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    Qué indica el tipo de cambio del rublo

    © Sputnik / Maxim Bogodvid
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    El tipo de cambio del rublo es una herramienta administrativa, no un indicador de la "eficiencia" o "ineficiencia" de una estrategia económica, cree Timoféi Serguéitsev, miembro del Club Zinóviev de Rossiya Segodnya.

    Ya hemos hablado del carácter específico del dinero en la actualidad. Necesitamos una divisa nominal cuyo futuro, si es que llegamos a tenerla, no tendrá nada que ver con la tasa de cambio con respecto al dólar del día de hoy, un indicador similar a la temperatura corporal de un enfermo. Comprobamos este termómetro tres veces al día observando con terror a ver qué sucede.

    Pero nadie muere de la fiebre, tampoco de la fiebre económica. Por mucho que los "científicos" digan que así falleció la URSS. Las sociedades se mueren por falta de voluntad de vivir, que se manifiesta exclusivamente en los fenómenos políticos, aunque la economía sí puede "ayudar". La economía soviética durante la guerra contra la Alemania nazi estaba muy lejos de ser lo que se llama "próspera", pero no había peligro de la desintegración del país. Hoy en día incluso los medios más populares, que anhelan apoyar los avivados sentimientos patrióticos, no hacen otra cosa que exacerbar los miedos en torno a la tasa de cambio del rublo. O sea: en torno al consumo de productos importados.

    Rublo
    © AFP 2019 / Alexander Nemenov
    A partir de ahora los "gurús económicos" liberales apartados de la influencia política directa irán pronosticando, cada vez con más insistencia, la inminente "catástrofe" instigando al consumidor ruso a la desobediencia civil: "¡Os habíamos advertido!" Es curioso pero no fueron ellos, sino otros expertos los que advirtieron sobre la crisis de la economía global del desarrollo nacional desigual, pero "estable" (según la terminología de la ONU), sobre la dependencia global de exportadores e importadores (de terceras personas, en primer lugar, de los "reguladores"), sobre los préstamos ilimitados (y no garantizados) estadounidenses a todo el mundo.

    Pero los "gurús económicos" ya crearon, y nos lo impusieron con éxito, tal lenguaje para describir los fenómenos económicos que es absolutamente imposible llegar a conocer la realidad a través de él. Lo mismo que intentar explicar la intervención soviética en Afganistán con la misión de "cumplir con el deber internacional", como se decía en la época soviética.

    Es verdad que tenemos graves problemas económicos. En parte, inevitables, históricos, relacionados con nuestros orígenes y la situación geográfica. En parte, consecuencia de nuestros errores, algo que pudo ser evitado o corregido. En parte (y es una parte considerable), impuestos desde fuera por nuestros rivales en la distribución de los bienes económicos. Estos tres tipos de problemas no surgieron ayer. Pero la economía es, sobre todo, un ejercicio para el sentido común. Y si no lo recuperamos dejaremos que nos engañen. No nos olvidemos de que la primera (y la fundamental) economía es el comercio. ¿Nos fiamos de los comerciantes "honestos"? Entonces, será mejor que cerremos el negocio, porque si no, nos arruinamos. Y los "comerciantes" nos llamarán papanatas, con toda la razón del mundo.

    La teoría económica que copiamos a los "gurús" estadounidenses, consistió, en los últimos 25 años, en que debíamos dividirnos en ricos y pobres. Que ésta es la organización social más "eficiente" económicamente. Porque es estadounidense. Los pobres se verán obligados a trabajar, en vez de estar ociosos en el lugar de trabajo, como pasaba en la URSS. Y esto será una "buscada" coacción económica para el trabajo. Porque de la coacción "política" y "administrativa" (en la Unión Soviética no trabajar se consideraba un delito) la gente está "cansada" y aceptará con alegría esta nueva fusta, como el iPhone 6 después del iPhone 5. Entretanto, los ricos serán, inevitablemente, los más inteligentes y los más prósperos y, por alguna razón, se dedicarán a crear nuevas ramas de la industria que fue "incapaz" de crear la URSS.

    Crear una clase de los ricos en poco tiempo sólo se puede de una manera, regalándoles los bienes estatales, y así se hizo. Los que repartían, evidentemente, no se olvidaron de sí mismos. Es lógico que esta forma de hacer fortuna no prevea la creación de nada nuevo, es más, cualquier novedad impide el enriquecimiento. Muchas cosas de las que ya existen también pueden molestar, pero mejorar lo existente es una faena y un dolor de cabeza. Es más fácil destruirlo. Y así también se hizo, y Rusia se fue de muchos mercados exteriores y dejó libres muchos de los interiores dando una gran alegría a los "comerciantes honestos". Fue justo lo que querían conseguir. Esto es la competencia. La tan mentada "capitalización" (no todos los privatizadores "se desarrollaron" hasta esta fase) consistió en desvalorizar los bienes estatales mediante una crisis económica nacional, fruto, a su vez, de "las reformas económicas", y luego vender el "capital" a Occidente. Y marcharse allí con el dinero. Punto. Esto les venía muy bien a los dueños de la situación, los occidentales, ya que, de esta manera, recibían, además, las herramientas políticas para manipular Rusia. El segundo capítulo del mismo guión lo vimos entre 2008 y 2012, cuando se privatizaron, en lugar de los bienes estatales (aunque con éstos no se ha terminado aún), los flujos presupuestarios. Que el Estado en lugar de a los hospitales, nos pague a nuestra compañía de seguros, nos quedamos con el beneficio, y el resto, está bien, que sea para los médicos. Y así sucesivamente.

    Pero en este sistema de coacción económica a algo que, de hecho, no existe (porque los empresarios no iban a crear una nueva economía, tampoco sabrían) el principal problema de los pobres (es decir, de la gran masa de la población) ya no es la explotación por el capital sino lo absurdo de su existencia. Donde se está destruyendo la economía no hace falta la población. Hay que reducirla. A los que el Estado ya había criado y educado antes, a éstos nos los llevamos al extranjero. El resto que vaya extinguiéndose poco a poco. Pero los pobres que quedan siguen votando: es un punto débil del sistema "democrático". Entonces, habrá que darles algo. Por eso los "capitanes de los negocios" liberales acordaron que una parte de los ingresos provenientes de la venta de las materias primas la tendrían que gastar en la importación —da igual qué importar- para cerrar la boca a la población. Y que eso lo tendría que hacer el Estado porque ellos mismos no se veían con fuerzas para compartir lo suyo. Así se consolidó un consenso político táctico entre el negocio y el poder. Desde el punto de vista institucional está formalizado en la situación dominante del partido oficialista Rusia Unida. Jodorkovski, por cierto, estaba condenado por la propia "comunidad empresarial" de Rusia ya que no "cuadraba" con este "acuerdo social". El quería quedarse con todo. Pero Gazprom no fue privatizado. Rusia no se desintegró y el sector petrolero fue desprivatizado. Aquí estamos, pues.

    Esta situación puede ser sólo temporal. En realidad, empezó a desarrollarse ya en la tardía URSS. Todos nosotros, tanto las autoridades, como el pueblo, empezamos a tener miedo a desarrollar nuevas actividades. Porque eso suponía trabajo, gastos, riesgos, problemas políticos y económicos. Las ideologías comunista y capitalista se enfrentaron con tanta violencia justamente porque ambas utilizan el mismo mito económico sobre la abundancia que dará (tiene que dar) al hombre su superioridad sobre la naturaleza ("las tecnologías"). Y los soviéticos tardíos anhelaban esta abundancia, el consumo ilimitado, no a cambio del trabajo sino como resultado de algún "milagro" económico. Aunque en cuanto al orden económico, en la URSS estaba instaurado precisamente el capitalismo, un capitalismo de Estado, extremadamente monopolista (como tiende a ser cualquier capitalismo), con la competencia organizada y dirigida de las grandes corporaciones, y, por eso, eficiente al máximo en la lucha económica con EEUU a pesar de recursos notablemente menores.

    El problema de la URSS, no erradicado hasta hoy día, fue y sigue siendo el problema de gestión que consiste en que a la población siempre le han prometido un sistema económico justo. Pero esto es falso, ningún sistema económico es justo ya que, por su naturaleza, tiene por objetivo la concentración de la riqueza, sin importar en manos de quién. La justicia es la responsabilidad exclusiva del Estado, ya lo demostró Platón. La gestión económica y la gestión de la justicia deben estar separadas. Pero en la URSS la retribución salarial y las garantías sociales estaban asociadas al lugar de trabajo, así que era imposible gestionar con eficacia el trabajo y las garantías. Mientras tanto, el socialismo no es igualdad, sino solidaridad, sólo posible en el caso de un régimen político justo que, en este caso, debe encargarse de la redistribución de bienes. En la Unión Soviética esta redistribución igualada —el mismo salario por cualquier trabajo- no era justa.

    Las privaciones sufridas por el pueblo en el último cuarto de siglo (y la inminentes privaciones futuras) serán justificadas sólo si empezamos, por fin, a utilizar el único, pero real, logro de la "nueva" Rusia: la separación, hecha realidad, de la retribución salarial (incluidos los sectores empresarial y administrativo excepto los superbeneficios a costa del Estado) y las garantías sociales. También es verdad que aún hoy las garantías sociales se ofrecen, en el plano ideológico, "bajo cuerda", ya que nuestra ideología económica sigue siendo, en general, liberal, y por lo tanto prohíbe similares garantías. No es de extrañar, pues, que muchos de nuestros compatriotas se desvivan por marcharse a Europa, allí nadie ha prohibido el socialismo aún. Mientras tanto, las autoridades rusas ofrecen las garantías sociales en forma "monetizada" (prestaciones por nacimiento del segundo hijo, facilidades hipotecarias para familias jóvenes) o en forma de consumo ampliado. Porque es lo que el consumidor espera de las garantías sociales. Pero el consumo no garantiza la continuidad de vida, es disonante con ella, como cualquier deseo desenfrenado y estimulado por la promesa de un abstracto crecimiento económico. Las garantías sociales no monetizadas, en lugar de ampliar el consumo (como pretenden los que se benefician redirigiendo los flujos presupuestarios), deben armonizar la reproducción de un individuo sano, activo y educado. A él le echa en falta tanto nuestra economía. Ya empezamos a contratar a los pilotos en el extranjero. Mientras el consumidor prefiere comprar el tercer televisor o el nuevo iPhone a curar una enfermedad crónica o aprender una nueva profesión.

    El negocio volverá a recuperar la normalidad sólo cuando deje de tener por objetivo la obtención de los superbeneficios. Es válido para todos los niveles de la actividad empresarial: desde la pequeña y mediana empresa hasta la más grande. Sólo entonces se podrá plantear la cuestión sobre la eficiencia productiva y, en general, económica de la actividad empresarial. Entonces ni el funcionario ni el bandido tendrá motivos para expoliar al empresario. Pero el empresario necesitará una auténtica protección estatal, legal y económica. En otras palabras, el negocio debe funcionar en vez de ganar dinero. Esto es lo que necesitamos, no una mítica "lucha contra la corrupción", ya que es imposible luchar contra uno mismo.

    Tenemos que deshacernos de otro mito económico, conseguir que la tasa de cambio, en lugar de provocar pavor, se perciba como un indicador, un síntoma. Nos están imponiendo la idea de que debemos encontrar nuestro lugar en el "esquema de la división internacional de trabajo". Nos obligan a aceptar que es la única manera de proceder posible. Y el lugar ya se encontrará, y no será de los mejores. Nuestra "dependencia de los hidrocarburos", la obsesión de la ideología económica liberal, es la aplicación de esta idea. No debemos producir armas, aviones y cosas mínimamente complejas. Incluso el inocente intento ruso de comprar el problemático Opel terminó en fracaso. A nosotros nunca nos han vendido nada bueno ni avanzado. Tampoco antes de las sanciones. Cabe recordar en este sentido que Piotr Kropotkin, uno de los padres fundadores del movimiento anarquista, criticaba el mismo principio de la división internacional (y regional) de trabajo. Si no queremos que nos manden otros, sino ser independientes, merece la pena estudiar con atención el pensamiento económico del anarquismo. Es perfectamente aplicable a la economía internacional. Nadie en el mundo actual exporta los productos con otro objetivo que conseguir los superbeneficios y crear la dependencia del importador (en caso contrario el propio exportador será dependiente, un ejemplo es la prohibición de la importación por parte de Rusia como respuesta a las sanciones). Es inevitable dado el sistema monetario internacional basado en la emisión excesiva. De manera que la exportación es el derecho del fuerte y la posibilidad de comercializar sus productos a condiciones favorables, la publicidad agresiva, la estimulación política de la importación a los países dependientes. De manera que tenemos que acordarnos de que la economía real no supone la especialización sino la ampliación de los ámbitos y actividades de producción propia hasta poder producir todo lo que necesitemos.

    Esto también se refiere a las tecnologías. Y si no las podemos producir, hay que copiarlas, como lo hacen en China, sin cortarse lo más mínimo. El mito sobre los "países atrasados" es la verdad vuelta del revés sobre el principal objetivo político de los países "desarrollados" que hacen todo para impedir la divulgación de los conocimientos y las tecnologías. Estos países, que conocemos de sobra, no quieren divulgar los conocimientos ni las tecnologías (algo necesario según el mito sobre la abundancia mencionado arriba), pero sí quieren apropiarse de los recursos naturales sin los que, por el momento, no puede prescindir ninguna "sociedad de la información", ya que es imposible vivir, físicamente, en el Facebook. Sin la socialización global de la ciencia no puede existir la humanidad global en el sentido económico. Entonces, por ahora, cada uno en su casa.

    El rechazo a los hábitos impuestos del consumo no es una decisión fácil por parte de los consumidores. Pero es inevitable. Será mejor cambiar de hábitos que perder la vida. La mitología económica que nos están intentando hacer creer para sembrar pánico, histeria y pavor incontrolables, trata lo económico como un proceso natural. Todo en él sucede "por sí solo". No se debe "intervenir", sólo hace falta "dejar estar". No es verdad. Los procesos naturales en la realidad económica son reacciones a un componente artificial, a las acciones de los actores individuales o colectivos, como grandes empresas o Estados. Estos últimos, por cierto, existen precisamente para cuidar de la riqueza de las naciones, mientras que sin los Estados no habría ni riqueza ni naciones. Adam Smith lo tenía claro, de eso partía. Los "intérpretes" modernos de su pensamiento no hacen otra cosa que desvirtuar sus ideas en las conversaciones banales sobre "la mano invisible del mercado", seguros de que, dada la crisis total en el sistema de educación, nadie leerá al propio economista escocés, y si alguien lo hace no entenderá nada. Pues lo esencial en esta expresión es la palabra "mano", aunque sea invisible. El mercado es la herramienta de control estatal de la economía, esto es lo que decía el clásico.

    La tasa de cambio del rublo es un fenómeno artificial y natural a la vez. En la parte "natural" de su "conducta" representa la reacción defensiva de nuestro organismo económico nacional ante el exceso de productos introducidos desde fuera. En la parte artificial es donde nosotros mismos tenemos que esforzarnos por rebajarlo, ya que la prohibición de entrada de lo ajeno complementa la prohibición de importación de una serie de productos agrícolas y alimentarios. Los vectores coinciden, entonces todo es correcto. De hecho, es una vieja cuestión sobre la libertad de comercio rechazada desde siempre por Europa y defendida desde siempre por Gran Bretaña. Ya está bien de nadar en la abundancia a costa de los recursos naturales, de estar sin dar un palo al agua consumiendo todo lo que salte a la vista, ahora nos toca trabajar y recuperar el potencial humano. La tasa de cambio del rublo es una herramienta administrativa, no un indicador de la "eficiencia" o "ineficiencia" de una estrategia económica. Es algo momentáneo, mientras que la recuperación de la soberanía económica nos llevará años. El pánico y la histeria no ayudan, molestan. No tenemos otro camino. Quien piense diferente, que mire a su alrededor.

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    rublo, Club Zinóviev, Rusia
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