieron relaciones.

    Uruguay había triunfado por 4 a 2 contra sus rivales argentinos para coronarse como el primer campeón del Mundo de la FIFA.

    Con todo, y según asume Caetano, "lo del 30 fue más redondo que el "maracanazo" del 50, desde una perspectiva histórica. Era una generación de uruguayos, todos hijos de inmigrantes, en el momento en que el país tiraba la casa por la ventana, que ya comenzaba a tener las dos grandes referencias que sirven de identidades hasta el día de hoy: la afirmación de la democracia y el fútbol".

    Referencias que, a pesar de coaliciones políticas y otro exitoso presente de la selección nacional, siguen y seguirán dividiendo a los uruguayos; sobre todo a la hora en que se encienden las luces del estadio.

    Etiquetas:
    Uruguay, fútbol
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