El principio del siglo XX fue un momento fermental para las artes en todo el mundo. Rusia no fue excepción. Los distintos ámbitos de expresión no aguardaron a la Revolución: los años que antecedieron a este hecho histórico fundamental estuvieron marcados por el surgimiento de las vanguardias artísticas, que acompañaron a los acontecimientos políticos que cambiaron el curso de la historia.
Romper con la cultura francesa
La época imperial de Rusia estuvo muy marcada por la influencia de la cultura francesa. Según explicó Fischerman, en la corte se hablaba en francés y la literatura escrita en tierras eslavas en aquel entonces estaba impregnada de la lengua de Molière.
"Cuando Aleksandr Pushkin empieza a escribir en ruso, debe recurrir a neologismos o palabras en francés para todo los sustantivos abstractos, porque no existían en el ruso", recordó el experto.
Este elemento es importante para entender a los músicos de aquel entonces, que durante todo el siglo XIX se habían formado en Francia. Pero al mismo tiempo, apunta Fischerman, en Rusia "se construyó una tradición muy fuerte y muy atravesada por la cuestión de la nacionalidad", con exponentes como Piotr Ilich Chaicovski o Módest Músorgski.

A inicios del siglo XX, "los niños terribles de la cultura francesa son rusos": Ígor Stravinsky y Serguéi Prokófiev. París estaba deslumbrada por 'Los Ballets Rusos' del empresario Serguéi Diáguilev que lucían además decorados de Pablo Picasso y músicas de importantes compositores ultramodernistas, como Maurice Ravel o Claude Debussy.

Stravinsky y los Ballets Rusos
En París, Stravinsky, escribe y estrena 'El pájaro de fuego' (1910), 'Petrushka' (1911) y 'La consagración de la primavera' (1913). No obstante, seguía siendo "un compositor ruso que vive en Rusia". El estallido de la Revolución implicó para él y otros músicos "una situación conflictiva" que se resolvió de distintas maneras.

"Stravinsky no vuelve nunca a Rusia, por lo menos durante muchísimo tiempo. Tenía rentas que le fueron confiscadas por la Revolución. Es un furioso anticomunista, que además termina yéndose a vivir a los EEUU", relató el crítico argentino.
Las características revolucionarias desde un punto de vista estético en la obra de Stravinsky van desapareciendo a partir de 1918, cuando el compositor adopta "relecturas y reubicaciones de elementos que formaban parte del pasado". Toma elementos, por ejemplo, de la música del barroco y "los pone a jugar en un contexto diferente".
La música de las fábricas
La Revolución, en cambio, "generó su propia dinámica". El comisario de Cultura que se desempeñó hasta la muerte de Lenin, Anatoli Lunacharsky, era un funcionario que sostenía que no era posible la vanguardia política sin la vanguardia estética.
"Hay un gran experimentalismo en el arte. Es el momento del futurismo en Rusia, de la poesía de Vladímir Maiakovski y de la música de Aleksandr Mosolov, un autor nacido en el 1900", apuntó Fischerman.

Mosolov es el autor del ballet 'Acero' (1927), con una idea "muy claramente futurista". Así como Maiakovski le cantaba a la máquina, en su movimiento 'La fundición de acero' este joven compositor "trabaja con una superposición de ostinatos, secciones en las que la orquesta toca repetidamente, con golpes en planchas gigantescas de metal".
"Dan la idea del sonido de una fábrica y en algún sentido lo ficcionaliza o lo pone en música, Yo creo que la música de la Revolución es esa fundición de acero de Mosolov y no tanto la que viene después, con la llegada de Stalin al poder (1922) y la idea del realismo socialista que de alguna manera catequiza acerca de cómo debe ser un arte revolucionario", opinó el crítico.
Lenin, fascinado por la música electrónica
En los años inmediatos a 1917, León Theremin inventa el primer instrumento electrónico, conocido con su apellido. El aparato, consistente en dos antenas que amplifican una señal eléctrica, no se toca, sino que se desplazan las manos conforme al sonido que se quiera realizar.

"Ese instrumento fascinó a Lenin, al punto que le organizó una gira a León Theremin, que tocaba piezas y arias de ópera por toda Europa. Terminó yendo en 1928 a EEUU e hizo un recital de theremin en el Central Park para una multitud", recordó Fischerman.
La importancia de este instrumento no es menor, pues está ligado a una idea de una vanguardia de la mano de una revolución tecnológica y política. Esos tres elementos en los años 20 están en el centro de la atención y hay "una fascinación con lo nuevo", en la que lo electrónico entra en juego con mucha fuerza.
El theremin se volvió célebre, entre otras piezas, por la banda sonora de la película Spellbound de Alfred Htichcock (1945), compuesta por el húngaro Miklós Rózsa.
El arte, de revolucionario a optimista
La idea de hacer un arte revolucionario se diluye en una necesidad de mostrar un arte optimista, "que es lo que empieza a ser valorado por los gobernantes y las instituciones del poder en Rusia durante el siglo XX". Con la Revolución ya instalada, de manera "paradójica", se intenta evitar las búsquedas: para conservarla se necesita "que nadie la critique ni que se abran brechas".
"Curiosamente las reglas del arte optimista son las mismas, en lo que a música se refiere, tanto para el New Deal estadounidense, para el nazismo en Alemania y para el estalinismo en Rusia", apuntó Fischerman.

Más allá de ciertos toques de cada lugar, las melodías que enaltecen a las figuras en la URSS, Alemania o EEUU, no suenan de manera muy distinta. Es, a criterio del experto, "una trampa con la cual los compositores más talentosos de la época aprenden a lidiar", particularmente Serguei Prokófiev y Dimitri Shostakóvich.
Mientras que Shostakovich (1906-1975) desarrolló toda su carrera en Rusia, Prokófiev (1891-1953) estaba en París en 1917, para luego irse a EEUU. En el momento de las purgas, "el peor momento de persecución", decide volver a Rusia.
"Aparentemente fue toda una operación de inteligencia del Gobierno, que le promete ni más ni menos que ser el principal el mejor compositor ruso vivo. Fuera de su país natal, él era el segundo, detrás de Stravinsky. Prokofiev no resistió la tentación", describió Fischerman.

En esta época, el realismo socialista impone la necesidad "ya no de hacer una música revolucionaria, sino que enaltezca a un régimen instituido, que no es lo mismo".
El resurgimiento de otros autores
Mientras tanto, mucha de la música revolucionaria de la época de Mosolov "se ha perdido", ya sea porque fue prohibida, destruida o porque sus autores fueron perseguidos. Del mismo modo que la Segunda Guerra Mundial arrasó con más de 25 millones de soviéticos, tuvo asimismo sus consecuencias en el ámbito musical.

Por otra parte, hay una serie de compositores que van a "reemerger" después de la desaparición de la Unión Soviética, que en muchos casos estuvieron "silenciados" por cuestiones políticas. Algunos son Sofia Gubaidulina, Alfred Schnittke o Galina Ustvólskaya o Mieczyslaw Weinberg.