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    A LOS SEPARATISTAS CHECHENOS NO LES QUEDAN LÍDERES

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    Vladimir Simonov, RIA Novosti. El sábado pasado, Putin recibió el siguiente parte: el destacamento checheno de misiones especiales realizó en Argún, cerca de Grozny, una operación, resultado de la cual fue liquidado el presidente de la autoproclamada república de Ichkeria, Abdul-Halim Saidulaev.

    Vladimir Simonov, RIA Novosti. El sábado pasado, Putin recibió el siguiente parte: el destacamento checheno de misiones especiales realizó en Argún, cerca de Grozny, una operación, resultado de la cual fue liquidado el presidente de la autoproclamada república de Ichkeria, Abdul-Halim Saidulaev.

    En los últimos siete años fueron liquidados varios jefes del terrorismo checheno. En abril de 1996, gracias a la marcación radiogoniométrica, fue alcanzado por cohete de alta precisión y matado Dzhohar Dudaev. En marzo de 2000, fue detenido Salman Raduev, organizador de la toma de rehenes en Pervomaiskoe y Kizliar, quien murió más tarde en el hospital de la cárcel. En junio de 2001, se dio muerte a Arbi Baraev y sus 17 cómplices; en marzo de 2002, al mercenario jordano Hattab, quien en la jerarquía de los extremistas chechenos ocupaba un puesto aún más alto que Shamil Basaev. En febrero de 2004, en la frontera con Georgia fue liquidado Ruslan Guelaev, junto con su grupo. En marzo de 2005, en un búnker de hormigón cerca de Grozny pereció Aslan Masjadov, a quien vino a sustituir Saidulaev.

    Las circunstancias de la muerte de éste último no huelen a heroísmo, sino a heroína. Según el primer ministro de Chechenia, Ramzan Kadirov, al presidente de Ichkeria lo vendió por 1500 rublos uno de sus allegados, que necesitó adquirir con urgencia una porción de heroína. Esa muerte forma un brusco contraste con las situaciones de combate en que encontraban la suya los antecesores de Saidulaev, y permite juzgar de la baja moral y el estado de depresión que reinan en el círculo más cercano de los actuales jefes separatistas.

    Los caciques chechenos ahora perecen de una forma prosaica, sin nimbo de héroes, probablemente porque representan en sí figuras menos importantes y hasta casuales. A Aslan Masjadov ciertos círculos de Occidente lo percibían como a un político con que Moscú podía entablar diálogo, pero Saidulaev ya tenía la fama de ser una figura débil y poco prestigiosa.

    La vida en Chechenia es tan dinámica que las biografías de los dirigentes separatistas se borran de la memoria. Pocos recordarán en Chechenia hoy día que a finales de la década del 90 Saidulaev era imán de una mezquita de Argún y emitía "fetvs", órdenes religiosas para cometer atentados contra los "infieles". El imán estaba poseído con la idea de fundar un Estado islámico en el Cáucaso del Norte, por lo que en el período de la existencia  oficial de la república chechena de Ichkeria Masjadov lo designó cabeza del tribunal de chariat.

    Al asumir la presidencia de Ichkeria en primavera de 2005, tras la muerte de Masjadov, Saidulaev dirigió toda su energía y todo su tiempo para efectuar infinitos reemplazos en el Gobierno en exilio. Designó viceprimer ministro a Shamil Basaev  y ministro de Información y Prensa a Movladi Udugov, pero en febrero de 2006 despidió a éste último y junto con él a un ministro más, residente en Londres, a Ahmed Zakaev. Apenas los analistas llegaron a interpretar esos reajustes como abandono del rumbo moderado seguido por Masjadov a favor del radicalismo belicoso de Basaev, cuando de repente Zakaev fue restituido por el impulsivo presidente en su cargo de "titular de Exteriores". ¿Sería la señal de una debilitación de las posiciones del grupo de Basaev?, empezaron a sospechar los analistas.

    Da la impresión de que Saidulaev se encargó de cumplir una misión imposible, la que no podría realizar ni el propio Tom Cruise: la de llegar a una componenda entre la clandestinidad radical terrorista  y la emigración chechena que vive en capitales europeas en espera de que se presente una ocasión para sostener negociaciones con Moscú. Pero sus buenos propósitos chocaron con una elemental falta de la gente capaz de hacerlo. En la separatista tierra de ciegos era difícil encontrar hasta un tuerto.

    En los últimos meses, Saidulaev en esencia no gozaba de influencia más o menos notable entre los separatistas, jugando el papel de una cobertura del jefe separatista real, Shamil Basaev. El nominal presidente de Ichkeria no era capaz ni de contener a los jefes troperos ni de alentarlos a realizar nuevos atentados. Precisamente lo de sentirse impotente lo empujó, al parecer, a empuñar un fusil Kalashnikov y dirigirse a Argún para preparar allí en persona un atentado resonante en vísperas de la reunión del G8 en San Petersburgo.

    Ese emigrante político ya antes intentó incorporarse a las filas de los combatientes: participó en la operación terrorista llevada a cabo en Znamenskoe, encabezó a los extremistas que secuestraron en enero de 2001 a Kennet Glak, jefe de la misión humanitaria internacional "Los médicos sin fronteras". Pero esta vez las cosas fueron de mal en peor. A uno de sus súbditos, 1500 rublos le parecieron un buen precio para vender la lealtad al líder.

    ¿Y qué será ahora? La emigración chechena anunció de Londres  que a partir del 17 de junio el presidente de Ichkeria es Doku Umarov. Mientras que Shamil Basaev encarna el terrorismo en su más cruel y cruenta manifestación, Umarov interviene como su principal ayudante: dejó sus huellas dactilares en la operación realizada por extremistas en Ingushetia en junio de 2004  y en la de toma de rehenes en Beslán.

    Al colocar a Umarov  en el sillón presidencial, por muy ficticio que éste sea, el separatismo checheno renuncia a las últimas pretensiones a llamarse movimiento político y se convierte en un fenómeno muy claro: en un núcleo local de la red terrorista mundial. La clandestinidad  armada chechena ya no puede tener líderes en la acepción política de este término. Es que la propia idea del separatismo se opaca teniendo por fondo la exitosa reconstrucción de Chechenia, dirigida por un régimen leal a Moscú, y el creciente apoyo de que éste goza por parte de la población.

    Dicen que el cuerpo de Saidulaev no será entregado a su parientes, lo enterrarán sin indicar su nombre en la tumba.

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