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    Popeye se promocionaba en las redes sociales y medios de comunicación como un sicario despiadado, como un cáncer, digno de haber sido contratado por el patrón de la maldad, Pablo Escobar.

    Jhon Jairo Velásquez Vásquez, Popeye, era un tipo locuaz, capaz de vender humo o hielo en el Polo Norte y arena en el Sahara. Era, además, dueño de una incontinencia verbal con fuerte olor a sangre. Sin embargo, a pesar de su verborrea despreciable, había secretos que él mismo no estaba dispuesto a revelar. En parte, su magnetismo radicaba en esa suerte de lealtad.

    Empleaba por momentos una estrategia de hablar por hablar sobre el extinto capo más buscado de América. Con ella cobró visibilidad. Por llamarlo de alguna manera, se volvió importante, alcanzó el éxito de ser youtuber con muchos suscriptores. Una celebridad e influencer de redes sociales. 

    Con estrategias grotescas de marketing barato de sicario, Popeye le hizo publicidad a su marca de criminal. Construyó con palabras una imagen de asesino famoso, de leyenda sanguinaria, de suspenso. No creo que haya leído a Agatha Christie. 

    Popeye se promocionaba en las redes sociales y medios de comunicación como un sicario despiadado, cual un asesino sin igual, el autoproclamado general de la mafia. Mejor dicho, como un cáncer, digno de ser contratado por el patrón de la maldad, por Pablo Emilio Escobar Gaviria, como Popeye solía llamarlo con halo maternal frente a las cámaras de televisión. 

    Hay quienes dicen que más bien Popeye era de los que hacían los mandados a otros que estaban por encima de él; no recibió nunca orden directa. Por ende, no era el sicario favorito del abatido jefe del Cartel de Medellín. Despectivamente, se les llaman 'lavaperros'.

    La insólita admiración por Pablo Escobar y el absurdo lamento por la muerte del exjefe de sicarios de Pablo Escobar, alias Popeye, demuestran que ciertos medios de comunicación han implantado una narcocultura hegemónica en Colombia a partir de las narcoseries de televisión, narconovelas, películas sobre narcotráfico. Pienso que ha hecho falta una verdadera sanción social, desaprobación del Estado, inclusive el rechazo del Gobierno colombiano.

    Muchos jóvenes usan camisetas con la imagen de Pablo Escobar, porque ven en el extinto capo colombiano un símbolo de rebeldía, de ir contra la corriente, contra el poder y el Estado, pero no deberían desconocer que Pablo Escobar realmente hizo parte del engranaje del Estado colombiano. El narcotraficante fue congresista y no era un extraterrestre que apareció de la noche a la mañana en Medellín. No. Era un individuo formado o mal formado en la sociedad. 

    A pesar de haber confesado que entregó el arma a los sicarios para que asesinaran a Luis Carlos Galán, excandidato a la Presidencia de la República, su hijo Carlos Fernando Galán, excongresista, afirmó en Twitter que perdona a Popeye.

    ​Pero el lamento por el fallecimiento de Popeye no fue bien recibido en un sector de la sociedad colombiana. El congresista Iván Marulanda envió una dura carta al presidente de la República, Iván Duque.

    Popeye ha muerto. Solo el cáncer pudo acabar con una vida que fue como el cáncer para muchas.

    LA OPINIÓN DEL AUTOR NO COINCIDE NECESARIAMENTE CON LA DE SPUTNIK Y LOS TEXTOS ESTÁN AUTOEDITADOS POR LOS PROPIOS BLOGUEROS

    Etiquetas:
    sicario, Pablo Escobar, Jhon Jairo Velásquez (Popeye)
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