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    El drama político que se vivió tras la elección en el Estado Federal de Turingia reveló ciertos hechos por demás interesantes del sistema político alemán y que funciona como un microcosmo del mapa político europeo.

    Así, estas elecciones ponen de manifiesto:

    1. Las deficiencias representativas de los sistemas parlamentaristas en general.
    2. La falsedad de la supuesta aversión que el partido de la canciller Angela Merkel (CDU) tiene hacia el neofascista partido Alternativa para Alemania (AfD).
    3. La confirmación de que la clase burguesa alemana y sus aliados conservadores prefieren mil veces a un partido de ultraderecha en el poder que a un partido light de izquierda reformista como Die Linke, inclusive en el plano local.

    ¿Pero qué ha ocurrido? Bueno, como ha venido siendo el caso en todo el territorio alemán, los dos partidos tradicionales, el Partido Socialdemócrata SPD y la Unión Demócrata Cristiana CDU, han sido los grandes perdedores. Ambos partidos han venido pulverizando su apoyo electoral en todo el país debido a sus desastrosas políticas aplicadas a través de la coalición que gobierna Alemania.

    Recortes al gasto público, política tributaria implacable, aumento de la desigualdad y el desastroso manejo de la crisis de los refugiados han sido sin duda algunos de los motivos que han propinado derrotas electorales de un calibre que deja aturdido hasta al más experimentado político.

    En Turingia, entre el SPD y CDU han perdido casi 20 parlamentarios, que representan más del 40% de los votos obtenidos entre ambos partidos en las pasadas elecciones. Como consecuencia de este descalabro, el gobernador en cargo, Bodo Ramelow, de Die Linke, no ha podido reelegirse, puesto que los votos de los parlamentarios perdidos del SPD han sido cruciales.

    De hecho, el SPD es el talón de Aquiles de la coalición, pues ha sido el único de los tres partidos que la integran que ha perdido apoyo de tal manera. Die Linke volvió a ganar la elección a pesar de perder algunos votos y los verdes Grünen prácticamente han quedado igual.

    La imposibilidad de verdes, rojos y socialdemócratas de repetir coalición fue aprovechada por los liberales FDP para proponer de manera oportuna a su candidato Thomas Kemmerich como ministro, a pesar de solo haber obtenido 5% de los votos (mínimo requerido).

    Esta propuesta fue apoyada por el CDU y sorprendentemente también por el AfD; y así pues, como "por error" o "sin querer queriendo", tanto los liberales como la Unión Demócrata Cristiana de Merkel se vieron en una coalición con el partido de la ultraderecha con el que juraron jamás colaborar.

    Las protestas y el tumulto no se hicieron esperar. Fue tanta la presión y la vergüenza para Merkel que la primera cabeza en rodar fue la de su protegida, la presidenta de partido y posible futura candidata a canciller, Annegret Kramp-Karrenbauer, quien renunció.

    Angela Merkel, la canciller alemana
    © REUTERS / Michele Tantussi
    A su vez, Angela Merkel salió rápidamente a asegurar que estaba muy indignada con esta colaboración y que todo había sido un malévolo plan del AfD para ponerlos en una situación incómoda, pues ellos no sabían que el AfD apoyaría la candidatura de Kemmerich. Señora Merkel, ya ofendió usted nuestra sensibilidad votando junto al AfD, no intente ahora ofender nuestra inteligencia con esta explicación.

    Paralelamente, Bodo Ramelow y Die Linke se rasgaban las ropas y lloraban lágrimas de cocodrilo en su rol de víctimas del parlamentarismo burgués alemán, entre miles de referencias a tiempos de Hitler. Pero las intenciones de voto para una segunda elección les aseguraban una subida en su apoyo, y después de que Kemmerich renunciase a ser ministro, todo parecía cuestión de tiempo para hacer retorno triunfal como los vencedores de una intentona fascistoide para sacarlos del ejecutivo estatal.

    El problema es que las intenciones de voto también presagiaban una caída aún más estrepitosa para el partido de Merkel y aquí es donde realmente las alarmas se prendieron, había que evitar una segunda elección.

    Nada como el viejo "evitemos la inestabilidad política" para justificar cualquier negociación partidista en Alemania, por más inmoral que sea. Y es que a final de cuentas el AfD ha salido más taimado que un viejo zorro, pues ha dicho "señores, ¿no quieren otra elección? ¡Perfecto, dennos al viceministro y listo!" y ¿qué ha dicho el señor Ramelow, después de jugar a la víctima y condenar al AfD como el partido de ultraderecha heredero de Himmler, Göring, Hitler y compañía? Bueno, ha dicho 2evitemos la inestabilidad política" y ahora Turingia tiene a un ministro de izquierda y un viceministro de la ultraderecha. Eso sí, los dos partidos más votados.

    Entre tanto, los conservadores se carcajean y relamen los bigotes gracias a su nueva idea del pacto Molotov-Ribbentrop. La que no ríe mucho es Karrenbauer, quien ya se sentía el nuevo gatito de Angora de Merkel, pero después de este drama propio de telenovela latina por lo menos hemos aprendido un par de cosas sobre el sistema político alemán:

    1. El parlamentarismo alemán está ahí para representar los intereses de partidos y no del ciudadano.
    2. La derecha alemana prefiere mil veces a un fascista que a un izquierdista moderado.
    3. Die Linke hará todo para que la dejen jugar al jueguito del parlamentarismo alemán.

    LA OPINIÓN DEL AUTOR NO COINCIDE NECESARIAMENTE CON LA DE SPUTNIK Y LOS TEXTOS ESTÁN AUTOEDITADOS POR LOS PROPIOS BLOGUEROS

    Etiquetas:
    Partido Socialdemócrata de Alemania (SPD), Angela Merkel, Unión Demócrata Cristiana de Alemania (CDU), Turingia, Alemania
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