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    El toro embiste de nuevo: la lidia del siglo XXI

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    El 12 de octubre finaliza la temporada de toros en España. Una fecha simbólica que cada año provoca debate sobre la industria taurina. Un fenómeno lleno de controversias para el mundo contemporáneo. ¿Quién gana y quién pierde más en esta lucha cultural? ¿Las famosas ganaderías de toro bravo o el 'lobby' animalista?

    La tauromaquia, la lucha entre el matador y el toro, hunde sus raíces en los albores de la humanidad, cuando el Homo erectus se aventuró a la caza y empezó a realizar sacrificios a sus dioses.

    Sin embargo, hoy por hoy el mundo del toro bravo vive una de sus más profundas crisis tras siglos de historia. El toreo sigue siendo una singular expresión de la relación del hombre con la naturaleza, pero ahora la batalla cuenta con muchos más elementos y fuerzas: hoy en la plaza lidian intereses económicos y políticos y los conflictos morales de la sociedad urbana del siglo XXI.

    Sin embargo, no todo parece estar perdido para la lidia, arrinconada por la pérdida de público, la confrontación política y el crecimiento de la conciencia animalista. El toro bravo cambia de estrategia y promete alargar la contienda a pesar del ocaso que pronostican las cifras.

    Un negocio en crisis

    Esta temporada, el matador José Tomás —figura indiscutible con una carrera diseñada a lo grande y para los no aficionados, algo así como el U2 de los ruedos— volvió a torear en Granada. La expectación trasciende los círculos taurinos para convertirse en un evento social y así lo reflejan los números. Los cálculos más discretos sitúan el impacto económico que la corrida genera en una sola tarde en más de 10 millones de euros.

    Sin embargo, los grandes titulares que rondan las faenas de este tipo no pueden ocultar un descenso de la afición al toro. ¿Está dejando el toreo de ser una pasión colectiva y un evento social a la altura de otros espectáculos como el cine o el fútbol? Las cifras más recientes del Ministerio de Cultura de España así lo indican. La celebración de corridas y festejos ha descendido considerablemente en la última década: de los 3.295 en 2008 a los 1.521 en 2018.

    "Nos hemos dormido en los laureles y hemos permitido que otros discursos nos excluyan y nos hagan daño, no nos hemos dado a conocer como debemos y hemos acabado distanciados de parte de la sociedad". La autocrítica viene de Victorino Martín, quien regenta una de las más reconocidas ganaderías del mundo.

    Como empresario y presidente de la Fundación Toro de Lidia, es claro ejemplo de que algo está cambiando. Los ganaderos reclaman ahora su relevancia no solo como arte, sino como sector económico estable: el toro genera 200.000 puestos de trabajo indirectos y 57.000 directos. Suponen un 0,16% del PIB nacional y aseguran unos impuestos (IVA) de 40 millones de euros solo en 2018 en España; pero los ganaderos defienden sobre todo su peculiaridad económica: "Somos el segundo espectáculo de masas en España, pero solo se habla de los toros en los medios cuando hay alguna desgracia". Victorino recalca la compleja clasificación económica de este sector, no en vano se paga algo de difícil tasación: la vida del toro y del torero. Aseguran ser una industria acosada:

    "Somos además víctimas de una politización que no nos conviene. La izquierda nos encasilla con la derecha, pero los toros han sido siempre un festejo, un sentimiento transversal, no queremos ser objeto de una contienda que provoca animadversión por motivos externos".

    El sector del toro bravo tiene unas características ligadas a la tradición e idiosincrasia de este mundillo, explica Victorino Martín: "Los honorarios de los toreros, los que ganan bien, revierten en el sector, ya que la gran mayoría acaba por invertir en una finca donde se cría ganado y se crea empleo en entornos territoriales poco favorecidos donde de no existir esta industria, no habría nada, es un sistema que se retroalimenta".

    Sin embargo, este tipo de tejido socioeconómico es demasiado desigual, según los análisis externos sobre la industria. Denuncian que estamos ante un negocio rentable para unos pocos (toreros, rejoneadores y ganaderos) pero precario para la mayoría. El periodista medioambiental César Javier Palacio conoce bien los entornos rurales, es parte de la Red de Periodistas Rurales que da voz a la España vacía, para que lo rural tenga independencia del mundo urbano: "El toro ofrece una estructura laboral muy estable e incluso familiar que se prolonga a lo largo de generaciones, en zonas donde no hay otras oportunidades de empleo. Pero también es cierto que origina una enorme desigualdad socioeconómica, están los agricultores y cuidadores del ganado por un lado, y por otro los señoritos, hay un abismo salarial, es un sector sin puestos intermedios".

    La contienda política salta al ruedo

    A las dificultades económicas de una industria que debe adaptarse a los nuevos tiempos hay que añadir la confrontación política. El partido animalista PACMA se ha convertido en una emergente fuerza política. En las últimas elecciones generales obtuvieron más de 300.000 votos que no fueron suficientes para estar en el Congreso pero sí para incluir el debate animalista en la arenga política. Su principal mensaje es acabar con la lidia y criticar las subvenciones públicas que recibe el toro. "Nos sorprende que el mundo del toro se siga definiendo como un espectáculo de masas cuando está claro que han dejado de serlo, la inmensa mayoría de la población no tiene contacto, no disfruta y no defiende la tauromaquia, es una fiesta minoritaria si atendemos a las cifras oficiales. Los toros siguen existiendo porque son una fiesta subvencionada por fondos públicos, por los ayuntamientos, que pagan los festejos, y por las subvenciones europeas", aclara Laura Duarte, la portavoz nacional.

    Los empresarios ganaderos, por su parte, lamentan el escaso sustento político y económico y señalan como ejemplo los Presupuestos Generales del Estado de 2019, que destinan a los toros pocos más de 65.000 euros, una miseria si comparamos con otros sectores del espectáculo.

    Pero lo que la industria taurina no puede esconder es que el sustento económico procede no tanto del presupuesto central sino del disperso. Ayuntamientos, diputaciones o comunidades autónomas subvencionan las fiestas y celebraciones. Según los datos de 2013, 25,5 millones de euros salieron de las arcas públicas. 

    El ámbito local es donde la contienda política, a raíz del apoyo y subvenciones, cobra protagonismo. Las agrupaciones de mayor sensibilidad animalista —ampliamente asentadas en el espectro de la izquierda como los círculos de Unidas Podemos, Equo o PACMA— rechazan la prolongación de las subvenciones. Algunos ejemplos mediáticos recientes salpican a los ayuntamientos y diputaciones provinciales en Madrid, Santander o Badajoz. La lista es larga y en todos estos capítulos los antitaurinos denuncian el oscurantismo con el que vienen funcionando estas concesiones y subvenciones especiales para el toro.

    No es solo la vida, es el modo de vida

    Según la Unión de Criadores de Toros de Lidia, solo en España hay 213.457 toros bravos. Suponen el 6,5% del conjunto de las reses. Esto implica que por cada toro que salta al ruedo se mantienen para su crianza otras 15 cabezas de ganado. Este aspecto, es un asidero esencial en la nueva estrategia de los ganaderos para seguir siendo competentes: el toro es sostenibilidad y garantía para el cuidado del medio ambiente y las zonas rurales.

    ​Las dehesas son el espacio de cría del toro bravo. Se trata de un territorio que depende en gran parte de los fondos europeos. Ahora que las sensibilidades animalistas y el Partido de los Verdes toman peso en el Parlamento Europeo, el sector taurino se esfuerza por hacerse un traje a medida para la fiesta de la sostenibilidad.

    "Las dehesas son un agroecosistema que combina arbolado natural mediterráneo con pasto y ganado. Es un paisaje y un modo de vida de siglos de evolución en la relación del hombre con la naturaleza que ocupa entorno de tres millones de hectáreas en la península ibérica" aclara Miguel García Martín, doctor de la Universidad de Sevilla y experto en paisaje y geografía humana.

    Ahora más que nunca para los ganaderos, proteger la dehesa es proteger su modo de vida, "la cría de toro bravo es el sector que más fija la población al medio en el que vive. En esta explotación el vaquero o el mayoral tienen que vivir en la dehesa, no pueden gestionarla yendo o viniendo desde la ciudad", aclara un vehemente Carlos Núñez, quien lidera la Unión de Criadores de Toro de Lidia.

    Todo vale por un olé

    Aunque la tauromaquia defiende su relevancia en la lucha contra el cambio climático y la España vacía, lo cierto es que gran parte de la sociedad no justifica estos beneficios por la mera finalidad de ver morir a un toro en la arena. Así lo reflejan los datos del Ministerio de Cultura. ¡Solo un 9,5% acude a los toros!

    Para Laura Duarte, de PACMA, este revestimiento de sostenibilidad es un mero argumento justificativo para mantener una industria abocada a la desaparición: "Si todo el dinero que se destina desde Ayuntamientos y fondos públicos a pagar la fiesta del toro se destinara a política medioambiental, no estaría en duda el futuro de estos espacios" rebate Laura. Y añade: "No podemos ampararnos en una actividad reprochable éticamente para justificar este sistema que explota, tortura y mata animales".

    Desde su granja de las Islas Canarias, César Javier Palacio critica ambos bandos. "Lo cierto es que el toro bravo es el sector más rentable de la dehesa, pero es un monocultivo y pone en peligro la diversidad de otras especies porque al final prima la rentabilidad", dice. No obstante, los animalistas también están perjudicando en términos medioambientales porque llevan la empatía humana con el animal a un callejón sin salida, añade. "Están dificultando el desarrollo de una buena ganadería o de la biodiversidad. Para ellos por ejemplo es igual de importante un lince ibérico que un gato doméstico".

    El toro bravo, una lid contante y sonante

    Actualmente la conciencia animalista es el principal casus belli de los taurinos. Borja Cardelús es el director general de la Fundación Toro de Lidia. Asegura que están "confrontando una cultura ajena a nuestra tradición con una estrategia bien organizada y financiada, no son meros activistas".

    Cardelús presentará pronto un estudio que revela la fortaleza del lobby animalista, que pretende convertir a los animales en seres de derecho al igual que los hombres. Es un lobby que cuenta en el mundo con más de 100 organizaciones, de las que tan solo las cinco primeras manejan un presupuesto anual que ronda los 800 millones de dólares estadounidenses, dice. Es una industria enorme que "promueve un movimiento cultural aplanador en el que no tienen cabida actividades tan singulares como el toreo. Quieren una sociedad sin aristas donde todos seamos dóciles consumidores de Netflix o Amazon", opina.

    El lobby del que nos habla Cardelús tiene intereses comunes con la industria de las mascotas: convertir a los animales en seres con derechos les eleva de categoría. Estamos ante una de las actividades económicas más florecientes del mundo. La industria de las mascotas alcanzará los 96.000 millones de dólares de volumen en 2020 en EEUU. En Europa hay ya 80 millones de hogares que tienen al menos una mascota, cifras que dejan las millonarias subvenciones públicas al toro bravo ya mencionadas en mera calderilla.

    ​No obstante, un dato específico sobre las mascotas podría escocer en muchos hogares: un perro medio consume más hectáreas de tierra para su alimentación que una persona de Etiopía, según un estudio que pone sobre la mesa los costes medioambientales de nuestra convivencia con las mascotas.

    La industria española de alimentos para animales de compañía facturó en 2018 un total de 1.058,5 millones de euros, según datos de Asociación Nacional de Fabricantes de Alimentos para Animales de Compañía (Anfaac), que aglutina al 90% del sector empresarial español de este mercado.

    El animalismo tiene por tanto grandes controversias que resolver, al igual que la industria taurina. García Martín sostiene que el animalismo debe redirigir sus pretensiones: "La animadversión y el rechazo al toro la provoca el sufrimiento y la muerte del animal, pero los animalistas no quieren erradicar sufrimiento y muerte, sino que quieren ilegalizar los toros". Por otro lado, en el mundo taurino plantear la erradicación de la muerte y el castigo al toro supone castrar la esencia de este festejo, que es básicamente un duelo a muerte entre hombre y fiera.

    Sin duda, el hecho de que la sociedad sea cada vez más urbanita dificulta la comprensión y aceptación de la fiesta del toro."Nuestras ciudades están habitadas por mascotas, no por animales salvajes como el toro bravo. Nadie está ya educado para ver desangrarse a un animal bajo una pica", se aventura a decir el profesor García Martín. ¿Qué pasará con el toro bravo? ¿Será arte sostenible o una barbarie del pasado? Lo veremos en los próximos años.

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    toros, industria, España, tauromaquia, corrida de toros
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