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    La bendición (y la maldición) de la propaganda estadounidense

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    Filip Churílov
    Filip Churílov
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    Los grandes medios de EEUU cuentan con enormes audiencias nacionales y mantienen un férreo control sobre qué piensa y cómo percibe el mundo la opinión pública del país norteamericano. No obstante, este poder conlleva una gran responsabilidad: al guiar a la opinión pública por un determinado camino, es muy difícil cambiar de rumbo de forma brusca.

    No hace falta dar ejemplos de los éxitos de los medios norteamericanos a la hora de condicionar las percepciones de los ciudadanos estadounidenses.

    Desde la cada vez más popular creencia de que fue EEUU quien más contribuyó a la victoria sobre la Alemania nazi a la acrítica percepción de Irán, Corea del Norte y Rusia como "enemigos de EEUU" —sospechosamente parecida a las postura que mantiene actualmente la élite gobernante— hasta, quizá el ejemplo más descarado, la falsa justificación de la invasión de Irak en 2003. Hay un sinfín de pruebas de que un mensaje reiterado un millón de veces —aunque sea falso— tarde o temprano acaba calando en la opinión pública.

    Además de los medios de información, otras industrias culturales también participan de este proceso. Hollywood, los portales de entretenimiento y los videojuegos realizan también su importante aporte.

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    Así que la 'bendición' de la propaganda estadounidense, es decir, su poderío y las capacidades para influir en la narrativa del mundo, son indudables. En ese caso, ¿de qué 'maldición' estamos hablando?

    Actualmente este gran potencial se utiliza, básicamente, para dirigirse a toda máquina a un callejón sin salida y asumir la inevitabilidad del golpe.

    Un ejemplo clásico de este fenómeno serían las percepciones difundidas entre las audiencias locales e internacionales sobre los líderes de los países definidos como 'rivales' por parte de Washington: todos son presentados como personas completamente irracionales, maníacas o directamente perturbadas.

    Estos serían los perfiles de los líderes enemigos, según los estereotipos minuciosa y sistemáticamente planteados:

    Vladímir Putin, presidente de Rusia. "Un exagente de la KGB que odia a Occidente y busca destruirlo inmiscuyéndose en absolutamente todo lo que pasa en cualquier país democrático y que sueña con invadir los países Bálticos, Polonia, Suecia y Dinamarca, entre otros" —probablemente todos a la vez—.

    Cualquier presidente o ayatolá en Irán. "Quieren destruir Israel y acabar con todos los judíos, patrocinan el terrorismo en todo el mundo y desarrollan en secreto armas de destrucción masiva para amenazar a EEUU y Europa".

    Kim Jong-un, líder de Corea del Norte. "Un dictador loco que fabrica misiles nucleares en detrimento del bienestar de su propio pueblo y sueña con lanzar ataques atómicos contra EEUU y sus aliados cuando disponga de una ojiva nuclear lo suficientemente pequeña como para ser colocada en un misil".

    Bashar Asad, presidente de Siria. "Un cruel dictador asesino que bombardea civiles y hospitales con armas químicas, ignorando todas las advertencias de EEUU sobre una posible invasión militar en su país si continúa con sus incesantes ataques químicos".

    Entre otros ejemplos históricos basta recordar a Sadam Huséin, que supuestamente poseía armas de destrucción masiva y estaba dispuesto a usarlas —pese a que no se consiguió ninguna prueba de ello ni antes ni después de la invasión de Irak—, y Muamar Gadafi con sus "mercenarios que violaban por orden directa del dictador y mataban sin razón a los manifestantes pacíficos y activistas democráticos" —los rumores sobre las supuestas violaciones masivas fueron posteriormente desmentidos por la ONU—.

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    ¿Qué une todos estos perfiles fabricados entre sí? Simplemente no se puede cooperar con 'personas tan malas'.

    Al desatar y mantener una guerra mediática en contra de algún líder mundial, los medios de EEUU van moldeando una percepción muy concreta de las personas atacadas.

    Esta percepción va arraigando tan profundamente en la opinión pública que después los altos cargos del país ya no pueden modificar su postura y el rumbo de sus políticas sin correr verdaderos riesgos de perder apoyos electorales en clave interna, en el propio EEUU.

    No se puede dialogar con Corea del Norte porque "Kim es un loco". A un loco se le debe bombardear heroicamente y cualquier político estadounidense que proponga negociar con Pyongyang una distensión es un traidor a los valores nacionales.

    No se puede dialogar con Irán porque "todos los iraníes sueñan con destruir a nuestro aliado, Israel, algo que no vamos a permitir bajo ninguna circunstancia". A los enemigos de nuestros aliados solo se les puede bombardear o, cuando bombardearlos puede resultar peligroso para las 'Gloriosas Tropas de la Libertad', aplicar sanciones.

    Con Putin, tampoco hay nada de qué hablar, "porque es un enemigo de la democracia" y punto.

    Con Asad todavía menos, "porque está envenenando a miles de sus ciudadanos con armas químicas, es un monstruo" y punto.

    Básicamente, ningún político de Washington puede participar en un diálogo con 'los enemigos de EEUU'.

    De intentarlo, en las próximas elecciones sería desalojado del poder por ser 'un traidor de los valores estadounidenses'. Y si anuncia previamente sus planes de distensión y diálogo, evidentemente no será elegido porque nadie va a votar por 'un traidor a los valores estadounidenses'.

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    En este escenario, a las audiencias estadounidenses no les importa —porque nadie se lo explica— que no haya ninguna razón práctica para que Rusia 'invada los países bálticos', con su menguante demografía y decadente industria.

    Moscú, de hecho, está invirtiendo enormes recursos en desarrollar sus propios puertos y gasoductos con acceso al Báltico con el fin de 'independizarse' de estos países, que mantienen actitudes claramente inamistosas hacia Rusia.

    Si un país lleva años desarrollando su propia infraestructura moderna, ¿qué razón tendría para invadir otro Estado con una ajena y obsoleta?

    En el caso de Siria, la histeria y las amenazas sobre los supuestos 'ataques químicos de Asad' son tan fuertes que la mayoría de la población estadounidense ni siquiera repara en que la mera idea de llevar a cabo un ataque semejante supondría un suicidio para Damasco.

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    La 'espada de Damocles' de una invasión militar internacional se cierne sobre Bashar Asad casi desde el inicio de la guerra civil en Siria. Durante todo este tiempo, EEUU y sus aliados amenazaron a Damasco de forma directa con que en caso de que se produjera un ataque químico lanzarían una intervención bélica contra Asad. Los ejemplos de Irak y Libia confirmaron que es algo que pueden hacer sin pensarlo dos veces.

    Por otro lado, la fase crítica del conflicto ya pasó, y Damasco, con el indispensable apoyo militar de Moscú y Teherán, cambió el rumbo de la guerra y ya no corre el riesgo de sufrir una derrota a manos de los grupos terroristas o de la oposición armada.

    ¿Qué sentido tiene entonces para Bashar Asad usar armas químicas contra su pueblo? ¿Qué sentido tiene echar por la borda todos los sufrimientos de los sirios en los últimos años para emprender una huida hacia la 'paz eterna' bajo las 'Bombas Humanitarias de la Libertad' de la coalición de EEUU?

    Para Bashar Asad no hay ningún argumento lógico que justifique semejante decisión. Pero con las múltiples amenazas de EEUU, el Reino Unido e incluso Francia, hasta el más estúpido de los yihadistas adivinaría que lo que realmente necesita para salvarse de la derrota son algunos muertos por sustancias químicas, preferiblemente menores, para que Donald Trump y sus amigos tuvieran un pretexto perfecto para quitarse la máscara y 'añadir' el territorio de Damasco al del desierto adyacente a la capital siria.

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    Y lo peor es que las audiencias norteamericanas saludarían esta 'solución'. Porque Asad "es un dictador asesino, lo vimos en la tele".

    El círculo vicioso de demonizar al líder de una nación, luego a su Ejército y finalmente a sus aliados para después asesinarle y destrozar su país a la mínima oportunidad no tiene fin.

    Los consumidores de medios de EEUU ansían acciones contra 'los chicos malos' que la prensa les ha presentado como tales y si uno quiere mantenerse en el poder en Washington debe satisfacer esta demanda o renunciar. "Eso es triste", como diría Trump.


    LA OPINIÓN DEL AUTOR NO COINCIDE NECESARIAMENTE CON LA DE SPUTNIK Y LOS TEXTOS ESTÁN AUTOEDITADOS POR LOS PROPIOS BLOGUEROS

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