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    Pável Rodkin

    La mitopolítica como arma

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    Club Zinóviev, Pável Rodkin
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    En el siglo XXI el mito es una herramienta de la política real que sirve para justificar la agresión y la guerra, señala el miembro del Club Zinóviev Pável Rodkin.

    En la sociedad moderna el mito se ha convertido en una herramienta de la política real y la geopolítica. El mito se traduce en acción, sirve de justificación y de motivo para la agresión. En torno al mito se basa la preparación de las guerras modernas, a la vez que, desde una perspectiva global, el mito continúa siendo un fundamento para las pretensiones de las superpotencias para dominar el mundo.

    La geopolítica orientada a realizar uno u otro mito, aunque su cantidad y calidad en el mundo actual estén limitadas, se debería llamar geomitopolítica. Desde la antigüedad se manifiesta en un principio histórico realizado: ‘Carthago delenda est' o ‘Carthaginem delendam esse' (lat.: Cártago debe ser destruida).

    Mito como realidad política

    De acuerdo a las ideas comúnmente aceptadas, el mito, como sistema arcaico, en la sociedad moderna se encuentra separado de la política, excepto en los momentos de extraordinaria tensión histórica, cuando se articula abiertamente por los líderes políticos. El mito, desde este punto de vista, pertenece por completo al pasado y su aparición en la agenda actual se debe a una confusión, lo cual concuerda con la visión positivista y progresista del mundo.

    Olga Zinóvieva
    © Sputnik / Vladimir Trefilov
    Últimamente, los mitos, cada vez con más frecuencia, hacen su aparición en el plano real de la geopolítica, aunque la verdad es que nunca había desaparecido de allí. Pero no todos lo sujetos históricos son capaces de realizar, de alguna forma, sus propios mitos, y, además, el número de sujetos de la política y geopolítica actual se está reduciendo constantemente.

    En el siglo XX el mundo tuvo que afrontar al menos tres paradigmas mitológicos: el comunismo ruso, el nazismo alemán y "la supersociedad occidental" (usando la terminología de Alexander Zinóviev) que determinaron el curso de la historia mundial. El contenido de los tres mitos era muy diferente. Lo que les unía era que los tres habían pasado de ser unos mitos más o menos locales a otros globales obteniendo, al mismo tiempo, valor como herramienta para realizar los planes geopolíticos concretos.

    Sin embargo, los mitos no funcionan ni pueden ser realizados sin ser asimilados y compartidos por una sociedad. Esta es la razón de que los mitos geopolíticos estén dirigidos, en primer lugar, a la propia sociedad. Una vez formalizados, los mitos pierden su poder de movilizar a los ciudadanos, y fue, precisamente, lo que sucedió en la última etapa de la existencia de la URSS.

    El mito no sólo anticipa las acciones de los Estados en el escenario mundial, también las acompaña en todas las fases sirviendo, a la vez, de motivo y de justificación para una guerra. La guerra en la, supuestamente ilustrada, sociedad de la información es, como antes, una guerra justiciera, una guerra en el bando ‘justo' de la historia, la guerra contra el mal absoluto.

    Las formas que toma el "mal" están adaptadas al máximo a la imagen mediática y los arquetipos propagandísticos consolidados. Muchas veces se presentan como regímenes dictatoriales y totalitarios. En Yugoslavia, Irak, Libia, Siria y en incontables revoluciones de colores se pretendía combatir contra un "mal" personificado. Hoy se afirma que la personificación del "mal" es Rusia (como sujeto histórico) y, personalmente, Vladímir Putin.

    El filósofo francés Jean Baudrillard llamó a la primera guerra en Irak en 1991 un simulacro mediático. Pero no fue mediático sino mitológico, integrado en la política global de Occidente, o sea en la mitopolítica y la geomitopolítica. Esta es la realidad del reajuste de fronteras e influencias en el mundo actual.

    Geomitopolítica de EEUU en el siglo ХХI

    La geomitopolítica del siglo XX tenía, sin duda, un carácter mesiánico, por parte de todos los sujetos mundiales involucrados en ella en diferentes momentos. Hoy este carácter se conserva sólo en EEUU en forma de mitos de "la libertad" y "la democracia" que deben ser instauradas en todo el mundo (del famoso "sueño americano" se habla, por cierto, cada vez menos). Y precisamente en calidad de mito, la libertad y la democracia se convirtieron en una herramienta para la instauración de cierto orden mundial.

    Este mito se transformó en la idea del excepcionalismo histórico de EEUU, del que con tanta seguridad habla el presidente Barack Obama y que fue formulado por Francis Fukuyama en su teoría sobre el fin de la historia. Las consecuencias de esta transformación aún no están asimiladas pero su influencia en el curso de los asuntos mundiales está adquiriendo un carácter amenazador.

    La actual geomitopolítica de EEUU supera todas las anteriores. A diferencia de la mayoría de los imperios y cuasi-imperios continentales, dejó de ser local y unidireccional para convertirse en global y extenderse a todo el mundo.

    En el siglo XXI EEUU, como sucesor de los valores políticos y económicos de Occidente, heredó, entre otras cosas, la oposición mitológica básica de la civilización occidental: bárbaros-civilización. Esta nueva civilización la conforman los mil millones de personas ricas del planeta.

    La libertad y la democracia, en este sentido, representan un mito instrumental, "técnico", que mezcla arbitrariamente los niveles fundamentales y los prácticos. Estos mitos justifican, moral e ideológicamente, cualquier acción aplicable tanto al mundo no occidental, como al occidental.

    El problema radica en que los múltiples mitos que se fueron reemplazando uno a otro: sobre una Polonia "de mar a mar", la Cruz de Santa Sofía del Imperio ruso, la "extensión del espacio vital hacia el Este" de la Alemania nazi, de la independiente Ucrania y otros tantos… todos resultaron imposibles de realizar por sus portadores y originaron un reparto del mundo. Si EEUU es capaz de "soportar" el mito de su propia exclusividad despojado de los adornos ideológicos y propagandísticos o no, es una cuestión que sigue abierta. Pero cuáles serán las consecuencias para Rusia de la realización o el fracaso de este mito, cada vez es más evidente.

    Geomitopolítica de la Rusia contemporánea

    A la Rusia post-soviética, se le intentó imponer, mediante un consenso social, la geomitopolítica negativa, construida en torno al complejo de culpa e inferioridad, artificialmente creado y declarado, que bloqueaba la constructiva política exterior e interior del país. La "democracia soberana" no fue más que un proyecto publicitario.

    En este contexto cualquier proceso integracionista se presentaba como agresión, expansión, revanchismo, mientras la integridad interna como totalitarismo y sentimiento imperial. De hecho, a Rusia se le inculcó el complejo de "acción histórica".

    Pero aún cuando Rusia está inactiva, o sus acciones son forzosas y de carácter puramente defensivo, el mito sobre la "amenaza rusa", de la que no paran de hablar los políticos occidentales, sigue siendo dominante en Occidente. Este fantasma se volvió a manifestar en el contexto de la crisis ucraniana y se impone como una cuestión política: las noticias sobre la "invasión rusa" se convirtieron en una telenovela sin fin.

    La geomitopolítica rusa en los últimos 25 años consistió en "invitar" a la agresión. Ya que el bárbaro "imperio del mal", en la terminología de la época de la Guerra Fría, ese error en la evolución social (así fue declarada Rusia) no merecía nada más que un permiso para "entrar en el mundo civilizado". Otro mito que hasta ahora se ha percibido como algo natural y ha sido punto de partida en la política aplicada a cualquier ámbito.

    Esta es la lógica implacable de la "tragedia rusa" que condujo al país a la desintegración y la supresión de la historia. Pero lo sucedido en Ucrania fue uno de los motivos para que Rusia diera marcha atrás para salir de ese callejón sin salida. Esto y los procesos de integración euroasiática evidencia que estamos superando la geomitopolítica negativa, con una sola diferencia: no es el mito el que transforma la realidad, sino la realidad la que tumba al mito.

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