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    Una de las consecuencias de la ruptura de relaciones entre la Unión Soviética y Occidente después de la II Guerra Mundial fue que todo aquello relacionado con la cultura norteamericana y europea empezó a ser perseguido por el Gobierno, que no veía con buenos ojos la influencia occidental.

    El jazz, música que en los años 20 y 30 del siglo XX se podía escuchar en unos pocos vinilos oficiales, se convirtió, después de la guerra, en uno de los enemigos del sistema soviético, al estar considerado la representación máxima del libertinaje, la depravación y el exceso occidentales.

    Niño con su colección de vinilos
    © Sputnik / M. Dmitriev
    Niño con su colección de vinilos

    Por esa razón, toda posibilidad de conseguir discos originales de jazz por medios legales desapareció. Sin embargo, el deseo de escuchar esa música no se esfumó. Fue entonces cuando jóvenes soviéticos empezaron a copiar vinilos con ayuda de un equipamiento primitivo. Así, muy pronto descubrieron que las radiografías, a menudo encontradas en los basureros cerca de los hospitales, podían sustituir al vinilo. De ese modo, nació una parte clave de la industria musical clandestina soviética. Conseguidos ilegalmente, los fans de la música copiaban discos en radiografías propias o de sus familiares.

    La música proscrita llegaba al país gracias a los soldados que volvían de otros países o bien a las pocas personas que se podían permitir el lujo de visitar Occidente. Una vez acá, los acetatos eran copiados en estudios ilegales y luego vendidos entre los 'stiliagi', una contracultura que, a su manera, imitaba el estilo de algunas subculturas americanas y otros jóvenes adeptos al jazz.

    Fue de esta forma como Charlie Parker, Duke Ellington, George Gershwin y muchos otros fueron grabados en radiografías de columnas, pies y manos, repartidos entre los jóvenes, vendidos, revendidos y, más importante aún, escuchados y bailados por toda una generación que prefería el sonido del saxofón al de la balalaika.

    A los jóvenes no les importaba la lentitud del proceso de copiado (cada acetato tenía que ser grabado giro por giro en un solo ejemplar) y la baja calidad del sonido, que se veía afectado por la imagen en la radiografía. Para ellos, lo más importante era escuchar jazz. Además, las mismas radiografías se convertían en una especie de carátula única, que permitía a los jóvenes saber que detrás de un hueso de la mano se escondía Ernie Ford o que en la radiografía de un diente se agazapaba en realidad una canción de Johnnie Ray.

    En 1959, el Gobierno soviético creó la 'Patrulla musical' y muchas de las personas que participaron en la importación, el copiado y la venta de estos vinilos radiográficos terminaron en la cárcel entre tres y cinco años. Ese era el precio que pagaban aquellos que llevaban "la música en los huesos", los piratas de la posguerra, una época que término con la llegada de Jruschov, el inicio del deshielo y la aparición del magnetófono.

    Hoy en día, los históricos de la música se interesan por este fenómeno cultural, único en su tipo. Sin embargo, lo único que en realidad queda de esa época es la idea romántica de temeridad y la lucha contra la prohibición.

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