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    LA HABANA (Sputnik) — El presidente de la Cátedra "Nuestra América" de la Universidad de La Habana (UH), Jorge Hernández, afirmó que la campaña presidencial en EEUU está marcada por la profunda crisis cultural que ha definido a esa sociedad durante los últimos treinta años.

    Profesor e investigador titular, sociólogo y politólogo del Centro de Estudios Hemisféricos de la UH, Hernández aseguró que no debe perderse de vista que la llamada Revolución Conservadora que se desplegó a partir de la década de 1980, con el doble gobierno republicano de Ronald Reagan (1981-1989) y con la administración de George H. Bush (1989-1993), significó el inicio de un proceso de agotamiento del liberalismo tradicional en ese país.

    La denominada Revolución Conservadora conllevó una quiebra del proyecto de nación que se estableció en los años de 1930, cuando el gobierno demócrata y liberal de Franklin Delano Roosevelt impulsó lo que se conoció como el "Nuevo Trato" o New Deal, recordó el académico.

    Desde entonces, indicó, a pesar de esa quiebra, no ha aparecido un proyecto nacional sustitutivo perdurable.

    Lo que cristalizó fue un proyecto económico de naturaleza neoliberal, que procuraba reducir el papel del Estado e impulsar el mercado, retomado a inicios del presente siglo con la doble etapa republicana de George W. Bush (2001-2009).

    Para Hernández, el agotamiento de esa etapa, que evidenció los límites del proyecto conservador y conllevó una gran insatisfacción y rechazo en la sociedad estadounidense, constituyó mucho más que una crisis política.

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    Se trataba de una ratificación de la crisis cultural iniciada en los años de 1980, la cual quedó como sumergida durante la década de 1990, en que con los dos mandatos demócratas de Clinton pareció reverdecer el liberalismo, sin conseguirlo, razonó.

    Señala el estudioso que desde este punto de vista Estados Unidos puede considerarse hoy como una nación en la que prevalece el pensamiento conservador, aunque se trate de mantener el mito de que es la cuna y el símbolo del liberalismo político.

    Las elecciones de 2008, que hicieron posible llegara a la Casa Blanca a un negro, se explica en buena medida por ese telón de fondo, por la crisis cultural.

    Ese contexto se repite hoy de alguna manera, acotó el experto, ante la contienda presidencial de 2016, en cuyo desarrollo afloraron figuras anti-sistema, como la de Bernie Sanders, entre los demócratas, y la de Donald Trump, entre los republicanos.

    Sobre esa tendencia opinó que estaba prefigurada con la aparición hace unos pocos años del movimiento Occupy Wall Street y del Tea Party.

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    Y es ese mismo entorno el que explicaría que una mujer –fenómeno sin precedentes, como el de Obama en 2008– sea candidata a la presidencia.

    A la vez, el hecho de que la campaña se haya caracterizado por ser –según coinciden analistas de las más diversas latitudes, afiliaciones ideológicas y compromisos políticos–, la más sucia de la historia de los procesos electorales en ese país, también debe comprenderse en ese contexto, alertó el catedrático.

    En su criterio, se trata de un marco de confluencia de diversas crisis: de credibilidad, de confianza, moral, de legitimidad, ideológica y política.

    Hernández recalcó que es una verdadera crisis cultural.

    El proyecto de nación de Estados Unidos hizo crisis hace unos años, ella persiste y se profundiza y no aparece un nuevo proyecto de nación. Ni los partidos ni sus candidatos ofrecen propuestas serias en tal sentido.

    En referencia a las implicaciones que pudiera tener para América Latina la victoria de Clinton o de Trump, el analista subrayó que en realidad, aunque es relevante la pertenencia partidista de una u otra figura, en Estados Unidos opera lo que se podría denominar la razón de Estado, pese a los matices.

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    Lo que reflejan las Administraciones de turno son intereses pasajeros, consustanciales a gobiernos temporales, en los que se manifiestan posturas de éste o aquél partido. Pero hay algo trascendente, que vendría a ser el interés permanente, esencial, del imperialismo, del sistema, razonó el académico.

    Se trata del interés del Estado, esa estructura institucional, clasista, que perdura como emblema de la dominación imperialista. Bajo esta óptica, la mirada norteamericana hacia América Latina tiene que ver con esto último, precisó.

    América Latina ha ocupado siempre un lugar especial en la escala de intereses y prioridades de Estados Unidos, aunque se exprese de diferente modo, comentó Hernández.

    Evocó al respecto al historiador y latinoamericanista de ese país Lars Schoultz, quien suele afirmar que tres han sido los objetivos e intereses norteamericanos con respecto a América Latina: los simbólicos, relacionados con su significación para la política doméstica estadounidense; los económicos, asociados a lo que representan las materias primas, las posibilidades para la inversión y el comercio, y los estratégicos-geopolíticos, derivados de la ubicación geográfica de América Latina, en el vecindario inmediato de EEUU, y dadas sus características, muy visibles en países como México, Panamá, Colombia y Cuba.

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    Desde este punto de vista, pronosticó, no habría grandes diferencias en el tratamiento o enfoque que se dedique a la política latinoamericana de Estados Unidos, con un gobierno demócrata o uno republicano. Cambiarán, desde luego, los énfasis, los acentos, los métodos.

    Sobre la integración regional, aclaró que este proceso, entendido desde las iniciativas latinoamericanas, es un objetivo a obstaculizar por parte de Estados Unidos: la CELAC, el ALBA, UNASUR.

    "Esa unidad es algo a debilitar, destruir, por parte de cualquier administración norteamericana", aseguró.

    Precisó que los esquemas de integración que Estados Unidos ve con buenos ojos son aquellos como los inspirados en los Tratados de Libre Comercio, en lo que fue el fracasado ALCA, o en la actualidad, aquellos conformados por los llamados Mega Acuerdos, como el Transpacífico y la Alianza del Pacífico, donde se trata de cubrir los objetivos e intereses imperiales.

    Y naturalmente, tanto la integración que quisiera promover Estados Unidos, como la que trata de destruir o debilitar, son proyectos integrales, no sólo económicos. Llevan consigo dimensiones políticas, culturales, estratégicas, comentó el profesor.

    De ahí la importancia de atender, seguir, evaluar, las propuestas que puedan formular y sobre todo, llevar a cabo, los demócratas o los republicanos.

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    No se puede identificar la retórica discursiva y electoral con la política real, alertó Hernández.

    Al ejemplificar con Trump, señaló que estaría por ver en el caso de que resultara electo presidente, si actuaría con respecto a México y los Tratados de Libre comercio tal como se ha proyectado verbalmente.

    Recordó que Obama hizo promesas en la campaña de 2008 que no cumplió, como la realización de una reforma migratoria integral y otra energética.

    Dijo que cerraría la prisión radicada en la base naval en el territorio cubano de Guantánamo y tampoco avanzó en tal sentido.

    Como regla, el discurso y el decurso de los hechos, no coinciden en la política norteamericana, concluyó el académico cubano.

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    Etiquetas:
    crisis, elecciones presidenciales, Jorge Hernández, Donald Trump, Hillary Clinton, EEUU
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