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    Donald Trump dijo en una entrevista al portal de noticias Axios que estaría dispuesto a reunirse con Maduro, dando un vuelco radical a su política con Caracas. Esta declaración tiene un trasfondo enmarcado en la diatriba electoral norteamericana, pero un cambio en la Administración, ¿realmente cambiaría la agresión de EEUU hacia Venezuela?

    Venezuela y EEUU tuvieron durante más de un siglo una relación económica leonina favorable al gigante norteamericano. La producción petrolera y siderúrgica venezolana es una copia al carbón de los desarrollos industriales en Texas y Pensilvania, mientras la dependencia tecnológica y financiera alcanzó niveles coloniales.

    La relación se vio interrumpida de manera unilateral por el Gobierno de Obama y endurecida por Trump, cuyo fin único es defenestrar a la Revolución Bolivariana de una vez y para siempre.

    Tanto demócratas como republicanos han sido contestes en enfilar tanto el poder blando (soft power), como el poder duro (hard power), así como su no tan inteligente (smart power) en los últimos 21 años de historia contra Venezuela, con resultados variables, desde cuasi perfectos hasta nefastos y risibles en el logro de sus objetivos, que van desde el golpe de abril de 2002, pasando por la batalla de los puentes, hasta la bahía de Macuto.

    Ha sido una política de estado de EEUU tanto de demócratas, como republicanos, así como del otrora aspirante Bernie Sanders de demonizar a Nicolás Maduro y tratar de calificarlo ante la opinión pública mundial al mismo nivel que Hitler y Pol Pot, salvo algunas voces disidentes en la política norteamericana. Para ser presidente de ese país, al referirte a Venezuela, debes calificarlo, al menos, como Estado fallido y forajido.

    La razón de ser de este fenómeno obvio, probado y reseñado en elecciones pasadas, es que en Florida existe una enorme comunidad de hispanos que no simpatizan con los gobiernos de izquierda de sus respectivos países de origen. Simplemente para ganar el voto hispano, existe una competencia a ver quién hará sufrir más a sus familiares, amigos y paisanos en Cuba, Venezuela y Nicaragua.

    Ahora bien, el actual Nicolás Maduro no es el mismo de 2016, se ha fortalecido exponencialmente y va al contrataque. Maduro ha hecho cosas en lo económico que nadie, ni el mismísimo Chávez, se atrevió hacer, como es la liberalización de la tasa de cambio oficial, así como sincerar el precio de los combustibles; todo esto sin disparar una sola bomba lacrimógena, con un costo político y social casi nulo, en circunstancias apremiantes y agravadas por el bloqueo criminal y la situación de la pandemia del COVID-19.

    Las acciones llevadas por Trump contra Venezuela para estrangular su economía han logrado por un lado depauperar a los nacionales más vulnerables, llevándolos a niveles sociales ya superados por la Revolución Bolivariana, recordándoles su condición de pobres que vivieron en los años 80 y 90 del siglo pasado, afianzando su apoyo a todas las políticas sociales del Gobierno de Maduro.

    La guerra de agresión económica ha tenido un efecto búmeran en sus objetivos, por cuanto la base opositora venezolana que reside en su país, que al principio se mostraba complacida por el ataque indiscriminado por parte de EEUU, ahora se ve afectada directamente, bien sea por restricciones en viajes al extranjero, no tener servicio de televisión satelital, entre otras situaciones producidas directa o indirectamente por la acción de Washington.

    La situación de la pandemia en Suramérica, sus sistemas sanitarios obsoletos y desmantelados por el neoliberalismo, ha hecho que varias oleadas de migrantes se devuelvan, incluso a pie a Venezuela, para la fecha de publicación de este artículo, se han reportado más de 60.000 connacionales repatriados.

    Esto ha conllevado a un estruendoso fracaso continental de la política agresiva de Washington, por cuanto el llamado Grupo de Lima y la OEA de Almagro son unos acólitos de Donald Trump. La noticia falsa de millones yéndose de Venezuela se enmudece con los miles que se devuelven a diario a una extraña dictadura que los protege y los acoge mejor que las democracias que los condenaron al hambre y la miseria.

    Aunado a lo anterior, la reactivación de las refinerías venezolanas con ayuda de Irán, entre ellas el CRP de Paraguaná, el segundo más grande del mundo, es una realidad cada vez más evidente. Seguido por la declaración del presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, donde manifiesta su intención de vender gasolina a Venezuela, si así lo pidiera Nicolás Maduro, aparte de contar dicho Gobierno con alianzas estratégicas con China, Rusia y Turquía.

    Todo este panorama, que se ha generado paradójicamente gracias a las sanciones unilaterales de EEUU, y que las mismas no lograron doblegar a la Revolución Bolivariana, sino que contrariamente han atornillado a Nicolás Maduro en el poder, le ha permitido sanear la economía rentista y parasitaria que tenía Venezuela y ha reactivado las fuerzas productivas dormidas y borrachas de petrodólares, que ya no existen.

    Hoy por hoy, es cuestión de tiempo para que Venezuela por sus propios y humildes esfuerzos sea autosuficiente y plenamente independiente de esa relación tóxica con EEUU. El país suramericano vive la crisis del miembro de la pareja que se divorcia del cónyuge maltratador y explotador, emprende un camino solo, plagado de sacrificios, pero que al final del camino la llevarán a la plena libertad e independencia económica.

    Ahora se preguntará el lector ¿quién es mejor entre Trump y Biden para Venezuela? Les responderé con una frase de Henry Kissinger cuando le pidieron su opinión sobre quién preferiría que ganase la guerra entre Irak e Irán, dijo en esa oportunidad y con esto me despido: solamente lamento que no puedan perder los dos.

    LA OPINIÓN DEL AUTOR NO COINCIDE NECESARIAMENTE CON LA DE SPUTNIK Y LOS TEXTOS ESTÁN AUTOEDITADOS POR LOS PROPIOS BLOGUEROS

    Etiquetas:
    Venezuela, EEUU, Donald Trump, Joe Biden
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