En directo
    Cultura
    URL corto
    Por
    4473
    Síguenos en

    Era sábado por la noche en Caracas y era la despedida de un amigo brasileño que había venido de visita. Y nuestro amigo quería salir, mucho, como siempre. Venía de Río de Janeiro, donde detrás de la playa de Copacabana también hay una ciudad que nunca duerme por la samba con o sin cachaza.

    Explicarle a mi amigo que Caracas es como el hermano chico de América Latina, aquel que todavía no sale porque no tiene edad para hacer el amor, era una batalla perdida desde antes de pensar siquiera en comenzar a dar explicaciones. Había que salir y punto.

    "Yo sé dónde hay una fiesta", nos dijo. Y el resto nos miramos con cara de "hay que ir, por él. Es su despedida", aunque no teníamos mucha fe a un sábado por la noche en Caracas —habitualmente el viernes es el día de "la rumba" y eso cuando hay rumba—. El sábado suele ser la crónica de un fracaso anunciado pero nos alistamos para embarcarnos en un plan ciego que fuese como fuese salvaríamos en grupo. Era una oda a la amistad.

    La "fiesta" en cuestión estaba, supuestamente, en Santa Fe, un barrio acomodado al este de la capital. Nuestro amigo brasileño nos mostró lo que le habían enviado por WhatsApp y apenas daba explicaciones. En el mensaje ilustrado solo aparecían algunas palabras clave para atrapar fácil al desesperado: "disfrutar", "amigos", "música". Nadie diría que no a ciertas cosas como de gusto universal, ¿no?

    Así que prendimos Google Maps, que en Venezuela no suele funcionar casi nunca porque el carro suele ir más rápido que el internet del celular (pero a fe no hay quien nos gane en este país). Aún así es un apoyo psicológico siempre; y nos embarcamos rumbo al lejano este de la clase media alta caraqueña.

    Así como a mi amigo, me gusta lo de salir y me creo que conozco casi todo del pueblito latinoamericano caribeño en el que vivo. Pero no paraba de pensar qué fiesta sería aquella en aquel lugar del que nunca habíamos oído ni una mención en Insta y que tampoco se especificaba en el flyer mágico (y enigmático) atraparrumberosdesesperados.

    Terraza en el penthouse del Agave Bistró
    © Sputnik / Esther Yáñez Illescas
    Terraza en el penthouse del Agave Bistró

    Al final, después de 25 minutos de viaje, apagamos el Google Maps y mi amigo llamó por teléfono al anfitrión para preguntarle dónde era exactamente el lugar, porque estábamos un poco perdidos, que nos diera algún punto de referencia. Y es que en Venezuela, las direcciones son así. Orientativas. De girar a dos cuadras a la derecha y cuando llegas a la redoma (rotonda) sigues derecho hasta que veas un edificio de ladrillos con un Excelsior Gama (una cadena de supermercados) y ahí das la vuelta para agarrar la carretera de El Hatillo (un pueblo cercano a Caracas).

    Suelo evitar ser yo quien capitanee estas conversaciones de habilidades imposibles para mis aptitudes espaciales, que son mucho más de app para celular (con buen internet) y pantalla táctil con voz de prima gallega al mando y no de orientaciones caribeñas a través de una conversación entrecortada por teléfono. Pero afortunadamente no hizo falta pasarlo mal.

    Mi amigo tomó el mando, se sentía responsable de habernos llevado hasta allí, como si estuviésemos en un precipicio de lo incierto o en un matadero esperando pacientemente nuestro turno para morir felices; nosotros, animados ya, con ganas de esa rumba que pensábamos imposible en lo más profundo y escondido de nuestro ser (jamás revelaríamos a los demás nuestras sensaciones grinch), pero animados, al fin y al cabo; en aquel momento esperábamos parados el milagro de la diversión en mitad de la noche silenciosa. A nuestro alrededor solo había edificios con seguridad 24 horas.

    De la nada apareció un hombre que luego descubrí que se llamaba Esteban, y dio la orden al señor que vigilaba el condominio del que salió para recibirnos que nos dejara pasar. Y pasamos. Nos bajamos del carro, nos presentamos y preguntamos, discretamente, de qué iba "la fiesta".

    Evelyn y Esteban en el salón de Ágave Bistró sosteniendo una de sus botellas de cocuy artesanal.
    © Sputnik / Esther Yáñez Illescas
    Evelyn y Esteban en el salón de Ágave Bistró sosteniendo una de sus botellas de cocuy artesanal

    Estábamos preocupados, de hecho, porque en un primer momento pensábamos que íbamos a un local y no habíamos comprado nada para llevar (alcohol, comida…), algo que habitualmente se hace por una cuestión de cortesía (aunque en Venezuela se ha perdido esa buena costumbre en algunas personas por la crisis o por la caradura) cuando te invitan a una fiesta privada; y cada vez parecía más que era el caso. Estábamos dentro de una urbanización de edificios y ese señor que acabábamos de conocer no tenía pinta de ser el dueño de ninguna discoteca de moda entre los sifrinos (chetos, fresas, pijos) caraqueños.

    Pero Esteban sonrió y nos dijo muy tranquilo mientras nos llevaba a la entrada de uno de los edificios. "Tranquilos. Arriba podéis comprar de todo". ¿Comprar? ¿Íbamos a una casa (¿la suya?) y nos iban a vender la bebida? ¿En serio? Cada vez entendía menos dónde estábamos.

    Cuando subimos al penthouse aparecimos en una casa enorme, cálida y con una energía acogedora bastante inverosímil, pero real. Había un grupo como de unas quince personas charlando alegremente, una música tranquila de fondo y, durante varios minutos, dudé si estábamos en un restaurante escondido o una casa privada.

    A recibirnos, con su sonrisa permanente, salió Evelyn, la esposa de Esteban. Dejamos las chaquetas y los bolsos en un perchero, nos sentamos en una mesa redonda y coqueta del salón central, tremendamente espacioso y nos dispusimos a preguntar con la mirada dónde estábamos y qué era todo aquello.

    Evelyn nos sacó de dudas mientras miraba de reojo a la cocina americana donde dos señoras afanadas en el horno y los fogones se movían sin parar. "Bienvenidos a Agave Bistró". Así que sí era un restaurante. Las mesas, la cocina, el buen olor, el hombre con pinta de barman que hacía tragos frente a lo que parecía un escenario donde alguien podría lanzarse a cantar en cualquier momento.

    Evelyn en la cocina de Agave Bistró
    © Sputnik / Esther Yáñez Illescas
    Evelyn en la cocina de Agave Bistró

    Había dos micrófonos, un par de guitarras y unos altavoces de un tamaño que no suelen estar en las casas particulares sin mayor finalidad. Detrás de esa tarima había un cartel luminoso donde se leía Agave sobre un logotipo que después descubrí que era la marca del lugar con el sello inconfundible del matrimonio.

    "La idea de crear este lugar surge con la llegada de la situación difícil en Venezuela", comenzó a explicarnos Evelyn nada más sentamos en una de sus mesas con manteles cuquis.

    "Nosotros somos productores de cocuy [un destilado originario del país caribeño obtenido a partir de la especie vegetal Agave cocui] y esta bebida tuvo un alto auge hace aproximadamente 10 años, así que gracias a eso conseguimos mantener la empresa y mantener a la familia", contó y siguió:

    "Cuando bajó la venta de cocuy por la crisis, pero también por las campañas de estigmatización al producto en la prensa antiVenezuela de las grandes transnacionales, dijimos: '¿cómo vamos a hacer para seguir manteniéndonos?'".

    Botellas de Agave Cocuy, el cocuy artesanal que el matrimonio produce y que es la bebida estrella de su restaurante clandestino en Caracas
    © Sputnik / Esther Yáñez Illescas
    Botellas de Agave Cocuy, el cocuy artesanal que el matrimonio produce y que es la bebida estrella de su restaurante clandestino en Caracas

    "Y pensamos que teníamos que diversificarnos", continuaba relatando Evelyn. Todos la mirábamos con cara de "sigue". "Esteban me preguntó, '¿por qué no cocinas con cocuy?', y yo pensé por qué no. Me gustaba la cocina, cocino muy bien y me gusta comer. En la casa, de hecho, ya lo estábamos haciendo porque el cocuy resalta las propiedades de los alimentos".

    "Así que comenzamos a diseñar distintos platos y surgió la idea de hacer un evento que llamamos 'Cocuy Experience Gastronómico'. Aquello era una cena clandestina que comenzamos haciendo una vez al mes para un máximo de 30 personas", reveló.

    Mientras estamos hablando, alguien pide un trago. "Nos robamos el fuego", escucho. Giro la cabeza. Es su nombre. "Es un mojito de ají picante", aclara Evelyn. En seguida pedimos uno de ese cada uno al barman, un joven con cara de haber hecho mojitos toda su vida. Después del primero repetimos un par de veces más. Y algún otro extra.

    Al lado del escenario hay una terraza cubierta del tamaño suficiente para jugar al fútbol unas siete personas y con unas vistas privilegiadas a la calma Caracas de un sábado de noche. Hace el tradicional "frío" del mes de diciembre de la capital; y los cuatro o cinco comensales que han salido a disfrutar del aire puro para fumarse un cigarrillo han cogido sus chaquetas de cuero.

    Desde hace aproximadamente tres meses, la cena clandestina mensual se ha convertido en una rutina cuatro veces por semana. Se hacen más pero igual de secretas, y la calidad sigue siendo la tónica junto a lo de cenar "escondidos" en familia, con amigos, con la pareja o el amante de turno. De hecho, es un gran sitio para venir con alguien con quien no se desea ser visto.

    Qué hacer en Caracas de noche

    En las noches íntimas del restaurante clandestino suele haber conciertos de música en vivo o diferentes shows que amenizan la velada
    © Sputnik / Esther Yáñez Illescas
    En las noches íntimas del restaurante clandestino suele haber conciertos de música en vivo o diferentes shows que amenizan la velada

    Agave Bistró abre de miércoles a sábado, tiene un aforo máximo de 30 personas, pero los jueves y viernes solo se permite la entrada a 20. Son noches que han bautizado bajo el nombre de "Agave Íntimo" y no se permiten fotografías a descubierto, solo a los platos y los cócteles. De esta manera se asegura la intimidad del encuentro (así como la privacidad del local) y se desconecta de la locura caraqueña diaria en un ambiente propicio para quedarse encerrado con gusto más de una noche a la semana.

    La casa en la que estamos es la casa de los padres de Evelyn reconvertida en un proyecto que cada vez tiene más éxito, y no son los únicos. Cada vez hay más restaurantes "clandestinos" en Caracas que surgen de la iniciativa privada de una familia que por la crisis ha tenido que reinventarse.

    El Agave Bistró combina la cocina y el cocuy con showrooms, pequeñas exposiciones de arte y música en vivo o stand up de comediantes que se lanzan a la palestra del salón. Es como una cena de Navidad en familia con el hijo pequeño haciendo sus pinitos con los nuevos trucos de magia que ha aprendido en YouTube. No importa lo bien o mal que lo haga. Le queremos todos.

    Salón principal del Agave Bistró
    © Sputnik / Esther Yáñez Illescas
    Salón principal del Agave Bistró

    Aquí, la cosa, es que no sale mal. Los artistas que se animan salen bien parados. Esa noche hay un dúo de cantantes que también, nos cuentan, son periodistas. Ella se llama Jessica y descubrió un día que cantaba así de bien, como con aires de Nina Simone. Él toca la guitarra acústica y la acompaña como si llevaran haciendo eso toda su vida. Cantan versiones de épocas pasadas y futuras y levantan al público con aplausos de taberna.

    Hemos pedido una hamburguesa para cenar aunque nos han contado que el plato estrella es el lomo trujillano, una receta de la abuela paterna de Evelyn que es un lomo macerado con cocuy y una mermelada de ají que pasa entre seis y ocho horas en el horno. "Solo cocinamos con rubros que se produzcan en Venezuela", explica Evelyn.

    "Descubrimos que el cuerpo está diseñado para comer alimentos de su propia región, eso te ayuda a digerirlos más rápido y a adquirir los nutrientes que necesitas para sobrevivir a tu clima. Estamos creando un restaurante de proximidad", agregó.

    Me deja loca escuchar a una venezolana hablar así de la comida. La gastronomía de Venezuela se caracteriza, en su mayoría, por lo frito, las harinas blancas, las salsas por doquier y el poco amor, en general, a lo que los esnobs gastronómicos llaman hoy en día slow food y que nuestras abuelas, de toda la vida, decían "deja eso en el puchero a fuego lento, hija".

    Nos fuimos de la fiesta privada a medianoche y el resto de participantes del evento se quedó. Al restaurante de Evelyn y Esteban solo se llega así: si te llevan, medio en secreto, por el conocido de un amigo que te invita o porque alguien te lo cuenta. Es la nueva Venezuela que está emprendiendo con ideas originales para todos los públicos.

    Solo hay que quitarse la venda de los ojos y dejar el ensayo sobre la ceguera (¡!) para otra ocasión. Dejar que otros te agarren de la mano y te lleven hacia un paréntesis de normalidad (y felicidad) en mitad de uno de los países más polémicos del mundo y sin expectativas para una noche de sábado.

    Etiquetas:
    comida típica, restaurante, gastronomía, Caracas, Venezuela
    Normas comunitariasDiscusión
    Comentar vía FacebookComentar vía Sputnik